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Un abrazo a Cataluña Luis Ventoso

España no iba a ser una isla ante el terrorismo islámico, problema que no existe para podemistas y separatistas

Los atentados islamistas horriblemente truculentos que ideó Bin Laden a finales del siglo XX presenta tres novedades respecto a formas precedentes de terrorismo: a los fanáticos yihadistas que perpetran los ataques no les importa morir; les sirve cualquier objetivo, incluidos niños -véase el Mánchester Arena-; y la sofisticación del arsenal es mínima. Todo puede convertirse en un arma, desde una furgoneta asesina, como ayer en Barcelona, a un avión, como en el 11-S, o un simple cuchillo de monte, como en el Borough Market.

España no es una isla. Es uno de los países más prósperos y relevantes de Europa. En su día sufrió el peor atentado perpetrado hasta la fecha por el terrorismo islámico en Europa, el de los trenes de Atocha del 11 de marzo de 2004 (utilizado de manera mezquina por el PSOE para sus intereses electorales y objeto de una imperdonable campaña de manipulación periodística, que jugó con la buena fe de muchos españoles y por la que todavía no se ha pedido perdón). Con tales antecedentes era sabido que volveríamos a padecer un lacerante atentado islamista, que la ruleta letal de Bruselas, París, Berlín, Niza, Londres, Mánchester o Berlín también acabaría apuntando a España. En realidad constituye un enorme mérito de nuestro país haber evitado durante trece años un mazazo así, porque hubo intentos continuos, abortados por una policía tan soberbia como insuficientemente aplaudida.

La sacudida de dolor nos devuelve al mundo real, lleno de riesgos y también de irrompibles afectos. El latigazo nos sitúa ante algunas evidencias. La primera son los fortísimos lazos que unen a los españoles de todas las latitudes con los catalanes. Pongo un nimio ejemplo personal: conocí la noticia en una tarde de ocio agosteño, feliz, indolente y playera. El teléfono nos alertó mientras conversaba con dos personas viendo el sol peinando el Atlántico. Una pena profunda e instantánea afloró a las caras de todos. La tarde de dicha estival quedó arruinada. Vascos, navarros, gallegos… todos sentimos la matanza de Barcelona como una afrenta a nuestra familia más directa. Habían atacado a nuestra gente, a una de nuestras ciudades señeras. Toda España dará un ejemplo memorable de solidaridad y afecto por sus compatriotas catalanes, un ejercicio de cariño y racionalidad que va a chocar poderosamente con la pestilente prédica del radicalismo separatista y xenófobo.

El atentado de Barcelona muestra también como la manipulación televisivo-política está confundiendo las prioridades del país. Asuntos de primer orden, como la amenaza terrorista, la calidad de la educación o el debate cabal sobre si podemos o no mantener los servicios y pensiones que disfrutamos, se soslayan para espolear alborotos por menudencias, como volver a Franco, prohibir los toros, llamar «esquiroles» a los guardias civiles que han evitado que miles de viajeros sean rehenes de una huelga abusiva... ¿Han escuchado alguna vez a eminencias como Iglesias, Puigdemont, Junqueras, Alberto Garzón o Colau proponiendo algo para combatir la crudelísima obviedad del terrorismo islámico, o simplemente debatiendo a fondo la amenaza? Claro que no. Lo sustancial se orilla para practicar una política cosmética y tardo adolescente, gestual, pancartera e histérica. Pero nuestros enemigos están ahí fuera, a veces viviendo entre nosotros, son fieros y muerden con odio ciego. Se puede rascar la bandurria okupa, aventar pachuli y repartir flores. O se puede trabajar para defender las vidas de los españoles frente a un terrorismo de ribetes nihilistas.

Qué tarde tan amarga y angustiosa, con Barcelona clavada en nuestro corazón.

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