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Damos un salto a la cornisa cantábrica y contemplamos León,
Asturias, Orense... Porque desde lo alto de las cumbres se persigue
igualmente algo más que deporte puro y duro. Aquí
las estaciones se llaman Leitariegos, en las cercanías de
la urbe leonesa, próxima también a corpulentos bosques
de robles, acebos, abedules y hayedos. En los aledaños del
Parque Nacional de Somiedo y en las inmediaciones de osos pardos
y urogallos. O sea, deleite ambiental en estado puro.
O se llama Manzaneda, ésta en la demarcación orensana
que propone un recorrido por un bosque esquiable de 2.000 hectáreas,
en contacto directo con la savia de la vida. Más escalada
y montañismo que esquí propiamente son los ingredientes
de Valgrande-Pajares, enclavada en el límite entre León
y Asturias, indivisibles desde las alturas. San Isidro aguarda a
escasamente una hora de León y, como los demás emplazamientos
de la Cordillera, es más apta para el esquí familiar
y para llevarse una bicicleta y remontar senderos a través
de los lagos glaciares de Isoba y Ausente y una paradita en las
cuevas de Valporquero.
Sierra Nevada casi todo el año
El colofón del periplo norteño lo pone la estación
de Alto Campoo, un pequeño complejo ideal para los noveles
en el arte del deslizamiento sobre laderas que se abre paso entre
el pico Tres Mares y la Reserva Nacional del Saja.
Parada y fonda en la posada blanca por excelencia en Andalucía.
Goza Sierra Nevada de gran proyección internacional merced
al óptimo estado de la nieve y... de todo lo demás.
Se trata de una de las mejores estaciones de toda España,
con garantía natural de posesión de nieve durante
todo el invierno (hablamos, en efecto, de sus 3.000 metros sobre
el nivel del mar. Así cualquiera). Sus pistas son anchas,
perfectamente señalizadas y, por si fuese poco, entre su
dechado de virtudes también se cita que, en condiciones normales,
disfruta de una de las temporadas de nieve más largas de
Europa. El turismo blanco, en este punto, llega a ver la primavera.
Y después de esquiar con la familia, amigos, lobos, urogallos
y la mayor solera penibética, llegamos al fortín de
la nieve en España, la Cordillera Pirenaica, que alberga
en sus puertos y valles cubiertos de nieve hasta dieciséis
estaciones de esquí diferentes, delimitadas entre Cataluña
y Aragón. Entre las de la primera autonomía, sobresale
como estación «cinco estrellas» la archiconocida
Baqueira-Beret, tanto por el estado de las instalaciones que acompañan
el manto blanco, cuanto —hay que decirlo todo— por sus
relevantes y majestuosas visitas.<MC1> Lo cierto es que a
su fama ayuda y bastante estar rodeada de picos de más de
3.000 metros de altura y frondosos bosques de pinos, hayas y abetos.
La conservación de la nieve no puede recibir otra calificación:
un 10.
Menos conocidas pero igual de aptas para la práctica del
esquí son las restantes estaciones leridanas: en el Valle
de Boi, en el Pirinero central, el Parque Natural de Aigües
Tortes repasa las costuras de la estación de Boi Taüll
Resort, que conjuga éste y otros deportes menos invernales
(golf, fútbol sala y voleibol). No nos alejamos de esta zona
y ya estamos en Spot Esquí, con pistas destinadas a esquiadores
avanzados.
Finalmente, La Molina y Masella suman un total de 111 kilómetros
de pistas, ambas unidas por un único remonte, de manera que
el esquiador paga un pase y, si quiere, conoce a fondo los entresijos
de dos estaciones a un tiempo. Al que aún le sobren ánimos
para «remontar», nunca mejor dicho, las laderas tiene
a su disposición las instalaciones menores, pero no menos
acogedoras, de Port Ainé, Port del Compte, Rasos de Peguera,
Tavascán, Vall de Núria y Vallter 2000. Ahí
queda eso.
El Pirineo, estandarte blanco
Y concluimos en la comunidad que más y mejor se ha volcado
en capitalizar los recursos que reporta el turismo blanco. A todos
los niveles. Dos cosas están aseguradas en el viaje: diversión
y esquí. Mucho de lo último en Astún y Candanchú,
estaciones juveniles y deportivas. El éxito de esta última
descansa (más bien, todo lo contrario) en el abanico de actividades
culturales y de ocio que brinda al turista hasta el amanecer.
Quedan, en la parte oscense, tres «primores»: Cerler,
que duerme en Benasque y se desplaza con el primer telesilla de
seis plazas instalado en España; Formigal y Panticosa, en
el corazón del Valle del Tena y hasta 100 kilómetros
de dominio esquiable y espectacular paisaje.
Javalambre, al oeste turolense, Valdelinares y Valdesquí,
en la parte más cercana al mar, instalaciones las tres en
el Sistema Ibérico y diseñadas para un esquí
familiar y sosegado. Sin prisas, para los aprendices que empiezan
a conocer el «cóctel» del turismo blanco: frío
deporte durante el día, caldeado ambiente por la noche.
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