Madrid

La primera promoción de la escuela de magia de San Lorenzo del Escorial pasa con buena nota

Jóvenes magos asaltan la universidad para engañar al mundo y seducen a cuatro empresarios del sector que presenciaron asombrados los exámenes en el Real Centro Universitario María Cristina

Uno de los aspirantes a mago, en el examen final del primer curso universitario de ilusionismo Wenceslao Ciuró - corina arranz
Ignacio Moreno Torrijos, durante su examen - corina arranz
Alejandro Horcajo sacó una paloma de un pañuelo en la prueba de evaluación final - corina arranz
María José Gómez, una de las aspirantes femeninas a convertirse en maga «diplomada» - corina arranz
El estudiante José Manuel Fernández-Laviña realiza una rutina de cartas frente a los examinadores - corina arranz
Alberto Pérez Machuca, 24 años, comenzó en la magia «con dos y medio», dice - corina arranz
Miguel González es, a sus 14 años, el benjamín entre quienes se presentaron a las pruebas - corina arranz
alfonso armada - Actualizado: Guardado en: Madrid

«Mundus vult decipi». El mundo quiere ser engañado, reza un antiguo proverbio latino. Podría ser otra forma de hablar de las promesas que compran los votantes cuando acuden a las urnas. Y sin embargo la magia se basa en ese principio, como recordaba Santiago Wills en un perfil del mentalista israelí Asi Wind. Es lo que durante todo el curso han practicado con pasión los 32 alumnos que han completado con buena nota el año inaugural del programa de Ilusionismo Wenceslao Ciuró, que se imparte en el Real Centro Universitario Escorial-María Cristina, adscrito a la Universidad Complutense de Madrid.

Ayer, ante cuatro empresarios del espectáculo que asistieron maravillados a los exámenes, desde el jovencísimo Miguel González, de 14 años, el benjamín, hasta Alejandro Horcajo, disfrazado de mago de la cabeza a los pies, que transformó tres palomas en un extraño conejo blanco con los ojos orlados de negro como si fuera un antifaz, no solo cosecharon sonrisas, emoción a raudales y aplausos, sino que en muchos casos acabarán el primero de tres años con un contrato bajo el brazo.

Los empresarios Rafael Brunet, Christelle Barousse y Tomeu Serra volaron desde Mallorca y Jaume Carrera cogió el cercanías desde Madrid para ver de cerca a magos de toda condición. «Hemos visto mucho nivel. Nos temíamos que fueran solo aficionados», comentó Brunet. Nada más terminar los exámenes, y antes de la gala de fin de curso prevista para la noche en la gruta bajo el claustro de los agustinos, se entrevistaban con los alumnos más aventajados. «Vamos a contratar a más de uno», reconocieron.

Se cumplía así el gran sueño de Juan Antonio Herrero Brasas, director del programa, cuyos años de estancia y docencia universitaria en California le hicieron pergeñar este programa pionero para la «anquilosada» universidad española. Esta «bolsa de empleo activa» se trata para Herrero Brasas de una iniciativa «ejemplar en esta España del desempleo, el que una institución universitaria haga el experimento de traer a empresarios a gastos pagados para que conozcan, o vayan conociendo, a los alumnos». Junto a la documentación del curso, cada empresario tenía un listado de todos los examinandos con su teléfono y correo electrónico.

Desde los dos años

Uno de los que entusiasmó a la francesa Christelle Barousse, que lleva años volcada en la programación de eventos en las islas españolas, y a Rafael Brunet, que además de director artístico y responsable de contratación de Mallorca So es bailarín, cantante y actor, fue Alberto Pérez Machuca, nacido en Madrid hace 24 años, con gran sentido de la puesta en escena y de los efectos, no en vano dice que lleva haciendo magia «desde los dos años y medio». Nadie en su familia tenía nada que ver con la el ilusionismo (su padre es mecánico, y su madre dejó de limpiar para ayudar a su marido en el taller): «Por poco me apedrean». Ahora le aplauden.

Un jurado formado por tres profesores que son magos, y que ayer trocaron sus capas por togas académicas, Fernando Arribas, Luis Boyano y Riversson (Ramón del Río), enjuiciaron los trabajos de fin de curso de sus pupilos. Arribas, director adjunto de este insólito programa que consta de 72 materias distribuidas en nueves trimestres (las clases se imparten un viernes, sábado y domingo al mes), tuvo palabras de encomio para sus ya casi colegas: «La mejoría de los que sabíais algo es muy importante, por no hablar de los novatos. Algunos nos habéis sorprendido muchísimo, y os felicito».

—Tienes futuro, le dijo uno de los empresarios a Miguel González Flores, que a pesar de su juventud y de llevar tan solo un año en esto de la magia («practicando tres o cuatro horas al día») demuestra una prodigiosa capacidad de digitación con las cartas y las pelotas.

