Mayte Alcaraz

Bochorno universal

A un ludópata que lleva la ruina a su familia habrá que aplicarle muchas terapias y tratamientos psicológicos pero lo primero que aconseja el sentido común es retirarle la tarjeta de crédito y la autonomía personal

Mayte Alcaraz
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Lo de este domingo no fue un referéndum. No lo fue. Pero más allá de la constatación de que a los golpistas del Gobierno catalán se les han cerrado las puertas legales para celebrar con garantías una consulta «comme il faut», el reguero de acontecimientos de ayer no puede ser más deprimente para una democracia adulta y sólida como la española. La falta de terminales del Estado español en Cataluña, liquidados a partes iguales por los Gobiernos de PP y PSOE, rehenes del desproporcional peso de los nacionalismos en la España de la transición, unido a su cándida confianza en los Mossos, han permitido ganar la batalla de la propaganda a los separatistas. No otra cosa perseguían. Porque Puigdemont, Junqueras, Forcadell y la CUP no han creído nunca en la democracia (las urnas-tupperware y las papeletas traidas de casa hablan por sí solas) ni les importaba un pimiento en escalivada el resultado electoral. Lo importante era la foto internacional de catalanes votando «reprimidos" por las Fuerzas de Seguridad y una pietá improvisada, en forma de anciana herida en la frente. Y esa la han conseguido. Objetivo logrado.

Es verdad que Mariano Rajoy hizo este domingo lo único que podía hacer tras haber hecho, él y sus antecesores González, Aznar y Zapatero, bien poco por evitarlo. La penosa soledad del presidente del Gobierno, al que el desleal Pedro Sánchez ha hurtado una foto conjunta e inexcusable en un país serio de los líderes constitucionalistas, era este domingo la metáfora de la soledad de usted, de su vecino, de aquel transeúnte, de este compañero, de todos los que por activa (llenando las plazas de España el sábado o colgando la bandera nacional como si Iniesta hubiera metido un gol) o por pasiva (defendiendo a su país en el bar de abajo, en su puesto de trabajo o en la cola del pan) creían y creen en el imperio de la ley.

No es que los golpistas hayan triunfado porque solo una sociedad enferma puede creer que lo que ayer se celebró en Cataluña era una consulta democrática, cuyas reglas fueron cambiadas 45 minutos antes como hacía Idi Amín en Uganda. Pero contra un grupo de sediciosos, que durante treinta años ha manipulado a su favor a millones de catalanes inoculándoles un odio cerval al resto de España con el dinero de los españoles, no valían inocentes palmadas en la espalda del mayor Trapero ni llamadas a la responsabilidad por parte de Soraya Sáenz de Santamaría. La detención preventiva de los que han perpetrado el golpe desde el sistema y sin bajarse de sus coches oficiales era tarea de los jueces y fiscales pero aplicar el artículo 155 de la Constitución, para restablecer el orden constitucional en Cataluña y por tanto quitar sus funciones a las autoridades sediciosas, debió de hacerse antes del 1 de octubre.

Cuando un gobernante tan sensato como Rajoy apelaba a la proporcionalidad de la respuesta nada podía reprochársele. Pero la proporcionalidad a un levantamiento institucional contra un país, liderado por gobernantes que hace quince días se colocaron y colocaron a su Comunidad fuera de la ley decretando un estado de excepción con leyes anuladas por los tribunales, no podía ser otra que retirarles las competencias. A un ludópata que lleva la ruina a su familia habrá que aplicarle muchas terapias y tratamientos psicológicos pero lo primero que aconseja el sentido común es retirarle la tarjeta de crédito y la autonomía personal y económica para evitar que ponga en riesgo el futuro de los suyos.

Lo de este domingo era previsible aunque, a juzgar por al respuesta, no ha parecido que lo era. Ahora importa lo que va a ocurrir dentro de unas horas: una declaración de independencia que Puigdemont llevará a término si no quiere que la CUP lo pasaporte de nuevo a la Alcaldía de Gerona. Por tanto a la democracia española, una de las más importantes del mundo, solo le quedará una salida: su gobierno legítimo tendrá que asumir las funciones que la Constitución otorgó a la Generalitat. Y será Rajoy, de quien también se espera una autocrítica por la capitulación del Estado, el que disuelva un Parlament en su mayoría golpista y convoque elecciones autonómicas anticipadas. Pero el sentimiento de fracaso de todos tardará mucho, mucho, en desaparecer. Si desaparece.

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