Las buenas intenciones

Las ONG existen para autofinanciarse. Y esa ficción es cara

Gabriel Albiac
MadridActualizado:

Cuando, en la Holanda del siglo XVII, Philipp van Limborch y Theodor Grasswinkel debaten los límites de la libertad, una sola frontera les parece absoluta: nunca puede un gobierno permitir la formación de pequeños «Estados dentro del Estado», que usurpen el monopolio de la ley, sin el cual la seguridad ciudadana se extinguiría. Da igual si se habla de colectivos perversos o benévolos. No es en la bondad o maldad de sus miembros en donde yace el problema. Sino en la pretensión misma de codificar un nódulo de poder no sometido al juego universal de reglas que el Estado regula.

El problema no es Oxfam. Más allá del comportamiento -reprochable o delictivo- de sus dirigentes, que, al cabo, concierne tan sólo a los tribunales. El problema es la existencia de algo que se define sólo por lo que «no» es: una «Organización No Gubernamental». ¿Qué es eso? En rigor, cualquier cosa. O ninguna. En las definiciones que operan tan sólo por determinación negativa, se cuela siempre una ambigüedad letal: decir lo que algo no es, es decir muy poca cosa acerca de lo que sea. Con las ONG sucede hoy exactamente lo que, hace unos decenios, sucedía con los OVNIS. El «no» de ambas siglas es igual de inane.

¿Por qué existe esa ficción de humanitarios «estaditos», para ejercer un funcionariado solidario? Se nos dice que para suplir la incompetencia del Estado, de los Estados. Y es difícil entender eso: un Estado moderno es la relojería más compleja y afinada que ha inventado la sociedad. No tiene ni pies ni cabeza que deba delegar la delicada trama de las ayudas internacionales en manos de aficionados fuera de control: porque fuera del Estado no hay control que merezca ese nombre. La rentabilidad que las administraciones buscan en las ONG es de otro tipo: calmar las buenas intenciones de sus ciudadanos, mediante la imagen de actores no contaminados por la política. Es mentira, por supuesto: nada hay más politizado en este mundo que una ONG. Quien tenga dudas, puede echar una ojeada al añejo anti-israelismo de la Oxfam hoy bajo sospecha.

Poblaciones considerables del planeta viven en una precariedad insoportable. Las gentes mueren como moscas en zonas amplísimas de África. Y, en menor medida, en puntos dispersos del tercer mundo. Ese envite es hoy -o debería ser- el más urgente para las relaciones internacionales. Ni siquiera por generosidad filantrópica. Sencillamente, porque es una inmensa incubadora de guerras insolubles que apuntan al corazón de la economía mundial. Dejar eso en manos de los turistas de la solidaridad -por más buena gente que cada uno de ellos sea- es condenarse a lo peor. Los generosos fondos de las ONG acaban, en el mejor de los casos, en el cubo de la basura. En el peor, en bolsillos de caciques locales o transmutados en armas.

El Estado posee una estructura operativa. Las ONG deben crearla, gastando en ello porcentajes mayores de sus presupuestos. Su paradoja es que existen para autofinanciarse. Y esa ficción es cara. Insultantemente cara.

Gabriel AlbiacGabriel AlbiacArticulista de OpiniónGabriel Albiac