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ENERO, de buena mañana, y sin embargo la luz de un sol espléndido
calienta los catorce grados que regala ya un termómetro in
crescendo. Desde una de las dos bellas capitales de Canarias se
intuye el sur bullicioso de las islas; el lugar donde la primavera
se ha quedado a vivir, se ha hecho eterna, infinita.
Canarias saluda con cierta indiferencia otra mañana preciosa;
las noticias desde el continente hablan de un frío inconcebible;
de una nieve que por estos lares sólo acierta a teñir
de blanco la cima de España, el Teide.
Lanzarote sigue mostrando orgullosa las huellas de su pasado volcánico,
y de su presente inventado por César Manrique, que imaginó
la isla como su obra más bella, y lo consiguió; Fuerteventura
resiste impasible su travesía atlántica, sus playas
teñidas de azul y blanco, un blanco de arena que se clava
en la pupila; La Gomera reverdece desde su altiva figura, que mira
con desdén a las costas oceánicas que esconden tesoros
de coral. Gran Canaria redibuja su mapa continental, su variedad
atípica, su litoral soleado y su corazón verde y plagado
de pistas del pasado, casi a propósito olvidadas por el tiempo;
las plataneras suavizan la faz de la isla bonita, La Palma exhibe
su belleza colonial y su intenso verde; El Hierro, pequeño
navegante, saluda un nuevo baño de sol con su célebre
amabilidad, la que conquistó para siempre los sentidos de
un famoso caminante aragonés, mochila en ristre. Tenerife
baña apenas sus pies de gigante en el salitre atlántico.
Tan grande, tan ecléctica que, sin embargo, es minúscula
a ojos de un Teide orgulloso que vigila a sus siete islas canarias.
Es la enorme belleza de lo que aquí es cotidiano y común.
Son, apenas, una parte del todo de una tierra que, además,
es Cultura con mayúsculas.
Música, maestro
Relatar una belleza y bondad climática que han convertido
a estas Islas en la auténtica fábrica de sueños
del viajero satisfecho, sólo aporta pinceladas a un cuadro
que nuestra memoria colectiva conoce, aunque sólo sea de
oídas. Pero hay una Canarias más anónima. Aquella
que viven los dos millones de residentes de este paraíso,
canarios o no; tan igual, tan diferente que el lujo de la belleza
sólo suma al conjunto que se ha construido a su alrededor.
Sin temor a equivocaciones, se puede afirmar que Canarias en su
conjunto, constituye uno de los puntos álgidos de la manifestación
de la cultura, el amor a las artes plásticas y escénicas
e históricas de la geografía española.
Auténtico cruce de caminos del mundo, Canarias creció
con la aportación de la amalgama de viajeros que hicieron
escala en sus puertos. Algunos, muchos, se quedaron. Trajeron con
ellos el gusto por lo exquisito, la presencia de la arquitectura
clásica y renacentista que forjó los cascos históricos
de las grandes urbes de antaño. Vegueta y Triana en Las Palmas
de Gran Canaria; o el corazón histórico de La Laguna,
en Tenerife, capitanean un eterno listado de cascos históricos
a los que se sumó el buen gusto de la aportación arquitectónica
autóctona. Pasear por Santa Cruz de La Palma, por Teror,
Betancuria, La Orotava, Ingenio, Arucas... traslada al paseante
el concepto de lo auténticamente canario.
No sólo piedras trajeron aquellos primeros pobladores y ocasionales
viajeros en tránsito. La música es una de las señas
de identidad de la región que organiza cada año uno
de los festivales de música clásica con mayor número
de estrenos y más importante de la geografía española.
Otra vez la arquitectura regresa a la crónica de una Canarias
moderna. Los templos que albergan obras y maestros universales compiten
en belleza y espectacularidad. Sobre la costa de Las Palmas de Gran
Canaria, al final de una de las playas urbanas más bellas
de Europa, Las Canteras, Oscar Tusquets proyectó un auditorio
que parece confundirse con el mismo océano al que rinde tributo.
