Luis Ventoso

Amancio debe flipar

España, único país donde se muerde la mano de un filántropo

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Me dan igual Messi o Cristiano, sin embargo soy fan de Amancio. He visto como su visión y laboriosidad mejoraban el mundo, empezando por mi ciudad natal desde finales de los años setenta. Con el ejemplo próximo de sus tiendas y fábricas nos enseñó una verdad perogrullesca, que cracks como Corbyn o Iglesias todavía no han pillado: los empresarios son los que crean empleo y además, si son creativos, mejoran la vida de la gente. Amancio Ortega democratizó la moda. En la época en que apareció él con sus sorprendentes tiendas, acceder a un pantalón vaquero americano suponía un acontecimiento para un adolescente coruñés como yo (un Levis alcanzaba directamente categoría de utopía en aquella venteada esquina norteña). Amancio/Zara nos hizo a todos modernos a precio asequible. Nos abrió la puerta del último estilo. Pero además -y sobre todo- sembró un montón de empleos. El oasis de prosperidad que es hoy La Coruña, el nivel de vida que se percibe, su modernidad y el diseño deslumbrante de su hostelería, atienden a un sencillo secreto: allí se encuentra la sede de la mayor empresa de moda del mundo, creada por un señor que hoy tiene 81 años y que empezó de mozo en una tienda de camisas ya cerrada.

A diferencia de lo que ocurre en España, en el mundo anglosajón es casi obligada la filantropía por parte de quienes han hecho fortuna. Ahí está el ejemplo extraordinario de Warren Buffett y Bill Gates, que en 2010 implicaron a cuarenta multimillonarios en lo que llamaron The Giving Pledge (la promesa de dar), el compromiso de dedicar a la beneficencia al menos la mitad de sus fortunas. Amancio tardó en tener esa sensibilidad. Por talante personal -es alérgico a llamar la atención- y porque consideraba, no sin razón, que ya estaba haciendo una obra social enorme con los puestos de trabajo que había creado. Pero a medida que crecía su fortuna entendió que debía reforzar su faceta filantrópica. Levantó un imponente asilo para los ancianos de su ciudad. Donó enormes cantidades a Cáritas en plena crisis, cuando la organización católica sostuvo a tantas familias en el alambre. Y el pasado marzo entregó a la sanidad pública 320 millones de euros -¡53.243 millones de pesetas!, como dirían los de su quinta- para la compra de 290 equipos oncológicos de última generación, que salvarán la vida a muchísimos enfermos de cáncer.

Pues bien: el podemismo y allegados nacionalistas lo están despellejando por su donación, pues entienden que toda la atención social debe provenir en exclusiva del Estado. Aplicando tan magnífica lógica, supongo que si gobernasen se cepillarían al instante Cáritas, los bancos de alimentos, Intermón, las cocinas económicas, los programas sociales de bancos como La Caixa, la Asociación Española contra el Cáncer, los hogares para niños del Padre Ángel, la fundación Álcer para enfermos del riñón y hasta la Fundación para la Preservación del Quebrantahuesos… Porque todo debe hacerlo el gran leviatán: el Estado. Nada puede quedar en manos de la sociedad civil, no vaya a ser que sea demasiado libre, o le dé por pensar.

Amancio debe estar flipando. Yo también. Qué cóctel de mezquindad, envidia e idiocia se está incubando en España.

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