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Turismo Rural
Vía de escape
 
¡Urgente, necesito un modo de evasión! Alejarme del mundanal ruido, los ordenadores y el móvil. El fármaco no anda lejos, porque a unos kilómetros del urbanismo acuciante se dibujan mil rutas y senderos donde practicar deporte, contemplar paisajes de ensueño, hospedarse en arquitectura local típica y comer «de rechupete». Y, sobre todo, respirar aire puro. Que buena falta hace

Especialmente prescrito para quienes padecen de urbanismo en fase aguda y cirrosis acústica propia del mundanal ruido, el turismo rural sigue abriéndose paso desde finales de los ochenta entre las iniciativas más rompedoras y se consolida, día a día, con un aumento de plazas en alojamientos y establecimientos con el encanto rústico intacto. Al tiempo y por muchos que pasen, rutas y senderos permanecen impertérritos al transcurso del tiempo y, desde la época del Cid, de los romanos o los judeo-árabes, da igual, ellos siguen ofreciendo al turista bellas vistas y el desengrasante más efectivo, aire puro.

La combinación de gastronomía, artesanía, arquitectura local típica y paisaje de lujo enseñorea esta forma de turismo, dentro de las mentadas como convencionales, que sigue cautivando hasta al más pintado. Además del hospedaje en viviendas rebosantes de historia, el otro gran reclamo del turismo verde es la posibilidad de practicar deporte al aire libre. A través de pistas forestales, caminos, veredas, cañadas... el visitante se hace unos kilómetros a caballo, a pie o en bicicleta mientras conoce de primera mano la diversidad medioambiental que cobija este país. La capacidad física a prueba y el espíritu viajero a lomos es el equipaje imprescindible. Lo demás, está de más.
No podemos olvidarnos en este apartado, por supuesto, de los espacios y parques naturales protegidos que se reparten por todas las comunidades autónomas y que logran hacer las delicias de los amantes de la flora y fauna asilvestrada. Árboles y especies únicos, razas autóctonas en los que la mano (a veces, corrosiva) del hombre no ha modificado «de motu propio» el legado de la madre más sabia.
Ruta a ruta, andando, pedaleando, descansando, sudando y pernoctando, cabalguemos a continuación por algunas de las mejores y más nutridas vías de turismo rural diseminadas por toda la geografía ibérica. Difícil escoger. Se receta no dejar la sensibilidad por lo natural en casa. Si no, casi mejor se quedan en la oficina. O embotellados en el metro, o estáticos en la parada del bus... Uf, urgente, una vía de escape por favor.

Ruta jacobea y plateada


Y esa evasión está asegurada en las con toda seguridad principales rutas perfiladas en España: el Camino de Santiago y la Vía o Ruta de la Plata (nada que ver con la argentina).

No merece presentaciones la ruta jacobea. Atraviesa la mitad norte del país, desde Roncesvalles a Viena, en Navarra, luego pasa a La Rioja por el norte, de este a oeste, más tarde en Castilla y León hace altos desde los Montes de Oca y por Burgos, Palencia y León hasta arribar a la comunidad gallega, donde sus 170 kilómetros transcurren por la provincia de Lugo y hasta la majestuosa Catedral de Santiago de Compostela. Poco habría que decir de las maravillas paisajísticas y monumentales del itinerario jacobeo. Caminante, haga camino.
La Vía romana de la Plata, por su parte, se construyó, como el resto de las calzadas romanas, con fines militares que hoy, con fortuna, pertenecen a un pasado muy remoto. Se dice de ella que es la calzada romana de mayor valor en la Península por su riqueza ambiental y su impresionante patrimonio arqueológico (restos del pavimento, alcantarillas, miliarios, puentes y pasos de agua). Abandonada a su suerte durante siglos, este impresionante vehículo de comunicación dibuja su trazado entre Mérida y Gijón y permite hacer una ingente cantidad de kilómetros campo a través, sin ver población ni casa alguna, con el solo placer que proporcionan sus parajes de ensueño.
Y más allá de estos dos principales recorridos, habría tanto que añadir... En el resto de España, sería de rigor hacer una visita a la Sierra de Guadarrama en Madrid, un espacio natural de gran belleza y fácil accesibilidad, y después habría que adentrarse en La Pedriza, para conocer las mil y una formas con que la erosión ha obsequiado al turista.


En busca de vestigios arquitectónicos, paso obligado es la Ruta de los Monasterios riojanos donde, entre el manto verde salpicado por viñedos un metro sí y otro también, se levantan Yuso, Suso, Santa María la Real de Nájera, Cañas y Valvanera. Todas estas magníficas construcciones guardan en su muros una vida llena de avatares, la impronta de cada uno de sus transeúntes y, sobre todo, la memoria nostálgica de la historia.

Claro que para historia la del paso de Despeñaperros, entrada a Andalucía y fortaleza que separa 8.000 hectáreas de vísceras naturales del ajetreo y las prisas. En sus entrañas, el gato montés, el meloncillo, el ciervo, el corzo y el jabalí han permanecido siempre atentos al paso de civilizaciones y han sido testigos impagables de batallas (Navas de Tolosa o Bailén) incivilizadas. Es todo un icono del cruce de caminos y la naturaleza desbordante que define, en suma, lo que es la España de ayer y hoy.

Propuestas de lo más natural

Ruta de los manantiales.
Poblaciones valencianas como Jérica, Bejís y Castellnovo poseen un legado de estilo mudéjar, huella moruna y el aporte valioso de manantiales que incitan a un refrescante chapuzón.

Ruta del Califato.
Une Córdoba y Granada en un trayecto de 200 kilómetros en donde castillos, mezquitas y almazaras no pueden ocultar su pasado.

Ruta del Cid en bicicleta.
Siguiendo en pedales a Don Rodrigo Díaz de Vivar campearemos desde Burgos, Soria, La Alcarria y Teruel hasta llegar a Valencia.

Cabañeras pirenaicas.
Rastrearemos de cerca la actividad trashumante de los viejos pastores.


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