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Cataluña entiende que una excelente forma para vender sus
productos radica en una suculenta oferta culinaria, tan amplia como
espléndida, capaz de combinar lo clásico con lo vanguardista,
de mezclar los productos propios con los foráneos. No es
de extrañar que los cocineros catalanes obtengan sus merecidos
reconocimientos a un trabajo cocido a fuego lento y dominen abrumadoramente
el panorama gastronómico español.
Entre soles Campsa, clasificaciones de Gourmetour y estrellas Michelín
—la Comunidad tiene 41 y Carme Ruscalleda ha logrado recientemente
la tercera, uniéndose así a los también catalanes
Ferran Adrià (El Bulli) y a Santi Santamaría (El Racó
de Can Fabes) en este privilegiado grupo en el que también
están los vascos Juan Mari Arzak y Martín Berasategui—,
Cataluña ha demostrado que el mérito de sus manjares
se cimienta en la frescura de sus ingredientes.
La Comunidad es origen de una de las cocinas más variadas
y ricas de Europa. Su cercanía a la costa del Mediterráneo
y a los Pirineos convierte su gastronomía en un cóctel
único con lo mejor de la tierra y el mar. Es la capital de
la dieta mediterránea, una alimentación rica en cereales,
verduras, frutas y hortalizas, regada con caldos de sobrada calidad
y combinada con el mejor aceite de oliva. Rutas gastronómicas,
etnológicas y de aceites, así como las agrotiendas
(venta directa al consumidor) son los nuevos reclamos para un sibarita
público que cada vez más acude a Cataluña para
degustar una cocina de lujo y refinada.
Además, la capital, Barcelona, vive hasta el mes de marzo
el Año de la Alimentación, la Cocina y la Gastronomía,
que se cerrará con la guinda, y nunca mejor dicho, de la
Feria Alimentaria —del 6 al 10 del mencionado mes con más
de 86.000 metros cuadrados de exposición—.
Pero la oferta culinaria catalana no sólo mima con esmero
la calidad e innovación de los platos, sino que busca el
mejor acompañamiento con espacios donde el diseño
y la arquitectura hagan del ágape una actividad de puro regocijo
en todos los sentidos.
Eso sí, por encima de la metamorfosis culinaria sufrida en
los últimos años, Cataluña ha sabido consolidar
sus propias y características señas de identidad y
ha sido capaz, a través de sus fogones, de integrar y de
abrir nuevos horizontes.
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