Isabel San Sebastián

Antiperiodismo

El caso de Nadia abre un debate imprescindible sobre la responsabilidad de los medios de comunicación

Isabel San Sebastián
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El caso de Nadia, la niña gravemente enferma (o no, ese extremo todavía está pendiente de confirmación por el juez) abre un debate imprescindible sobre la responsabilidad social de los medios de co municación, cooperadores necesarios en la estafa cercana al millón de euros presuntamente perpetrada por los padres de la menor llamando a la generosidad de las personas de bien. Digo «los medios de comunicación», en genérico, por cortesía profesional, aunque debería citarlos por sus nombres. Están en la mente de todos y los lectores de ABC saben que esta cabecera rehusó entrar a ese trapo.

Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que se diferenciaba claramente la información, el análisis o la opinión fundada del «show business»; esto es, el espectáculo concebido como negocio. Periodistas o comunicadores, de una parte, y público consumidor, de la otra, eran perfectamente conscientes del terreno en el que se movían. Luego el «business» empezó a tomar la delantera en detrimento del rigor, en un proceso perverso que ha llegado a producir monstruos como el de esa pobre criatura explotada. Porque la información seria, la información fiable, requiere preparación, tiempo e inversión, además de escrúpulos, por supuesto. Un profesional de la comunicación no se hace en tres meses ni una noticia creíble sale de un chivatazo o un cuento de Navidad dickensiano. El periodismo, para ser digno de ese nombre, exige contrastar hechos, comprobarlos, consultar distintas fuentes, verificar una historia hasta garantizar su veracidad antes de lanzarla al aire dándole carta de naturaleza. Lo contrario constituye un atentado contra nuestra propia razón de ser, que acabará con este oficio antes de lo que esperamos. Y no valen excusas fáciles como apelar a la buena fe o la compasión ante una tragedia. La solidaridad no exime de la obligación de actuar ateniéndose a unas normas básicas, y tengo para mí, además, que en idénticas circunstancias o frente necesidades no menos acuciantes los responsables de determinados espacios se habrían mostrado mucho menos «sensibles» si el suceso objeto de pábulo no hubiese cautivado a la audiencia.

El caso de Nadia es un paradigma pero en absoluto un caso único. En un corto espacio de tiempo, como consecuencia de la revolución tecnológica unida a la crisis económica, los parámetros rectores de esta actividad crucial para la buena salud de la democracia han dado un giro tan radical como peligroso. Ya no se busca la solvencia de lo emitido o publicado sino la inmediatez, la primacía, la renovación constante de contenidos y, lo que es peor, el número de espectadores de un programa o de «visitas» a un determinado titular. La credibilidad se somete a la batalla del día a día. La cantidad prevalece sobre la profundidad. Demasiadas voces o plumas se venden al mejor postor o padrino partidista. El buzoneo de basura interesada encuentra un terreno fértil en determinados «confidenciales» proclives a publicar cualquier cosa, procedente de cualquier fuente, con tal de llenar un hueco. Y personajes de tan ínfima catadura moral como Fernando Blanco, padre de la desdichada niña, se pasean por las redacciones y los platós sin que nadie se tome la molestia de verificar sus declaraciones, consultar archivos médicos, preguntar a los expertos… En definitiva, cumplir con lo que se aprende en el primer año de facultad.

Hace mucho tiempo entrevisté en estas mismas páginas al grandísimo Indro Montanelli, maestro de periodistas y ejemplo de independencia. Acababa de ver cómo se cerraba «La Voce», un periódico nacido de su inquebrantable compromiso con la libertad y su rebelión ante Berlusconi, que pretendía controlarle. «La calidad no tiene mercado», me dijo entonces. ¿Palabras proféticas? Dios no lo quiera…

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