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Especialmente prescrito para quienes padecen de urbanismo en fase
aguda y cirrosis acústica propia del mundanal ruido, el turismo
rural sigue abriéndose paso desde finales de los ochenta
entre las iniciativas más rompedoras y se consolida, día
a día, con un aumento de plazas en alojamientos y establecimientos
con el encanto rústico intacto. Al tiempo y por muchos que
pasen, rutas y senderos permanecen impertérritos al transcurso
del tiempo y, desde la época del Cid, de los romanos o los
judeo-árabes, da igual, ellos siguen ofreciendo al turista
bellas vistas y el desengrasante más efectivo, aire puro.
La combinación de gastronomía, artesanía, arquitectura
local típica y paisaje de lujo enseñorea esta forma
de turismo, dentro de las mentadas como convencionales, que sigue
cautivando hasta al más pintado. Además del hospedaje
en viviendas rebosantes de historia, el otro gran reclamo del turismo
verde es la posibilidad de practicar deporte al aire libre. A través
de pistas forestales, caminos, veredas, cañadas... el visitante
se hace unos kilómetros a caballo, a pie o en bicicleta mientras
conoce de primera mano la diversidad medioambiental que cobija este
país. La capacidad física a prueba y el espíritu
viajero a lomos es el equipaje imprescindible. Lo demás,
está de más.
No podemos olvidarnos en este apartado, por supuesto, de los espacios
y parques naturales protegidos que se reparten por todas las comunidades
autónomas y que logran hacer las delicias de los amantes
de la flora y fauna asilvestrada. Árboles y especies únicos,
razas autóctonas en los que la mano (a veces, corrosiva)
del hombre no ha modificado «de motu propio» el legado
de la madre más sabia.
Ruta a ruta, andando, pedaleando, descansando, sudando y pernoctando,
cabalguemos a continuación por algunas de las mejores y más
nutridas vías de turismo rural diseminadas por toda la geografía
ibérica. Difícil escoger. Se receta no dejar la sensibilidad
por lo natural en casa. Si no, casi mejor se quedan en la oficina.
O embotellados en el metro, o estáticos en la parada del
bus... Uf, urgente, una vía de escape por favor.
Ruta jacobea y plateada
Y esa evasión está asegurada en las con toda seguridad
principales rutas perfiladas en España: el Camino de Santiago
y la Vía o Ruta de la Plata (nada que ver con la argentina).
No merece presentaciones la ruta jacobea. Atraviesa la mitad norte
del país, desde Roncesvalles a Viena, en Navarra, luego pasa
a La Rioja por el norte, de este a oeste, más tarde en Castilla
y León hace altos desde los Montes de Oca y por Burgos, Palencia
y León hasta arribar a la comunidad gallega, donde sus 170
kilómetros transcurren por la provincia de Lugo y hasta la
majestuosa Catedral de Santiago de Compostela. Poco habría
que decir de las maravillas paisajísticas y monumentales
del itinerario jacobeo. Caminante, haga camino.
La Vía romana de la Plata, por su parte, se construyó,
como el resto de las calzadas romanas, con fines militares que hoy,
con fortuna, pertenecen a un pasado muy remoto. Se dice de ella
que es la calzada romana de mayor valor en la Península por
su riqueza ambiental y su impresionante patrimonio arqueológico
(restos del pavimento, alcantarillas, miliarios, puentes y pasos
de agua). Abandonada a su suerte durante siglos, este impresionante
vehículo de comunicación dibuja su trazado entre Mérida
y Gijón y permite hacer una ingente cantidad de kilómetros
campo a través, sin ver población ni casa alguna,
con el solo placer que proporcionan sus parajes de ensueño.
Y más allá de estos dos principales recorridos, habría
tanto que añadir... En el resto de España, sería
de rigor hacer una visita a la Sierra de Guadarrama en Madrid, un
espacio natural de gran belleza y fácil accesibilidad, y
después habría que adentrarse en La Pedriza, para
conocer las mil y una formas con que la erosión ha obsequiado
al turista.
En busca de vestigios arquitectónicos, paso obligado es la
Ruta de los Monasterios riojanos donde, entre el manto verde salpicado
por viñedos un metro sí y otro también, se
levantan Yuso, Suso, Santa María la Real de Nájera,
Cañas y Valvanera. Todas estas magníficas construcciones
guardan en su muros una vida llena de avatares, la impronta de cada
uno de sus transeúntes y, sobre todo, la memoria nostálgica
de la historia.
Claro que para historia la del paso de Despeñaperros, entrada
a Andalucía y fortaleza que separa 8.000 hectáreas
de vísceras naturales del ajetreo y las prisas. En sus entrañas,
el gato montés, el meloncillo, el ciervo, el corzo y el jabalí
han permanecido siempre atentos al paso de civilizaciones y han
sido testigos impagables de batallas (Navas de Tolosa o Bailén)
incivilizadas. Es todo un icono del cruce de caminos y la naturaleza
desbordante que define, en suma, lo que es la España de ayer
y hoy.
Propuestas de lo más natural
Ruta de los manantiales.
Poblaciones valencianas como Jérica, Bejís y Castellnovo
poseen un legado de estilo mudéjar, huella moruna y el aporte
valioso de manantiales que incitan a un refrescante chapuzón.
Ruta del Califato.
Une Córdoba y Granada en un trayecto de 200 kilómetros
en donde castillos, mezquitas y almazaras no pueden ocultar su pasado.
Ruta del Cid en bicicleta.
Siguiendo en pedales a Don Rodrigo Díaz de Vivar campearemos
desde Burgos, Soria, La Alcarria y Teruel hasta llegar a Valencia.
Cabañeras pirenaicas.
Rastrearemos de cerca la actividad trashumante de los viejos pastores.
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