Edurne Uriarte

De Ana Botella e Irene Montero

Las mismas condiciones, las mismas armas… y las mismas reglas

Edurne Uriarte
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No me gusta el Día Internacional de la Mujer; le veo un ingrediente folclórico que nos marginaliza más que impulsa, y por eso evito los artículos sobre igualdad por estas fechas. Si lo abordo este año es porque el momento ha coincidido con el del ascenso de Irene Montero al poder, y esto sí que da para muchas reflexiones sobre mujeres y poder y sobre las contradicciones en las que estamos inmersas.

La primera, entre izquierda y derecha. Los mismos que cuestionaron la llegada al poder de Ana Botella porque "era mujer de" están callados ahora que Irene Montero, novia del máximo jefe de Podemos, ha llegado al poder. Silencio que me parece muy bien si la próxima vez aplican el mismo respeto a la mujer de derechas que tenga una relación de pareja con un hombre poderoso. Yo misma era igual de exigente hace unos cuantos años, cuando me parecía ventajismo, protección o debilidad llegar al poder siendo pareja de alguien poderoso. Un escrúpulo tan estúpido como el de desear que el Real Madrid gane un partido con Aytekin de árbitro, con tres expulsados y tres penaltis en contra. Para demostrar que somos los mejores y podemos con todo, hasta con un Aytekin. Qué ingenuas éramos de jóvenes.

Así es más o menos lo del ascenso de las mujeres al poder, habitualmente tenemos un árbitro como Aytekin en contra. Y en lugar de apoyarnos entre nosotras, hasta le pedimos que saque tarjeta a una de nuestro equipo porque se ha ayudado con la mano. Cuando los hombres no han parado de ascender a través de las relaciones de amistad y camaradería de ese club de hombres que es cada círculo de poder. Un club en el que no se nos admite casi nunca y en el que tenemos todas las de perder una y otra vez. Que Irene Montero, Ana Botella, Hillary Clinton o quien sea tenga una pareja en el poder lo que consigue es neutralizar ese sinnúmero de obstáculos, simplemente. No es una ventaja, es igualdad de condiciones frente al club de hombres.

Pero hay una segunda contradicción de otro género que nos afecta a las mujeres, de izquierdas y de derechas. Se trata de ese victimismo y de esa diferencia en que nos refugiamos tantas veces. Una cosa es que compitamos en desigualdad, y es así, y otra, que nos quedemos ancladas en el discurso de la queja y de la diferencia. Ese es el problema del feminismo dominante, tan dominante que no parece haber otro. Por eso titulé hace unos años "Contra el feminismo" un libro que es profundamente feminista. Pero de un feminismo que aún es marginal, que aboga por la igualdad, pero con las mismas armas y las mismas consecuencias. Admitiendo que somos igual de competitivas, agresivas y ambiciosas, por ejemplo, y menos mal. O exigiendo la misma presencia en todos los ejércitos y cuerpos policiales. O destruyendo de una vez algunos estereotipos sobre lo femenino que tantísimo daño nos hacen a las mujeres que deseamos la igualdad.

Las mismas condiciones, las mismas armas… y las mismas reglas. Lo que significa que si Kellyanne Conway, la asesora de Trump, hace el ridículo en el sofá del despacho oval no es porque eso sea femenino y diferente, sino porque cometió un error. Escribió Susan Chira en "The New York Times" en referencia a Conway y a Clinton que los ataques contra ellas, vengan de la izquierda o de la derecha, muestran una ira persistente hacia las mujeres que traspasan los roles convencionales ("Another Powerful Woman, Same Sexist Attacks"). De acuerdo, muy cierto, pero sin olvidar que el numerito del sofá de Conway fue una lamentable vuelta al rol tradicional, una tentación que también debemos desterrar.

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