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Camba, el hombre artículo

Día 07/10/2013 - 12.02h
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Un libro rescata las mejores columnas sobre periodismo de Julio Camba, el genial cronista del siglo pasado que vivió los últimos 13 años de su vida en una habitación del Palace

El huésped de la habitación 383 del Palace vivió entregado a un trozo de papel de 150 centímetros cuadrados. Casi se podría decir que toda su existencia la pasó encerrado en una columna periodística. La vida de Julio Camba giraba en torno a un artículo, reducía el mundo, con sus maravillas y sus vilezas, a 400 palabras, todo lo fagocitaba y lo expulsaba en forma de piezas magistrales con las que brilló en el periodismo español de la primera mitad del siglo XX. Y sobrellevaba ese proceso creativo como una carga, igual que esa espada sobre la cabeza que aún sentimos los periodistas ante el folio en blanco. Pero en la aventura de escribir, a Camba jamás le faltó el humor, un humor lucidísimo y mordaz con el que se ganó a legiones de lectores. “Prefiero morir de hambre a escribir”, le dijo en una ocasión a César González Ruano. Y añadió : “¿Sabe usted mi único odio auténtico? Al miserable que inventó la imprenta”. Camba sufría a su manera porque, según le gustaba razonar, el organismo del articulista lo vuelve todo literatura. Así de claro lo explicaba: “Yo lo mismo hago un artículo con una noticia de tres líneas que leo en el ‘Daily Telegraph’, que con las obras completas de Voltaire. Yo me voy al mar, por ejemplo. No cabe duda de que el mar es una cosa grande y hermosa. Pues para mí como si fuese un sombrero de paja. Toda su hermosura y toda su grandeza, yo la reduzco rápidamente a una columna escasa de periódico; mando las cuartillas a su destino y ya se han acabado para mí los encantos del mar, y como los encantos del mar, las mujeres bonitas, y como las mujeres bonitas, las obras maestras, y como las obras maestras, las catedrales góticas, y los buques de guerra, y los campos sonrientes, y la primavera, y las fiestas movibles y todo. El articulista no puede gozar de nada…”, clamaba el gran plumilla gallego, que dejó 4.000 columnas negro sobre blanco… ¡Lo que debió de sufrir!

El huésped de la 383

Todo en la vida de Camba (Villagarcía de Arousa 1882, Madrid 1962) es una paradoja tras otra. Empezó trabajando en publicaciones de corte anarquista (con 23 años, la policía lo interrogó por creerle involucrado en la bomba que Mateo Morral arrojó a Alfonso XIII el día de su boda, en mayo de 1906) y en periódicos de izquierda, y acabó haciéndolo en el ABC. Jamás piso la universidad, ni recibió formación académica alguna, lo que no le impidió chapurrear varios idiomas (inglés, alemán, francés, portugués e italiano) y ser el más cosmopolita de los escritores de su época. En un tiempo en el que atravesar los Pirineos constituía un hecho extraordinario, Camba, que a los trece años se embarcó como polizón en un barco con destino a Buenos Aires, llegó a ser un corresponsal de lujo en Estambul, Berlín, París, Londres, Nueva York, por dos veces, Roma y Lisboa.

Pero de este gallego de carácter algo revirado que nunca se casó, se habló y mucho por ser el extravagante inquilino que durante trece años ocupó la habitación 383 del Hotel Palace de Madrid. Allí fijó su residencia en 1949 hasta su muerte, en 1962, a los 79 años. Unos dicen que la cama se la pagaban sus amigos con posibles, otros que el financiero Juan March, con quien mantenía una vieja amistad. Un dato: la estancia salía por unas 1.500 pesetas diarias, el sueldo del mes de un botones del Palace. Del curioso huésped también sacaba rédito el hotel, que presumía de tener a Camba, seguramente el periodista más leído y mejor pagado del momento, entre sus ilustres clientes. La habitación sigue existiendo, aunque ahora es la 317. Uno de los salones del Palace lleva el nombre de Julio Camba en su recuerdo. No es el único. En el menú de la vieja Casa Ciriaco, legendaria taberna madrileña fundada en 1897, aparece el revuelto Julio Camba, en honor a uno de sus parroquianos más añorados.

Los elogios

La grandeza literaria de Camba se puede medir por ese sello que imprimía a sus crónicas, un estilo irónico y mordaz, cargado de un ingenioso sentido del humor y una prodigiosa habilidad para empatizar con el lector, abordando los temas más inverosímiles o dando la vuelta a los más idílicos. Un ejemplo: “A mí la Naturaleza me produce una sola inspiración: la de dormir, la de no escribir artículo ninguno. Si al asomarme a mi ventana recién levantado veo el mar a mis pies, ya no encuentro manera de hacer una línea”, escribía en 1913 en ‘La Tribuna’. Este artículo y otros 29 más aparecen recopilados en una deliciosa joya editorial que acaba de salir al mercado de la mano de Libros del KO. Bajo el título ‘Maneras de ser periodista’ (13,90 euros), el historiador valenciano Francisco Fuster ha rescatado las mejores columnas sobre el periodismo, el periodista y los periódicos que Camba publicó entre 1913 y 1959 en diarios como La Tribuna, El Sol o ABC. Treinta piezas maestras para deleitarse con el estilo de un plumilla que hizo de la concisión, la brevedad y la claridad sus tres reglas sagradas, y que supo exprimir el humor con una agudeza inconfundible. Desde la célebre ‘Mi nombre es Camba’ (con la que se presentó a los lectores de ABC el 8 de octubre de 1913 y que ya forma parte de la historia del periodismo español) hasta la hilarante ‘Los periódicos se hacen solos’, publicada en El Sol el 5 de diciembre de 1919. En ella atribuye al café, a los pitillos y a la ardorosa conversación envuelta en humo de la canallesca el milagro de que el periódico fuera poco a poco brotando como una flor sin que nadie escribiera una sola línea.

A Camba se le puede medir por sus crónicas. Pero también por las palabras que le dedicaron sus contemporáneos. Josep Pla, por ejemplo, dijo de él: “Sus artículos no tienen precedentes en la literatura castellana. Ni por su estilo ni por su temario ni por su forma de desplegarlo, no se pueden citar precedentes de Camba”. Y Ortega y Gasset directamente lo calificó como “el mejor escritor del momento”.

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