El recuadro

10 Doñanas, 10

Las dehesas de toros bravos equivalen a diez veces la extensión de Doñana, sin que les cuesten nada al Estado

Antonio Burgos
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Esta tarde, con la lidia y muerte de 6 toros, 6 de la histórica, centenaria y legendaria ganadería de Miura termina la Feria de Sevilla. Alcándara que aprovecho para colgar en ella una defensa de la Fiesta Nacional precisamente desde el punto de vista más cercano a sus enemigos, perseguidores y prohibicionistas: la ecología. Los hermanos Miura mantienen de su bolsillo un tesoro histórico, artístico y ecológico, cual la finca «Zahariche», donde se criaron el «Perdigón» de los romances a la muerte del Espartero y el «Islero» de las coplas a la muerte de Manolete. ¿Cuánto le cuesta al Estado que exista desde 1842 y en manos de la misma familia este conservatorio de la raza bovina más antigua del mundo? Ni un euro. Todo lo contrario: le deja sus buenos impuestos, hasta el IVA de la entrada que paga el aficionado cuando va a la plaza.

Miura quizá sea el único hierro que no sólo está en el Anuario de la Unión de Criadores de Toros de Lidia, sino como palabra aceptada por la Real Academia Española en su Diccionario. De ahí que tome a esa ganadería, y hoy precisamente, «Domingo de Miuras» en el tiempo ordinario de la liturgia taurina sevillana, como ejemplo de algo que valorar no se suele. Gracias al Arte de la Tauromaquia, ¿usted sabe cuántas hectáreas de dehesas de toros de lidia se mantienen en España sostenidas por sus ganaderos, sin que al Estado les cueste un euro, localizadas principalmente en sierra o monte de Andalucía, Extremadura o Salamanca, en las zonas desfavorecidas más agrestes y pobres, no aptas para el cultivo y amenazadas por la despoblación? Pues son 540.000 hectáreas, según datos de la Fundación del Toro de Lidia. En esa superficie, más que toda la extensión de Cantabria (532.000 hectáreas), La Rioja (504.000) o Baleares (499.200), se mantiene una población rural estable en zonas deprimidas, por la necesidad de una mano de obra fija y cualificada. Y todo ello, sostenido por la afición, especialmente por la afición bendita de los ganaderos de bravo... a perder dinero y a mantener estas fincas, donde la crianza del becerro se hace sin separación de su madre, en condiciones incomparables en otro tipo de ganado, y se mantiene la pureza del ecosistema en la flora y en la fauna.

Así que se conserva en toda su pureza un ecosistema de 540.000 hectáreas sin que al Estado le cueste un euro. ¿Como Doñana, dice usted? No, como Doñana, no: Doñana es lo público; la dehesa brava, lo privado. Doñana son dos palmos comparados con el campo bravo. Doñana tiene 54.251 hectáreas. Con un presupuesto anual de 12,5 millones de euros, y unas inversiones en 2018 de 8 millones más. Más los fondos de la Unión Europea para la conservación del lince, que hicieron que sólo desde 2002 a 2011 llegaran 70 millones de euros, por lo que aseguran que mantener cada lince nos cuesta 246.000 euros.

Las comparaciones vienen tan rodadas como un carretón para ensayar de salón verónicas de ensueño a un «señor de la dehesa ibérica» criado en esas reservas naturales que conserva la iniciativa privada, y encima sin presumir de ecologismo, sino todo lo contrario: siendo perseguida hasta la prohibición por el cuento del alfajor animalista de los ecologistas profesionales. Las dehesas de las ganaderías de toros bravos de España equivalen a diez veces la extensión del Parque Nacional y Reserva de Doñana, sumidero de dinero público, sin que les cuesten absolutamente nada al Estado. Todo lo contrario: el Toreo es una fuente de creación de empleo, de remedio contra la despoblación rural, de generación de riqueza...y de recaudación de impuestos. ¿Qué incalculable valor medioambiental tiene esta tradición, de la hoy se corren en Sevilla 6 toros, 6, de una divisa histórica, con bastante más literatura encima que Doñana y con Gasto Cero del Estado?

Antonio BurgosAntonio BurgosArticulista de OpiniónAntonio Burgos