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Turismo de riesgo
Cóctel de adrenalina
 
España se ha ganado, a base de condiciones naturales óptimas, una mención privilegiada en el turismo más aventurero. Por tierra, mar y aire, las fórmulas son variopintas, si bien algo las aúna: el estómago en la garganta y la adrenalina a flor de piel. Absténgase los tediosos

La manida ecuación «turismo=sol+playa» quedó, para muchas personas, especialmente los jóvenes, muy atrás. El relax, el bronceado y las copas no están mal, pero hay espíritus que no nacieron para ser «enjaulados» en ofertas programadas. Y más que rutinarias.

Son los amantes del turismo de aventura y riesgo, lo que se ha dado en llamar «extreme games» en Estados Unidos y que en España, además, están de enhorabuena, puesto que pocos son los territorios que presentan tan ingente cantidad de accidentes naturales y escarpadas superficies donde el parapente, el barranquismo o la navegación fluvial no guardan ni el más mínimo secreto. Así, país privilegiado como pocos, son Cataluña y Aragón las comunidades donde más ha cundido este turismo de sensaciones extremas, merced a esos Pirineos idóneos para la práctica de la escalada, el montañismo, la espeleología o el vuelo. Sólo un dato: la práctica del rafting, en el corazón del Pirineo leridano, en la zona de Noguera Pallaresa, mueve al año en torno a doce millones de euros. Ahí es nada.

Se dice que, por el éxito apabullante de las nuevas formas de disfrutar del tiempo libre, los gustos de los turistas han sufrido ya un vuelco radical, al que será muy difícil renunciar y volver atrás. La estacionalidad, masificación e impacto medioambiental son los inconvenientes perniciosos del turismo más convencional. Por contra, los arriesgados modos del turismo de aventura enaltecen la interacción con los compañeros y, sobre todo, con la naturaleza. El disfrute del momento, del instante es la consigna a seguir. El estrés, las costumbres, los horarios y agobios se dejan en la puerta de la montaña o el río, y durante las horas en que se prolonga la actividad, sólo existe la persona en su pulso desigual contra las fuerzas naturales.

No hay dos sin tres

Quienes lo practican aseguran que siempre se repite. Demasiado osadas para unos, emociones a flor de piel para otros, al socaire de las óptimas condiciones del terreno español las actividades aventureras están en todas partes y basta teclear la combinación «turismo de riesgo» en internet para que se abra un arsenal de centenares de páginas web donde empresas de cualquier lugar gestionan y organizan excursiones de lo más variopinto.

Traeremos a colación tres propuestas, una por cada formato de turismo de riesgo, en connivencia con el medio en el que se practica: por tierra, mar y aire.
El senderismo es, sin duda, la modalidad de turismo terrestre más usual. También la más sencilla. Se trata, como es sabido, de la marcha, el paseo por sendas y caminos enclavados en paisajes de interés, normalmente, ambiental. Sus variantes más pausadas son el agroturismo —participar activamente en los días de vacaciones de la vida del campo o una granja— y el cicloturismo —evidentemente, sobre las dos ruedas—. Sin embargo, el extremo, por tierra, casi siempre exige la montaña como telón de fondo, donde se encuadran el montañismo, la escalada, el «paintball», el puenting, el rapel y las carreras en quads, entre otras muchas. Estómago en la garganta y la adrenalina supurando la piel. ¿Quién da más? De las infinitas ofertas de este tipo de ocio, proponemos una: el «canyoning» o descenso de cañones. Un barranquismo provisto de trajes de neopreno, arnés, cinta exprés y casco, amén de ánimos sobrados para descolgarse por una roca con la confianza puesta en una cuerda.


El surf y sus hermanos

Experiencias no menos únicas se viven en el agua, con multitud de variantes más o menos afortunadas, aunque con un denominador común: la hegemonía sobre las olas y los vientos es inapelable. Agárrense: surf, windsurg, hidrospeed (en una plancha aerodinámica para poder navegar de forma solitaria, donde se apoya el cuerpo y los pies vestidos con aletas de buceo), piragüismo, esquí de río, acuático, hidrotrineo, hidropedales, navegación a vela, buceo, el «bus-bob» (sobre un bote neumático alargado, te deslizas sobre el agua enganchado a una lancha), el «body-board» (hermano menor del surf, que utiliza una tabla más pequeña de espuma dura como soporte), el «kite-surf» (surcas los mares montado sobre una cometa)... La lista es interminable, así que nuestra propuesta es de lo más normal, teniendo en cuenta lo presente: el descenso de las aguas bravas del Sella. Desde las poblaciones asturianas de Arriondas a Llovio, en las inmediaciones de Ribadesella, manejar la pala y orientar la canoa es vital para arribar a la meta.

Y cojan aire: el placer sereno de viajar en globo aeroestático es contradicho por la aventura de tutear a las nubes con un hierro y una cometa sobre tu cabeza en el ala delta. Un destino: Castejón de Sos (Huesca), donde el cielo adolece de cualquier cosa que no sean parapentes, alas delta, ultraligeros, globos y gritos de alegría (o pavor, todo depende) y considerado uno de los lugares más idóneos de toda Europa para llevar a buen puerto estas actividades aéreas.
Sea cual sea la fórmula escogida, el aval que les concede este turismo participativo es evidente: volverán al trabajo con bríos renovados. Palabrita.


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