La Tercera

El bailarín de las aguas

«Bajo la amenaza de extinguirse, el salmón, de nombre Pedro o María, recurre a los recursos de la memoria. Esa memoria que se activa entonces y que le ofrece pistas que lo llevan al altar donde ha de reproducirse. Gracias, quizás, a la acuidad de esa tormentosa memoria, llega al final de la morada para iniciar y cerrar el ciclo de la vida»

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Nobles, cortesanos y plebeyos, reunidos en el silencio de la noche de sus casas, decretaron que la gastronomía daba sentido a sus vidas y les otorgaba distinción social. Así pues, hablar de comida, de platos extravagantes salidos del horno de la invención, se ha convertido en una fiebre que casi atormenta las reuniones sociales. Allá donde van, cada uno hace gala de lo que ha aprendido de la receta de un vecino que frecuenta el círculo de cofradías que se propagan por el país. Como consecuencia, quien más capaz sea de fundir, con ánimo casi belicoso, recetas, que de preferencia mezclen aleatoriamente Oriente con Occidente sin consideraciones sobre la complejidad de los fenómenos culturales, gana reconocimiento público de inmediato. Se gana la fama de emérito gourmet.

El desdichado salmón ha caído en gracia a los pobres y a los ricos. Sobre él se pronuncian ahora como si formase parte de la genealogía familiar, merecedor, por tanto, de encomios reservados a los de su sangre. Así, disputado por todos, el salmón se lleva a la mesa, se expone a la codicia humana para deleitar los paladares que se refinan a medida que hablan. Cuanto más discursea el glotón, pondera, critica, da alas a su imaginación gustativa, expone su saber, más realza el sabor del pescado.

Sobre todo cuando el salmón, en su plenitud, se sirve a la parrilla sin que las llamas le hayan robado el color rosa pálido, casi púdico. Esta sencillez franciscana del salmón, que revela su apurado sentido estético, no siempre se respeta. Bajo el yugo de ciertos chefs parlanchines, que valoran por encima de todo la extravagancia, el salmón, entregado a tal voracidad, puede ser sumergido en salsas inverosímiles y dudosas para deleite de paladares igualmente exhibicionistas.

Observo el salmón en la cocina de mi casa y proclamo sus excelencias. Más aún, proclamo el denuedo de su naturaleza bravía, mientras vive. El espíritu que lo anima a nadar a contracorriente del río, enfrentándose a saltos de agua, cascadas, a la cabecera de los ríos en busca de su manantial conducido, sin duda, por el poderoso e imbatible instinto de reproducción, por el deber de asegurarse la perennidad de su especie.

Este ser heroico, amado por gordos y flacos, dispuesto a luchar contra una naturaleza que le resulta adversa, ansía por encima de todo desovar en la parte alta del río, donde un día él también fue desovado. Así, bajo ese impulso irrenunciable, quiere alcanzar la tierra donde, parido, conoció la luz del día, la oscuridad de las aguas. Por tanto, para el buen desempeño de dicha misión, no duda. Le es menester, al precio que sea, introducirse en esas corrientes que forman parte de su destino. Le urge no alejarse de los torrentes que lo lanzan camino de la salvación y de su inevitable perdición.

Allá va él, revestido de escamas, con las agallas jadeantes, mortal y provisional. Con el alma sumergida en las aguas bravías, pero dulces del río. A cumplir la fatalidad de su nombre, que significa ése que salta, que sobrepasa y vence cualquier caudal de agua. A solas, entonces, emprende el viaje que diezma a la mitad de su gente.

Pero ¿por qué esta extraña familia de peces, que se deja mansamente comer por los hombres, no renuncia a la obligación de morir en plena juventud sin conocer, al menos, el ocaso? ¿Acaso ese designio de regresar al río de origen en el que empezó la vida y selló su suerte en tanto que pez explica, en su totalidad, un procedimiento que lo conduce al aniquilamiento? ¿Y que, de hecho, lo obliga a integrarse en un movimiento migratorio que transgrede las normas del sentido común y contraría el propio instinto de supervivencia que gobierna hombres y peces?

Quizás sufra el salmón la misma agonía que aflige al hombre, de ahí que pretenda imitarlo. Puede que con el afán de formar parte de esta raza humana sobre la que pesa la fama de aventurera. De seres devotos a la navegación dramática, a interminables viajes de circunnavegación. Ignorantes nosotros de los riesgos que implican tantos delirios.

Esa peregrinación, en el caso del salmón, se agrava cuando él, perdido en esta geografía hostil que el hombre altera con su bisturí predatorio, ya no sabe encontrar los ríos de su origen, de su hogar. No puede, como antes, elegir la senda que lo conduzca sano y salvo a la casa del padre en la que desde hace milenios desova y renueva su especie.

Bajo la amenaza de extinguirse, el salmón, de nombre Pedro o María, recurre a los recursos de la memoria. Esa memoria que se activa entonces y que le ofrece pistas que lo llevan al altar donde ha de reproducirse. Gracias, quizás, a la acuidad de esa tormentosa memoria, llega al final de la morada para iniciar y cerrar el ciclo de la vida.

Condenado a vivir en tales condiciones, este salmón, mi amigo, se asemeja al trágico Sísifo. El mito que encarna el eterno esfuerzo del hombre por arrastrar la piedra hasta la cumbre de la montaña donde, en cuanto la posa, rueda ladera abajo. Un desastre que obliga al hombre, de nuevo, a reiniciar una operación previamente condenada al fracaso.

Al abrigo de esa apariencia invicta, que bordea la miseria, el hombre ufana su trayectoria. Narra, en voz de los poetas anónimos, su epopeya colectiva, tan cercana a la del salmón. Ambos hermanos en la adversidad.