Sonia Fernández-Vidal: «La Tierra no es una máquina a la que se le pueden poner piezas de recambio»
El libro «La puerta de los cerrojos», sobre Física Cuántica y dirigido a niños, fue la primera obra de Sonia Fernández-Vidal - JOSEP LAGO

Sonia Fernández-Vidal: «La Tierra no es una máquina a la que se le pueden poner piezas de recambio»

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Su primer libro, «La puerta de los tres cerrojos», se mantuvo durante meses en la litsa de los más vendidos, agotando una edición tras otra. Los derechos se vendieron a once idiomas. Y eso que hablaba de Física Cuántica. Iba dirigido a niños, pero fascinó también a los mayores. Porque Sonia Fernández-Vidal tiene ese don de hacer fáciles y didácticas las cosas aparentemente complicadas. Quizá por su etapa como docente en la Universidad Autónoma de Barcelona o por las charlas de divulgación que ha impartido.

Nacida en Barcelona en 1978, su infancia está muy ligada a Mataró: «Desde pequeña me gustaba saltar entre las piedras del espigón y colocarme al final para mirar el horizonte. La sensación de inmensidad es la misma cuando alzo la vista por la noche, para mirar las estrellas. Cuando veía esas lucecitas brillantes me preguntaba: ¿Qué hacemos aquí? La inmensidad del mar me da la misma sensación de querer descubrir, explorar, me invita a la reflexión, a olvidarme de mí misma y mirar hacia adelante». Una sensación que le gusta revivir de vez en cuando: «El olor a sal y el estallido de las olas en las rocas, tan característico, consigue trasladarme a los momentos de mi juventud, cuando me escapaba aquí a reflexionar».

Asegura que de esas miradas reflexivas al horizonte y al cielo nocturno nació su vocación por la física. Doctora en Física Cuántica, en 2003 trabajó en el Centro Europeo de Investigación Nuclear (CERN), en el proyecto del nuevo acelerador de partículas Gran Colisionador de Hadrones (LHC en su acrónimo inglés). Allí empezó a degustar la divulgación científica participando como guía oficial y conferenciante del CERN. Ahora acaba de publicar su tercer libro, «Desayuno con partículas», después del cual dice que hará un parón para descansar. No es para menos. Tres libros, en tres años...

Su afición por la naturaleza le viene también desde la infancia, cuando pasaba las vacaciones en casa de sus abuelos maternos, en el Pirineo catalán: «Tenían una masía con vacas, gallinas, conejos, cerdos... Yo les ayudaba a voltear el heno. Recuerdo que me gustaba bajar al establo y ordeñar la vaca antes de desayunar. Mi madre nació en esa casa y no conoció la luz eléctrica ni el agua hasta los doce años. Ahora manda e-mails. Es fascinante el cambio en pocos años».

Conciencia ecológica

Poco después nació su conciencia ecológica, a raíz de la lectura de un libro que le marcó, según cuenta: 50 cosas que los niños pueden hacer para salvar el planeta Tierra. «Eran cosas muy sencillas, como adoptar un trozo de terreno. Había un descampado en mi camino al colegio, y adopté un trocito, que mantenía limpio en mi camino de ida y vuelta. El libro estaba muy bien pensado y proponía cosas tan prácticas como ésta. Todavía me acuerdo».

La «revolución verde» que experimentó la contagió a toda la familia: «En casa me respetaban mucho. Les reuní, lo expuse y estuvieron de acuerdo. Entonces no había contenedores para separar. Teníamos que llevar el papel a otros sitios. También me hice de Greenpeace. Y me volví vegetariana durante unos cuantos años… Pero al dejar la casa de mis padres, empecé a introducir algo de carne en la dieta, aunque desde entonces acostumbro a tomar muy poca».

Esta época del año, la primavera, y también el otoño, «que no hace frío pero no es momento de playa», es la preferida de Sonia, para volver a Mataró y aprovechar para visitar a su madre. «No tengo paciencia para tumbarme al sol en la playa, aunque me encanta nadar y la sensación de estar en el mar, en el agua». Sin embargo, no solo el inmenso azul aporta bienestar a Sonia. «También disfruto en el bosque, son dos sensaciones muy diferentes para mí. En el bosque no tengo esta inquietud tan fuerte que me transmite el mar. Es un entorno mucho más relajado, es como si estuvieses en un entorno protector, algo que te cuida».

Sus contactos con la naturaleza no son ahora tan frecuentes como querría: «La conexión con la naturaleza tiene algo mágico, cuando consigues unirte a ella es como si desaparecieses como persona y te fundieses con el entorno. Lo mismo que me sucede frente a la inmensidad del mar o el cielo. Esta sensación la debe tener mucha gente todavía, con el cielo nocturno. Cuando no existía internet, ni siquiera libros, había una gran dependencia de los cielos para sobrevivir. La recurrencia de las estrellas era tranquilizadora porque indicaba cuándo recolectar y cosechar. Y esa conexión aún la tenemos ahora, y por eso la sentimos tan mística, con la naturaleza», explica.

En su vida diaria ha de contentarse en ocasiones con ver el mar de lejos: «Tengo la oficina al lado del mar y necesito muchas veces levantarme y mirar el horizonte para tener la sensación de romper límites, no quedarme con las barreras del día a día, mirar un poco más allá. Quizá tengo esa marca neurológica de ver la inmensidad, fundirme con ella y franquear los límites de lo conocido».

Dice que la Física Cuántica ha cambiado su forma de pensar: «Es inevitable que no afecte a tu percepción del mundo en el día a día. Por ejemplo, la idea de que la mesa o la silla sobre la que pasamos tantas horas en el trabajo esté vacía en un 99,99% te hace cuestionarte si crees en aquello que ves o ves lo que crees».

Por eso su mirada va más allá también a la hora de reflexionar sobre el planeta: «Hay que abandonar la idea de que la Tierra es una máquina a la que se le pueden poner piezas de recambio. Vivimos en un planeta que es un sistema vivo, en el que nosotros estamos incluidos. Y un organismo en guerra consigo mismo está condenado. Cuando todos tengamos inculcada esta idea al cien por cien cambiarán muchas cosas y dejaremos de dañar el planeta».