En la isla vecina, la huella inconfundible de Santiago Calatrava
define el perímetro espectacular en el que viajan las corcheas
hasta el experto oído de un público que ya tiene en
su agenda anual una cita con el pentagrama Son solo un pedacito
de unas urbes que no conciben su día a día sin teatro,
danza, conciertos, o paganos e inolvidables carnavales.
Santa Cruz, la locura y la cultura
Poco falta para que la locura se desate en Santa Cruz de Tenerife.
Pero es una locura sana, valga la contradicción, ya que nadie
se quiere quedar fuera. Hasta el mismo Ayuntamiento de la capital
tinerfeña la auspicia, con una generosa tajada de su presupuesto.
Porque cada año las calles santacruceras son conquistadas
por la inmensa locura a la que lleva la alegría arrebatadora
de su Carnaval, la fiesta que pone patas arriba la vida de todos
y que lucha por el liderazgo mundial con el de Río de Janeiro
y el de Venecia.
No sólo los habitantes de la ciudad y los miles de visitantes
que por esos días la inundan vibran con el ritmo carnavalero,
sino que a ellos se suman los millones que siguen por la televisión
de todo el mundo las actuaciones de las comparsas y las sarcásticas
murgas, además de la gran noche de cada año: la Gala
de la elección de la Reina.
Pero no debería olvidarse que, como todo loco, la ciudad
tiene también su parte cuerda. A cinco minutos de la Plaza
de la Candelaria, antigua Plaza Mayor y corazón de la vida
chicharrera —tal el nombre que reciben también los
santacruceros— el Teatro Guimerá es la sala por donde
pasan casi todos los espectáculos que animan la cartelera
de las grandes ciudades españolas. Sus más de 70.000
espectadores del último año son testigos de una oferta
que se renueva con lo mejor de las expresiones teatrales y musicales.
Si se trata de visitar museos, el de la Naturaleza y el Hombre destaca
con luz propia, la que arroja sobre la historia de cómo es
que se formaron las siete islas canarias, tras las erupciones volcánicas
que les han dado sus características y caprichosas formas.
Una de sus grandes atracciones —y especial imán para
los niños— es la presencia de las momias que se conservan
de la cultura de los guanches, los antiguos pobladores de la isla
de Tenerife.
No lejos de allí se construye, con la firma de los reconocidos
Herzog y DeMeuron, el Centro Cultural Óscar Domínguez,
que promete un tratamiento vanguardista al tradicional concepto
de centro de arte. La misma dupla proyecta la total renovación
de la plaza de España, sumando obras en una ciudad en la
que parecen competir por ver quién la transforma más
con otro monstruo de la arquitectura de hoy, Santiago Calatrava.
El valenciano ha dejado dos obras monumentales, como el Centro Internacional
de Ferias y Congresos, que supuso uno de los primeros pasos para
revitalizar la adormecida zona sur, y el sorprendente Auditorio
de Tenerife, lugar de peregrinación de los melómanos
europeos cada invierno, cuando allí se celebra el Festival
de Música de Canarias. La forma escultórica del Auditorio
no es más que la máxima expresión de lo que,
en menor escala, se ve en las calles, parques y plazas de la ciudad.
El paseante se encontrará una variedad y abundancia apabullante
de estatuas y esculturas de artistas contemporáneos que lucen
tanto de día como de noche y que invitan a crear un recorrido
distinto cada vez, para apreciar desde distintos ángulos
las obras de nombres como Joan Miró, Henry Moore, Andreu
Alfaro, Martín Chirino, Gustavo Turner y Oscar Domínguez,
entre otros.
Tantos han sido los cambios operados en los últimos tiempos
y el nuevo perfil que ha adquirido Santa Cruz que Tenerife se postulará
como candidata a capital europea de la cultura. Y guarda en su capital
la carta mayor para alcanzar su propósito.
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