El misterioso edificio de la calle Conde Peñalver, actualmente, una residencia de ancianos
El misterioso edificio de la calle Conde Peñalver, actualmente, una residencia de ancianos - ABC
curiosidades de madrid

De convento a checa, de cárcel a residencia de ancianos: así es el misterioso edificio de Conde Peñalver

Una placa que pasa desapercibida para el transeúnte recuerda al poeta Miguel Hernández, uno de los presos tras la Guerra Civil

Actualizado:

A la altura del número 53 de la calle Conde de Peñalver, esquina Juan Bravo, un edificio de aspecto lúgubre y melancólico sorprende al paseante. Tras las tapias rojizas de lo que hoy es un asilo de ancianos, hubo en los tiempos de la Guerra Civil una cárcel donde «la cebolla era escarcha cerrada y pobre». En la actualidad, una placa que pasa desapercibida para el transeúnte recuerda al autor de estos versos, el poeta Miguel Hernández.

Muchas calles cambiaron de nombre durante el franquismo. Aunque bautizada en la dictadura como Conde de Peñalver, los madrileños llamaron al edificio descrito «prisión de Torrijos», recordando la antigua denominación de esta arteria de la ciudad.

Según Gutmaro Gómez Bravo, historiador de la universidad Complutense de Madrid, «esta cárcel fue la más pequeña de las diecisiete que existieron en la capital durante la Guerra Civil y la primera etapa del franquismo». Allí encerraron a Miguel Hernández cuando el conflicto fratricida terminó, debido a su apoyo a la República. Pero las particularidades de este edificio no terminan ahí. Desde su construcción hasta la actualidad, los usos del inmueble representan los diferentes periodos que atravesó España en el siglo XX.

Lo que en su día fue una cárcel, en realidad se construyó para dar acogida a una de las fundaciones benéficas que se erigieron durante la Restauración. En esas fechas de principios del siglo XX la voluntad póstuma de doña Fausta Elorz financió la construcción de una residencia de ancianas regentada por una congregación de las Hijas de la Caridad. La fundación fue clasificada como tal por Real Decreto de 16 de Diciembre de 1914. Paradójicamente, al estallar la Guerra Civil el edificio pasó de asilo de ancianas y escuela de niñas a penal de mujeres. No era tiempo para actos de caridad ni para enseñanza de jovencitas, como eran denominados. Los bombarderos sobrevolaban la ciudad y la gente se refugiaba en el metro, antes utilizado como medio de transporte. En las checas, cárceles republicanas, la vida transcurría entre el miedo y la incertidumbre.

A pesar de que durante la Guerra Civil se cambiaron los regímenes disciplinarios en las cárceles de mujeres, en especial tras la expulsión de las congregaciones de monjas que las dirigían, el estallido del conflicto hizo retroceder los avances antes obtenidos.

En los pueblos y campos de España, los labriegos aún dicen aquello de «pasar un cuarenta y uno», sinónimo de miseria, hambre y frío, dicho referente a la dura posguerra. Treinta y cinco mil presos se hacinaban en las cárceles de Madrid durante esos años, todos bajo jurisdicción militar. Una de las víctimas de la represión fue el poeta republicano Miguel Hernández. Recluido en la cárcel de Torrijos el 15 de Mayo de 1939, reconvertida en prisión provincial donde permaneció cuatro meses.

En la biografía escrita por Francisco Esteve Ramírez, «Huellas de Miguel Hernández», se muestra cómo el escritor fue siendo minado por la enfermedad durante esos inviernos de presidio. Hasta que le sobrevino la muerte por una tuberculosis pulmonar aguda.

Con todo, Torrijos no era el peor penal de Madrid. Señala el profesor Gómez Bravo que ser encerrado en la cercana cárcel de Porlier era garantía de condena a muerte, ya que todos los días había fusilamientos. Narran los biógrafos del poeta que durante la estancia en la prisión de Torrijos estaba arropado por amigos, compañeros de la guerra y familiares que le visitaban con asiduidad. Una circunstancia que hizo de este presidio madrileño el menos sufrido de los diez por los que pasó.

«Hielo negro y escarcha grande y redonda», cantaba el poeta al recibir la carta en la que su esposa, Josefina Manresa, le informaba de las penurias económicas que sufrían ella y su hijo. No fue su única correspondencia. La intercambiada con sus amigos quizá facilitó su liberación. El 20 de mayo de 1939 se dirigió a José María de Cossío diciéndole «fuerza un poco tu tranquilidad por mí, o no saldré de aquí hasta que no se aclare mi actitud honrada, y eso puede ser cosa de mucho tiempo». Un mes más tarde pidió a Neruda que le ayudara a salir de prisión y exiliarse a Chile.

Durante esa estancia coincidió con el dramaturgo Buero Vallejo, gran amigo del poeta, que realizó un célebre retrato del autor oriolano. Algunos de sus amigos cuentan, y así lo recoge Esteve Ramírez, que en este penal fue obligado a barrer los patios de la prisión por no cantar con entusiasmo el himno del enemigo, Cara al sol. Circunstancia que le inspiró el poema «La ascensión de la Escoba».

«Coronad a la escoba de laurel, mirto, rosa.

Es el héroe entre aquellos que afrontan la basura.

Para librar el polvo sin vuelo cada cosa

bajó, porque era palma y azul, desde la altura».

Al mirar los planos del Ensanche madrileño, no se puede dejar de reparar en el absurdo de encontrar prisiones como Torrijos o Porlier en los barrios construidos para la burguesía madrileña. Cárceles franquistas que fueron checas republicanas, penales de mujeres. El contrasentido de la guerra.

El estilo neomudéjar y conventual del edificio refuerza la sensación de soledad y derrota. Un inmueble construido para acoger a mujeres en los años tristes de la vejez, cuando el ser humano regresa a los recuerdos de la infancia y las nanas.