Restos de la Colonia Mahou en 1979
Restos de la Colonia Mahou en 1979 - abc
chamartín

El barrio ámbar que desapareció por la Avenida de América

Cuando, a principios de siglo XX la capital se quedó pequeña, en los alrededores y en el extrarradio proliferaron cooperativas de casas baratas como la colonia Mahou

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Desde principios del siglo XX, la capital se ha quedado pequeña y proliferan, tanto en las afueras como en el extrarradio, los barrios que hoy en día se han convertido en centro. Los obreros, funcionarios y militares que llegan desde el resto de provincias españolas ven en las afueras de la capital el lugar idóneo para instalarse. No podían permitirse un alquiler tan alto como el que se pagaba en el corazón de la urbe. Los gobernantes, conscientes de la necesidad de proporcionar una vivienda a estos grupos de población cada vez más numerosos, propugnan las leyes de Casas Baratas (en 1908, 1911, 1921 y 1924), que aprovecharán los más humildes. Así surgieron las colonias (también llamados hotelitos), testigos silenciosas del devenir de los madrileños; observadores de sus idas y venidas.

Uno de estos barrio fue La Prosperidad (conocido como «La Prospe»), recién creado en 1863. Sus habitantes tenían serios problemas para conectar con el centro y vivían en pequeñas casas rurales que poco tenían que ver con los espigados pisos que, en el centro de la capital parecían próximos a tocar el cielo. Bajo el amparo de la segunda Ley de Casas Baratas, de 1921, que promovía la formación de cooperativas, se construyó la más conocida de la Prospe: la extinguida colonia Mahou.

La compañía cervecera, creada en 1890, no recibió un aumento de la demanda de su producto estrella hasta principios de siglo, cuando aumentaron las medidas de higiene y la población. En esta época, las familias, que ya tenían más dinero y que disfrutaban de sus particulares «años felices» tras la bonanza que sucedió a la I Guerra Mundial, empezaron a consumir cerveza. En 1928 se erigió la colonia bautizada como la marca porque los avalistas eran sus propietarios. Los habitantes, en su mayoría, trabajadores ligados a Mahou.

Se construyeron 106 casas de una planta, de 150 metros cada una. Ladrillos convertidos en vivienda, en el futuro hogar de la incipiente clase media que se atrevió a venir a la capital. La comunidad estaba compuesta también por obreros y jornaleros de la zona. La colonia se extendía por las actuales calles Corazón de María, Avenida de América y Padre Claret. Muchos arquitectos de la época trabajaron en su construcción (Farias, Iturralde, Moro, Salcedo o López Izquierdo), pero la colonia se constituyó como una zona anárquica, con calles y callejones mal planificados. Recibían el nombre de los vecinos (Guijarro, Celestino Pascual, Elías Briones, Ricardo Mariana, por ejemplo) que las habitaban, según comenta Ricardo Márquez en su artículo de Historias Matritenses.

Pero Madrid no paró de crecer. Junto a la ciudad, también lo hicieron las colonias, el resto de edificios o las carreteras. La colonia Mahou se convirtió en los 80 en un punto de encuentro para jóvenes de La Movida que huían del centro buscando la libertad de las afueras. Entre sus instalaciones de éxito estaba el merendero-taberna. «Sus sillas y mesas destartaladas parecían sacadas de cualquier contenedor de basuras», recuerda Cristina, una vecina nacida en el 63 que se acercaba hasta la zona «para tomar el aperitivo con la gente joven del Parque y de la Prospe». Para ella, era «un barrio que estaba en lo alto de un montículo con desniveles y sin asfaltar, con casas medio derruidas». También hay un hueco en su memoria para el matrimonio mayor que regentaba el bar Mirinda. Gracias a aquellos jóvenes, su negocio casi abandonado renació de su declive. «Allí, que era como el fin del mundo, era imposible que nos vieran ni nuestros padres ni nadie conocido. Podíamos beber y fumar a nuestras anchas».

