Arbitrariedades

Josefina Carabias ha sido favorecida frente a Wenceslao Fernández Flórez, Azorín o Camba. Bien hecho

Rosa Belmonte
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Tengo por Josefina Carabias la misma devoción que en el pueblo de Amanece que no es poco por Faulker. O que John Waters por Leslie Van Houten. Pero no me parece que a la hora de elegir un nombre para premiar al mejor cronista parlamentario sea el más adecuado. Y claro que fue la primera redactora en La Voz («supuso una revolución, no sólo en aquel periódico sino en la profesión»). Y claro que fue la primera española corresponsal (Colombine y Sofía Casanova estaban en el extranjero por casualidad e Irene Falcón era corresponsal consorte, pero Carabias fue a Washington como corresponsal residente). Le dieron el Cavia por un artículo titulado El congreso se divierte publicado en Informaciones. Pero no hablaba de ese congreso. Lo de su nombre para el premio ha sido una propuesta de Ana Pastor a la Mesa del Congreso. No voy a decir que me parezca mal esta arbitrariedad. ¿Iban a ponerle el nombre de Wenceslao Fernández Flórez, Azorín o Camba? Que les den, bastante reconocidos están ya esos hombretones. U hombrecillos.

He leído a Arcadi Espada en Vanity Fair mientras promocionaba Un buen tío (Ariel) que «las mujeres son en este momento un lobby potentísimo y extraordinariamente bien organizado que en un momento determinado pueden hacer cambiar la realidad en función de sus pretensiones o de sus ansias de poder o de miles de cosas». Ya era hora, aunque parezca haber más ruido y grititos que otra cosa. El mujerío es hoy como esa multitud que arrastra a Ingrid Bergman en Te querré siempre. Pero no arrastra lo suficiente. Ingrid Bergman puede volver a reunirse con George Sanders. La semana pasada nos enteramos de que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea considera que la legislación española que permite el despido de una mujer embarazada con motivo de un ERE no es contraria al derecho europeo (siempre que no sea por el embarazo y la empresa justifique por escrito los motivos del despido). Por supuesto que puede haber embarazos como salvoconductos, pero entre las arbitrariedades de un país (una civilización) con el suicidio demográfico en la agenda diaria debería estar la de proteger a las mujeres embarazadas como si fueran linces ibéricos. Sé que soy una pesada y parezco Forges con Haití, pero vuelvo a repetir, tirando de Doris Lessing, que las mujeres necesitan igualdad de oportunidades, igualdad de salario, permisos por nacimiento y buenas guarderías. El resto es superfluo, sobre todo desde nuestra atalaya occidental. Aunque no vamos a renunciar a lo superfluo. En Arabia Saudí acaban de permitir que una mujer, una actriz, se suba al escenario. María Guerrero como La dama boba se está riendo todo lo fea que es en el Prado desde el cuadro de Sorolla. Y, mira, en Marruecos, Mohamed VI ha impulsado que las mujeres puedan ser notario de derecho musulmán (adul). Podrán levantar acta en bodas, divorcios, custodia de hijos y herencias. Y vamos a quejarnos por aquí.

La arbitrariedad de proteger y favorecer a las hembras que se reproducen debería estar tan aceptada como la escolarización obligatoria. Y no porque las mujeres quieran tener hijos por capricho biológico sino porque los hombres quieren tenerlos. Ellos sabrán.

Se acerca el 8 de marzo, la huelga feminista y, como dice Echenique, una primavera de movilizaciones. Abro espita cursi. Con la gente mayor en la calle protestando por las pensiones, lo que no tiene pinta de acabar es el invierno de su descontento. Recordando qué cosas son las que importan, los viejos han adelantado por la derecha y por la izquierda a las mujeres.

Rosa BelmonteRosa BelmonteArticulista de OpiniónRosa Belmonte