LA TERCERA

La banalidad del bien

«Ahora que la bondad se legisla y decreta, se exige y vigila, se evalúa en el acto y responde a un decálogo nuevo, sobran los buenos. Queda sólo el renegado que aplaza el juicio, trata de vencerse un poco, elude lecciones y se observa en la trinchera, lavando la ropa, frota que te frota, imaginando un mundo menos transigente, menos tolerante, en que nadie vea prudente subirse al pedestal a tolerar nada, por si, de tanto mirar lejos, no puede verse ya dentro»

La banalidad del bien
Rodrigo Cortés - Actualizado: Guardado en: Opinión

Los párpados nos confunden, son falsos indicadores de sueño; abrirlos no implica despertar, cerrarlos no conduce sino a la oscuridad parcial: ni a la desaparición ni a la hondura, ni a la introspección ni a la pereza; son escobillas, paraguas, lienzos que pintar o dejar en blanco, ventanas, contraventanas, tapas, telones, barreras, fundas. Cortan el viento, no indican nada. Si no los tuviéramos, daríamos menos por sentado, nos evaluaríamos con más detenimiento y dejaríamos de considerar que el estado habitual del hombre es, de día, la vela, o que fijarse con fuerza en algo es, por fuerza, verlo. Los párpados nos despistan, nos transmiten la falsa noción de que abrirlos deja paso a otra luz que la del sol, cuando el fuego que de verdad alumbra atraviesa carne, tela y hormigón, y el sueño que de verdad duerme desafía la expresión del búho, que indica, con suerte, atención, rara vez conocimiento.

Sólo es voluntario lo que uno puede dejar de hacer. Sólo es bueno quien lo es pudiendo no serlo. Ni pensar tiene que ver con tener razón ni tener la razón exige necesariamente ningún entendimiento. Es preferible entender a saber y es mejor equivocarse que seguir la senda de cualquiera y emerger, sin saber cómo, en mitad de un acierto. Es, tal vez, preferible quien concluye que el sol gira en torno a la Tierra después de reflexionar un tiempo que quien se ubica en el tino por heredar la opinión y suponer que piensa. Prefiero, si he de hacerlo –aunque esto nada diga ni a nadie importe–, a quien elige ser malo y no se engaña al respecto que a quien sólo es bueno porque no sabe no serlo. Nos confundimos con nuestros hábitos, tomamos las costumbres por decisiones, creemos nuestros gustos voluntarios. Somos tostadoras orgullosas de no enfriar y neveras que presumen de que no tuestan, cuando unas y otras hacen lo que hacemos todos: lo que pueden; la única acción posible (reacción, por tanto) cuando se aprieta un botón o se tira de un hilo. O lo ordena un émbolo. Por eso abrir los ojos no supone despertar, como hacer el bien no demanda más bondad que la que requiere respirar, aunque respirar sea bueno.

Es preferible entender a saber y es mejor equivocarse que seguir la senda de cualquiera y emerger, sin saber cómo, en mitad de un acierto
El camino del salmón es el camino improbable de quien renuncia al impulso de la corriente y, por remontarla, la detiene. Nadie fluye con el río porque quiera: sólo vencer un impulso otorga voluntad a un gesto. Sólo hacer lo que no apetece es deliberado, el resto es obedecer el mandato del arroyo, que premia al dócil y castiga a quien no consulta el libro de instrucciones, que nunca está bien traducido y exige repuestos oficiales; tales son las instrucciones: manuales de ser bueno, de no enredar, de no abandonar la marca, de dejar en paz el quitamiedos, que da más miedo que quita. La bondad mecánica es el modo que el director del colegio tiene de anular el ruido, garantizar los horarios, evitar los sobresaltos y ahorrar algo de luz, como la maldad mecánica es el modo que tiene el gamberro de decirse que repite curso porque quiere, cuando sólo sigue –como sigue el cumplidor– el encargo del viento. Quien sólo es bueno no es nada, salvo una máquina programada para serlo. ¿Es la bondad acatamiento, o es sufrimiento y renuncia? ¿No es llenarse de barro, cambiar de criterio, revisar certezas, cansarse del otro y seguir remando, cansarse de uno, fabricarse unas pesas con los defectos y, como el salmón, encontrarle, cuesta arriba, el sentido a todo? Nos exigimos bondad, unos a otros, descalificamos a quienes nunca conoceremos, ensalzamos por su compromiso a quienes cantan, valoramos al pintor por sus ideas, defenestramos al escritor por sus actos, que ya no son sus escritos, sino sus adhesiones, dividimos al mundo en buenos y raros. Repartimos licencias, exigimos a nuestros hijos que sean los hijos que nunca quisimos, como los críticos son –decía Azcona– críticos frustrados, o los rosales –decía Ramón– poetas que quisieron ser rosales. Nada hay más banal que la bondad medrosa que carece de objeto. El de la supervivencia. El de llenar el tiempo. El de evitar el sobresalto. La decepción. El de ganarse un lugar en el tendido de sol, al abrigo del cierzo.

Hoy que Occidente se cubre con la piel más fina que nunca tuvo y llama bonhomía al miedo, hoy que se cuelga de los pulgares a quienes, sin atención, antes se ignoraba o, con ella, recibían el mudo desprecio, hoy que, en nombre de la tolerancia, no se tolera nada y que la estupidez se hostiga y pena, en el mundo no caben más buenos. Todos lo somos, bañados en luz, rodeados de ella, ni un resto de oscuridad nos permite reconocernos, porque la bruma no sirve ya para dar contraste, prohibida por una legión de serenos, ni para reconocerla en uno mismo y abrir, así, el combate, ni para, simplemente, dar forma al mundo y permitir al salmón su pachanga, algo de conflicto en el que colear para dejar de ser larva y, de regreso al agua dulce, mejorar –mejorando él– la progenie. Ahora que la bondad se legisla y decreta, se exige y vigila, se evalúa en el acto y responde a un decálogo nuevo, sobran los buenos. Queda sólo el renegado que aplaza el juicio, trata de vencerse un poco, elude lecciones y se observa en la trinchera, lavando la ropa, frota que te frota, imaginando un mundo menos transigente, menos tolerante, en que nadie vea prudente subirse al pedestal a tolerar nada, por si, de tanto mirar lejos, no puede verse ya dentro.

Rodrigo Cortés es cineasta y escritor

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