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Bajada de humos Luis Ventoso

Los ingleses han calculado mal en su póquer con la UE

«Line of duty» es una soberbia serie inglesa de la BBC sobre corrupción policial. Me atrevo a recomendarla, porque incluye escenas magnéticas. Este domingo concluyó su cuarta temporada. Ayer los críticos de los periódicos británicos se rompían las manos aplaudiendo. «¿Cabe mayor emoción en una serie de televisión?», se preguntaba el diario conservador de referencia, el nacionalista y eurófobo «Telegraph», entregado a una loa desatada de un [excelente] producto cultural inglés. El tono era similar en toda la prensa, que convertía la emisión en un acontecimiento. Frente al inexplicable derrotismo que atenaza a un país tan espléndido como España, los ingleses viven instalados en una venta hiperbólica de todo lo suyo, que se traduce en que el resto del mundo acaba comprándola.

Si me pidiesen una opinión comparativa, diría que en España se vive bastante mejor que en Gran Bretaña (clima, comida, alegría, familia, variedad paisajística). Pero añadiría que sin embargo el Reino Unido continúa siendo un país mejor que España, por el respeto a su armazón institucional y a su democracia de solera, por la importancia de sus prestigiosas universidades (nosotros nos ponemos colorados cada vez que se publican los escalafones mundiales) y porque todavía mantienen cierto peso en ciencia (continúan fabricando premios Nobel, mientras que el último nuestro en ese campo data -ay, qué bochorno- ¡de 1959!, con Ochoa en Estados Unidos). Además los británicos observan un sentido del orden y un respeto a lo común que todavía no hemos alcanzado.

La manera exagerada en que alzapriman todo lo suyo, buena para tantas cosas, ha tenido también un efecto perverso: han acabado por creerse a pies juntillas su propia propaganda, barnizada con un rescoldo de fanfarrias imperiales que hoy son pura fantasía. El Reino Unido es un gran país, cierto, pero para nada es esa potencia con que sueña despierto el Partido Conservador, el dominante. Obnubilada de patrioterismo y abducida por los brexiteros más hooligans de su gabinete, Theresa May llegó a creerse que manejaría a su antojo las negociaciones del Brexit. Incluso confiaron en que el paquidermo europeo se tragaría la gran broma inglesa: seguir utilizando las instalaciones del club (el mercado único), sin pagar sus cuotas ni respetar sus normas internas. Un cálculo iluso: un solo país, por magnífico que sea, pesa muchísimo menos que una suma de 27 donde figuran Alemania, Francia, España, Italia y Holanda. Aunque todavía no lo reconozcan, los ingleses han medido mal en su partida de póquer con la UE. La realidad desapasionada es que May llega sin cartas a la mesa de juego. La economía británica está ya resfriándose (el PIB se ha estancado y, ojo, comienza a bajar el precio de la vivienda), la City de Londres peligra fuera de la UE y existe riesgo de fractura en Escocia e Irlanda del Norte.

Concluyo con un secretillo: me he chupado muchos partidos de la gloriosa Premier, varios en Stamford Bridge, y la verdad es que la mayoría son pura ramplonería, nada mucho mejor que lo que ofrece de mi achacoso Dépor. Han sabido vendernos su globo, sí. Pero el problema de los globos es que pinchan y con el Brexit han derrapado.

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