En las primeras sesiones, el procesado erguido, seguro de si mismo, casi desafiante (año 1958)
En las primeras sesiones, el procesado erguido, seguro de si mismo, casi desafiante (año 1958) - abc

El amor enfermizo que provocó el cuádruple asesinato de Jarabo en Madrid

Su obsesión por encontrar una joya y una carta le condujo a acabar con la vida de tres de sus cuatro víctimas en menos de media hora

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España se levantó desconcertada la mañana del 21 de julio de 1958. Aquel día se conocieron los terribles asesinatos de cuatro personas en El Retiro. Tres de las víctimas habían perdido la vida en sus propios domicilios, pero la cuarta en una tienda de empeños.

Los hechos se remontan a dos días antes. El 19 de julio, José María Jarabo Pérez­ Morris llegó a la vivienda de Emilio Fernández Díaz, su primera víctima, ubicada en la calle de Lope de Rueda. Su esposa, María Alonso Bravo, estaba en la portería del inmueble. Jarabo llegó sobre las 10 de la noche y Paulina Ramos, la sirvienta, le abrió las puertas. A continuación, una acalorada discusión llevó a Emilio a echarle de mala manera. Creyéndose a salvo, se dirigió al cuarto de baño ignorando que un tiro en la nuca le recibiría.

El asesinato, paso a paso

Infografía del asesinato

Paulina, la criada, acudió despavorida al lugar tras aquel ensordecedor disparo. José María se abalanzó sobre ella, le tapó la boca para evitar que pidiera auxilio, cogió un cuchillo y le asestó un puñalada mortal. Su tercera víctima, Amparo Alonso, accedió hasta su dormitorio, sin ver los cadáveres, pero Jarabo le disparó en la nuca. Tres crímenes en menos de 30 minutos.

Tras deshacerse de sus víctimas, José María regristró la vivienda en busca de una carta y un brillante valorado en más de 200 mil pesetas. Era para él de suma importancia encontrar la joya, que pertenecía a su amante –una joven inglesa que se la cedió en un momento de apuro–. Sin embargo, cuando esta volvió a su país tuvo que reclamársela y enviarle una autorización para poder recuperarla en una conocida tienda de empeños.

Una comercio cuya legalidad siempre estuvo en tela de juicio. A él acudían aquellos madrileños en apuros y que no podían obtener el dinero por la vía legal; es decir, en el Monte de Piedad. Según la investigación, los prestamistas le exigieron más dinero.

Jarabo, sin embargo, no halló absolutamente nada pero tuvo la sangre fría de preparar pistas falsas para despistar, posteriormente, las premisas de la Policía. El asesino fue muy meticuloso para no dejar huellas en el domicilio de las tres víctimas.

Cuarto crimen

José María Jarabo disfrutó a la mañana siguiente de un día relajado, sin olvidar tenía que saldar una última cuenta pendiente. Así, aprovechó las sombras de la madrugada para cometer el asesinato. A las seis de la madrugada, se presentó en el establecimiento de compraventa y tras reclamar ­sin éxito­ sus preciados objetos a Félix López Robledo, antes de encañonarle y realizar, a bocajarro, dos letales disparos.

Registró el comercio en busca de aquellos objetos convertidos en una obsesión, con su cuarta víctima fuera de juego. Jarabo, no obstante, había pasado por alto un detalle que acabaría suponiendo su detención. Se había manchado la camisa de sangre, tras la lucha cuerpo a cuerpo.

El asesino dejaba el segundo escenario rumbo a una tintorería, ubicada en la calle de Orense, donde dejaba su traje bañado de sangre. Se justificó diciendo que era producto de una pelea, pero todas las alarmas saltaron en aquel preciso momento. Así, cuando volvió Jarabo la Policía esperaba apresarle. Ese mismo día se descubrieron los tres cuerpos sin vida en el domicilio de Fernández Díaz.

Condenado a morir

Decenas de personas acuden a las sesiones del juicio oral de Jarabo

El 29 de enero de 1959 inició un juicio, que duró cinco días y que tuvo como invitados a grandes personalidades de la época. Cientos de personas aguardaban en la entrada de la sección quinta del Palacio de Justicia de Madrid para asistir a uno de los acontecimientos del siglo. España entera se había sobrecogido con el cuádruple asesinato que paralizó las vidas de los ciudadanos.

Pese a todo, José María le restó hierro al suceso ante el negro devenir que le esperaba y asistió cada día con un traje diferente. «Una ocasión como ésta bien merece estrenar un traje», señaló el reo.

Finalmente, le condenaron a cuatro penas de muerte.