Sin embargo, la construcción de la actual Avenida de América acabó con estashumildes casas de la «Prosperidad». Habían sobrevivido al paso de más de medio siglo. Sus vecinos no se lo pusieron fácil a las autoridades y resistieron hasta 1987. El barrio de la Prospe no volvería a ser el mismo. Nuevas construcciones en altura crecieron a lo largo y ancho de calles viejas. También otras recién estrenadas. Estas perdieron la familiaridad que les otorgaba el nombre de sus vecinos y recibieron a cambio los de ilustres gobernantes locales.

En 1977 se aplicó en la zona el Plan Especial de la Avenida de La Paz (M-30). Permitió expropiar las propiedades que después se derribaron. «Se está llevando a cabo la explanación, que está dejando la colonia aislada, con pendientes hasta de cuatro metros, sin instalación de vallas y sin ninguna clase de seguridad» publicaba ABC en enero del mismo año. En ese momento, 60 familias fueron forzadas por la Junta de Compensación a abandonar la zona. En su lugar construyeron un total de 3.188 viviendas de lujo. Recibieron a cambio una indemnización de 150.000 pesetas y 4.000 pesetas por metro cuadrado de casa, con la posibilidad de trasladarse a viviendas de nueva promoción en Alcalá de Henares. No todos aceptaron; algunos intentaron resistir.

Fueron 16 las familias obstinadas que mantuvieron inexpugnables sus fortalezas, como documentaba ABC en su edición de junio de 1985. Pero la rebeldía y el orgullo perpetrado se cobraron con creces. Un boicot de la inmobiliaria del terreno los condenó a una vida de hedores y tinieblas. Cortaron el alumbrado público y destrozaron el alcantarillado. En el invierno de 1987 todavía resistían más de 30 propietarios que no querían dejar atrás las huellas de una historia vivida entre las cuatro paredes de esos hogares. El abandono y la insistencia de las instituciones hicieron desistir a los últimos gritos de resistencia. Era una batalla perdida desde el principio, de una guerra que ni las infraestructuras resistieron. Los edificios grandes engulleron a los pequeños. La modernidad se abrió camino y cambió el aspecto del barrio. El otro solo existe grabado en las retinas de sus decanos y valientes vecinos.

El renacer de la colonia

A pesar de que el «hotelito» desapareció en el 87, a comienzos del nuevo siglo acaparó de nuevo titulares. En esta ocasión nada tenía que ver con la expropiación o con los vecinos atrevidos que le trataban de plantar cara. Atisbos de esa vieja colonia revivirían entonces con la crónica de un asesinato. Un crimen perpretado por un hombre que, desolado por la muerte de su esposa en el siniestro del vehículo que él mismo conducía, quiso recuperar a su hija, por aquel entonces con sus abuelos. Se llamaba Rafael, y desesperado por recobrar algo de lo antaño perdido, disparó a sus suegros, hiriendo de muerte a la mujer. De inmediato se dio a la fuga y logró pasar los años venideros en paradero desconocido, perseguido y no encontrado por la policía. Una nueva identidad, Antonio, encubría el crimen del que el fugitivo intentaba huir, y esta misma fue su perdición.

En 2002 una patrulla callejera le pidió su documentación. Rafael (Antonio) enseñó sin reparos un DNI antiguo, que despertó las sospechas de los agentes. Delatado por la falsedad del documento, no solo reconoció el crimen cometido quince años antes, sino que, además, felicitó a los policías: «Han ganado la copa, pues hasta ahora nadie sabía quién era yo». Cinco años más hubieran bastado para que Rafael quedara libre de responsabilidades, pero la casualidad quiso que, aunque tarde, cumpliera su condena.

Los recién llegados a Madrid caminan por el terreno que un día ocuparon estas colonias. No las pueden echar de menos porque no las conocieron. Pero sin ellas, sin su historia todavía latente, es imposible entender el presente de la capital española, y sobre todo el de sus extrarradios.