Pilar Atance junto a Gregorio Salcedo, artífices de este pequeño espacio para el recuerdo de la Guerra Civil - VÍCTOR LERENA

Un gran museo de la Guerra Civil en la puerta trasera de un mesón

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No es historiador ni falta le hace. Forma parte de ella. Tiene 70 años y su niñez transcurrió entre los valles y barrancos de su pueblo, Morata de Tajuña, donde se libró una de las batallas más cruentas de la Guerra Civil, con más de 15.000 muertos. Se llama Gregorio Salcedo, Goyo, y es el artífice del Museo de la Batalla del Jarama.

Su obra es la de la memoria, como la que subyace en los miles de objetos bélicos que ha encontrado y expone, desde hace doce años, en el espacio cedido por Pilar Atance, dueña del Mesón El Cid, en el que se celebran bodas, bautizos y comuniones. Ese museo privado (un antiguo garaje) pretende ser un legado de lo que ocurrió, un lugar para la reconciliación, además de un homenaje a los fallecidos. «Aquí no hay bandos; todos fueron seres humanos que lucharon, sufrieron y murieron. No hay que olvidar que en una guerra todos somos víctimas, todos perdemos».

Y Goyo no estaba dispuesto a que se perdiera nada de lo que escondían los campos de labranza que en 1937 fueron un campo de batalla. «¿Por qué se va a olvidar todo esto?», se dijo. Eso fue lo que le impulsó a poner en marcha el espacio en el que atesora, con mimo, todo lo que ha ido encontrando en la zona en la que se enfrentaron los ejércitos nacional y republicano. Cuando se abrió el museo le visitó la Guardia Civil, ya que les habían denunciado por albergar armas. Pero, los agentes acabaron regalándole un mapa de la batalla.

El origen del museo es otra «guerra». «Después de tocar muchas puertas y sin ayuda de ninguna institución, enfadado, tiré al río el material recopilado durante años. Luego, me arrepentí, volví a empezar y me topé con Pilar». En los expositores, la mayoría hechos a mano por él, hay de todo: metralla; rifles; pistolas; espoletas; bayonetas; granadas; obuses; máscaras de gas; chapas de identificación; mapas con el avance de las tropas; cartillas de racionamiento...

Huesos y tinteros

No faltan las cartas o postales (algunas con el sello de la censura), cartillas militares de soldados españoles y extranjeros (italianos, alemanes, franceses, belgas...), pasaportes... Cuando tenía 5 años, Goyo acudía con su padre y su hermano mayor a buscar en el frente, entre las líneas de fuego del abrupto paisaje del Cerro Pingarrón, la Colina del Suicidio o la Cota Setecientos. «Cogíamos vainas y balas y las vendíamos en una chatarrería. Se pagaban bien, porque la contienda había acabado con las materias primas y un kilo de balas eran un kilo de pan. Las vainas eran más valiosas por los metales que contenían». Así subsistía con sus tres hermanos y sus padres. Eran los años 50 y como su familia había decenas en su pueblo que hacían lo mismo. «Si la guerra fue mala, la posguerra no fue mejor: fue otra guerra. Yo veía un pajarillo y para mí solo era un trozo de carne», evoca.

Estudió y trabajó en la fábrica de cementos de Morata (siempre rodeado de metales), hasta jubilarse. «Te retiras o te mueres», le dijeron. Hace 25 años volvió a extraer los objetos semienterrados: alpargatas, medicinas, e, incluso, material del denominado arte de las trincheras (dar un uso doméstico a cascos y latas y convertirlos en braseros o candiles).

Entre las curiosidades que atesora este desconocido museo se encuentra una urna de la República y una constitución, una camilla manchada de sangre —adquiridas en el Rastro y a particulares— y una carta manuscrita de Mercedes Sanz Bachiller, viuda de Onésimo Redondo, que asegura que fue la creadora del Auxilio Social. Relata que, al casarse con un francés un año después, se «apropiaron» de su idea por lo «inadecuado» de su proceder.

Y, entre octavillas de ambos bandos, destaca la colección de tinteros de Goyo. «Es lo que más me impresiona, después de los huesos de las víctimas que, por respeto, entierro como me enseñó mi padre». En cuanto a la tinta, le «estremece pensar cuántas penas se habrán escrito con ella y cuántos castigos o sentencias de muerte».

En el museo hay espacio para la prensa. Entre ellos, tienen un lugar destacado los ABC de Sevilla y Madrid, correspondientes a la zona nacional y republicana. Impresiona una foto de un joven soldado cuyo rostro refleja el horror. «Me emociono cuando vienen los combatientes o sus familiares. Y cuando pisan las trincheras, las cuevas que les servían de refugio y los olivos que han parado muchas balas dirigidas a los nacionales».

«Este museo acumula retazos de muchas vidas que no hay que olvidar», recalca Goyo, que hace también de entusiasta guía. «Nosotros recibimos pocos visitantes: militares, personal de la OTAN, estudiantes y amantes de ese período». A ver si con su tenacidad cambia la historia.