La Tercera

Artículo 155: un torniquete de urgencia

«A mi juicio es imposible que funcione un Estado Federal siempre que conviva con nacionalismos sediciosos profundamente desleales con la propia Constitución. La situación que tenemos por delante es de enorme envergadura. De momento se podría decir que hemos salvado el «match ball», pero el partido sigue muy cuesta arriba si no conseguimos aplicar destreza y determinación para derrotar al adversario»

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Cualquier buen aficionado a la Fiesta Nacional, pero no solo éstos, conoce a la perfección lo que supone un torniquete aplicado en la herida de un torero cogido en apuros. Se trata, sobre todo, de contener la hemorragia, antes de ser intervenido finalmente en las dependencias de la enfermería.

El secreto para que el torniquete cumpla su función adecuadamente, consiste en apretarlo lo suficiente como para que el flujo de sangre se detenga y por ello habrá de realizarse con la suficiente fuerza para que sea eficaz. Si el torniquete no tiene la presión suficiente es probable que la hemorragia empeore.

Estas consideraciones vienen a cuento a la hora de enjuiciar la aplicación del artículo 155 de nuestra Constitución para hacer frente al desafío independentista consumado por la Generalitat de Cataluña. Digamos, para continuar con el símil taurino, que España sufrió el pasado mes de octubre una cornada de extrema gravedad con el peligro de contagio independentista que pudiera haberse producido en otras latitudes si no se hubiera intervenido a tiempo. Ante esta situación de justificada alarma el Gobierno se vio obligado, de urgencia, a aplicar el artículo 155 de la Constitución que ha venido a ser una suerte de torniquete para impedir el colapso de España.

Resulta inútil, en estos momentos, recordar los muchos errores cometidos en el pasado por los anteriores gobiernos de nuestro país para hacer frente a los derrotes y malas intenciones demostradas reiteradamente por el nacionalismo catalán. Durante demasiado tiempo se ha tratado de convencer a los sediciosos con zalamerías y continuas concesiones con nulo resultado, como la presente situación en que nos encontramos acredita suficientemente.

El caso es que la fatal cornada se produjo al fin, y la cornada ha sido de tal gravedad que el ser mismo de España ha estado en entredicho durante unas horas, poniéndose en riesgo su unidad e integridad territorial de manera alarmante. Menos mal que el presidente Rajoy, después del severo toque de atención que supuso la intervención del Rey, se aprestó por fin a aplicar el torniquete del artículo 155 sobre el que ahora pretendo discurrir para tratar de analizar la situación en la que nos encontramos.

Primera y fundamental cuestión: ¿era necesaria la aplicación del mencionado artículo 155 para conjurar el peligro? Sin duda alguna. Por ello hay que tomar nota y desconfiar frontalmente de todos aquellos que han venido manifestando sus reticencias y oposición al tan cacareado artículo, tachando su aplicación de inoportuna y gravemente peligrosa. Especialmente preocupante ha sido la actitud mantenida por el PNV que se ha movido, como no podía ser menos, con manifiesta doblez y calculada ambigüedad por no referirnos a la insidiosa actitud de Podemos presto siempre a pescar en río revuelto.

En otro orden de consideraciones cabría preguntarse si se está aplicando dicho artículo con la fuerza y determinación necesarias, dada la situación de extrema gravedad en que ha quedado sumida Cataluña en estos momentos y aquí las respuestas son más bien dispares.

Hay quienes defienden que sí, que el Gobierno ha actuado cuando era preciso y con la suficiente contundencia como para revertir la situación. Hay otros muchos, que pensamos que se tardó demasiado, y que además no se ha detenido todavía la amenaza latente de una nueva intentona al quedar todavía intactas las estructuras sediciosas que han servido de soporte al reciente golpe de estado. No basta pues con la detención de los cabecillas de la revuelta, si no se entra a fondo a sanear los centros de subversión que pudieran volver de nuevo a las andadas. 40 años de propaganda abusiva y totalitaria no se borran de un plumazo por la aplicación del artículo 155. Es preciso que el Estado y su Gobierno se comprometan firmemente a defender la verdad de las cosas y a proteger a Cataluña y a los catalanes de aquellos sectores que permanecen en una situación desafiante que ningún Estado democrático que se precie puede tolerar. Sin una rectificación decidida en el campo educativo y sin una intervención correctora en los medios de comunicación oficiales al servicio de la sedición, no se podrá lograr el resultado necesario a pesar de las medidas que de momento han sido tomadas por el Gobierno, a mi juicio, todavía insuficientes.

Y por último: ¿Ha sido prudente la convocatoria inmediata de unas elecciones en Cataluña dado el estado actual de confusión y desgarro en que se encuentra en estos momentos aquella Comunidad Autónoma ¿No hubiera sido más conveniente dejar transcurrir un prudente lapso de tiempo antes de dar de alta al enfermo?

Pareciera como si Rajoy hubiera tenido prisa, o no hubiera sabido detener las ansias electorales de sus socios en esta operación, al querer quitarse el mochuelo de encima lo antes posible, para transferir así al futuro parlamento catalán la solución del conflicto.

¡Qué error¡ ¡Qué inmenso error¡ como diría Ricardo de la Cierva en otros tiempos en expresión ya muy célebre. Convocar unas elecciones con los líderes independentistas detenidos y en la cárcel supondrá siempre regalar al adversario una considerable ventaja de todo punto innecesaria.

No nos engañemos pues. Estamos ante una situación que no admite apaños ni meros ajustes jurídicos y financieros. El Estado Autonómico, digámoslo con claridad, ha resultado fallido y seguirá constituyendo un peligro real para la unidad y estabilidad de nuestro país si no rectificamos a tiempo. Quien no quiera verlo es porque está ciego o atrapado en un sinfín de intereses inconfesables. El problema no se resolverá con una reforma de la Constitución que clarifique y afiance las competencias respectivas de las Comunidades Autónomas y el Estado -tal y como propugnan algunos sabios profesores por desgracia de escaso olfato político- y menos habrá de superarse con la inoportuna propuesta de implantar un Estado federal en la que parece empeñado el Partido Socialista y sus terminales afines. A mi juicio es imposible que funcione un Estado Federal siempre que conviva con nacionalismos sediciosos profundamente desleales con la propia Constitución.

La situación que tenemos por delante es de enorme envergadura. De momento, por cambiar de símil, se podría decir que hemos salvado el «match ball» pero el partido sigue muy cuesta arriba si no conseguimos aplicar destreza y determinación para derrotar al adversario.

Ignacio Camuñas Solís fue ministro adjunto para las relaciones con las cortes.