Ramón Pérez-Maura

Artur Mas no tiene quien le escriba

La Generalitat hace un gran esfuerzo para atraer observadores extranjeros al proceso y no le va bien del todo

Ramón Pérez-Maura
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Siempre hay que preguntarse qué es lo que pasa por la mente de tu rival, de tu enemigo, de la persona que tienes enfrente y con la que estás intentando negociar un acuerdo. Cómo cree él que va a doblarte la mano o por qué piensa que tú estás en una posición más débil en la que puedes ser derrotado. Llevo meses aplicando ese método de análisis a la cuestión catalana como en mi vida lo he empleado para analizar muchas situaciones políticas por todo el planeta. Pero por primera vez estos hispanos del viejo Reino de Aragón me han demostrado una tenacidad tan firme como incomprensible porque sus posibilidades de alcanzar los objetivos deseados son tan remotas como inverosímiles.

Todos los escenarios en que hemos visto nacer o fenecer repúblicas en Europa en el último medio siglo tenían una característica en común: el proceso era el resultado de finiquitar un régimen dictatorial, gravemente vejatorio de los derechos humanos. Por ello, y guerra por medio, surgieron los estados sucesores de Yugoslavia, se produjo la ruptura no violenta de Checoslovaquia, la implosión de la Unión Soviética en quince repúblicas y... la reunificación de Alemania. Por más que a los independentistas catalanes les guste evocar aquellos movimientos de fronteras, nada tiene en común la situación de esos países que se estaban librando de dictaduras comunistas con la de una región española en la que las libertades son paradigmáticas.

Hace ya tiempo que los promotores de este movimiento rupturista comprendieron que su objetivo tenía que ser el de generar apoyos para su causa en el resto del mundo. Mas como quedó claro a principios de enero en la edición europea de la revista norteamericana "Politico", la cosa va bastante mal. En ese número el tema de portada era "Doce personajes que harán la vida desagradable en Europa en 2017". En una lista en la que estaban desde el extremista holandés Geert Wilders hasta el populista italiano Beppe Grillo, había un solo español: Carles Puigdemont. En este contexto, el independentismo catalán necesita desesperadamente comparecer ante el mundo como un pueblo oprimido en el que no se respeta la democracia. Para decir eso, olvidan que el primer elemento de una democracia es el cumplimiento de la ley, por cuya violación se empezó a juzgar ayer de Mas y sus adláteres. Como es poco probable que ese mensaje cale en España, donde todos sabemos de qué estamos hablando, la Generalitat ha hecho un gran esfuerzo para atraer observadores extranjeros al proceso. Lástima. No le ha ido bien del todo. Ha logrado un observador de Quebec, territorio donde Su Majestad la Reina, soberana de Canadá, garantiza el cumplimiento de la ley. Pero nada, Mas sigue buscando allende las fronteras quien quiera atenderle. Y la realidad es que el ex president no tiene quien le escriba...

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