—Ya lo sé. Es lo mío, respondió con aplomo, ante los empresarios y ante su padre, Alberto González, que lleva todo el año haciendo el camino entre La Guardia, en la desembocadura del río Miño, y El Escorial, para que su hijo («que también saca buenas notas en 2º de la ESO») no se perdiera ni una clase.

Crisis y magia

El último fin de semana del curso de ilusionismo comenzó el viernes, con los empresarios hablando a calzón quitado ante los futuros magos, aspirantes a incorporarse al negocio del espectáculo (aunque algunos ya cuentan con experiencia ante el público, y se nota). Se expresaron sin tapujos, con una sinceridad muy poco habitual en este o en cualquier sector. «He hecho más de mil entrevistas. Hace cuatro años el discurso hubiera sido muy diferente. Entonces contrataba a dos magos por semana», confesó nada más comenzar Jaume Carrera, que además de empresario suele ser el compositor de algunos de los espectáculos (muchos de ellos musicales) de su amigo Rafael Brunet.

Pero todos ellos se encargaron de hacer hincapié en que internet y la crisis han cambiado las reglas de juego: «Hay nichos y hay trabajo, pero para los que se diferencien de los demás. Para ser un buen mago lo más importante es ser creativo. Hay que aplicar el ilusionismo a todo: desde la entrevista y la hora de firmar el contrato, hasta el momento de cobrarlo». Para sorpresa de no pocos, Carrera, lector empedernido y músico apasionado, citó la «destrucción creadora», del economista Joseph Alois Schumpeter, para animarles: «Formáis parte de la economía creativa, la única sostenible».

En esa línea, Rafael Brunet, que habló desde la higiene a la profesionalidad, dijo a su auditorio, donde había desde un profesor de Medicina de la Complutense a un ingeniero que si pudiera lo dejaría todo para ser solo mago: «Tenéis que tener claro qué sois y adónde queréis llegar», antes de hacer hincapié en el trabajo y en la formación constante: «Hay gente que nace con una flor en el culo, pero eso no dura siempre. El genio es un 1 por ciento, el resto es trabajo, trabajo, trabajo», e hizo una confesión: «Yo tengo muchos trabajadores a los que odio, porque no dejan de darme problemas. Pero cuando suben al escenario, me olvido de todos los problemas que me dan. Porque son únicos». Y todavía se atrevió con el amor, y sus derivaciones: «No metáis la polla en la olla. No metáis a vuestras parejas en vuestros espectáculos». Desde Christelle Barousse a Tomeu Serra, todos atesoraban infinidad de anécdotas de pasiones rotas o extravíos provocados por el exceso de alcohol en los hoteles y cruceros para los que contratan a magos y otros especímenes del show business.

A la pregunta de por qué hay tan pocas magas, uno de los empresarios esgrimió una posible razón, arraigada en las nieblas de la historia:

Ellos son magos. Ellas son brujas. Por eso hay más magos que magas.

Parecían huesos duros de roer, pero más de uno de los magos presentes y futuros les arrancó, al día siguiente, más de una sonrisa. Desde las diez de la mañana hasta las cinco de la tarde, con una pausa para comer, fueron desfilando los ilusionistas para demostrar lo que mejor sabían hacer. Como comentó alguien, «era como si a un loco de los pasteles le dejaran solo en una confitería. Con la diferencia de que a casi nadie deja indiferente la magia». Samuel Arribas abrió el fuego con un espectáculo titulado «La magia está en el corazón», lo que le permitió extraer dos peceras de papel de una bolsa que parecía vacía y hasta una pecera de cristal con agua dentro. Aunque los nervios hicieron temblar a muchos y cometer errores, el mago Fernando Arribas, director adjunto de programación académica, recalcó al término de la jornada que no iban a tener en cuenta los accidentes, sino que «el concepto esté bien entendido».

Imaginación al poder

Mientras que Marco Antonio Cogolludo se preguntó qué era la imaginación, y para ello desplegó una panoplia llena de inventiva, en la que implicó a un voluntario, cartas, un juguete mecánico y dos blocs de dibujo, Roberto Checa Ávila, que bien podría hacer de la profesión que le da de comer su nombre artístico («El ingeniero»), dio muestras de un aplomo impecable a la hora de demostrar con cuatro cartas blancas un desafío tanto de la vida como de la magia: «Es posible conseguir todo lo que deseamos aunque parezca imposible». Muchas empresas harían bien en contratarle: es un experto en motivación de empleados que hayan perdido la ilusión. Hasta luce cara de mago, con rasgos marcados y una tez que no se sabe si está más en este mundo que en el de la imaginación.

Por si hubiera dudas del éxito del curso, ya hay estudiantes de México y Bélgica inscritos para la segunda promoción. Juan Antonio Herrero Brasas anunció que acaban de contratar a quince profesores titulares de la Complutense (algunos de ellos catedráticos titulares de Bellas Artes, Medicina y Filosofía) y del CSIC, para incorporar al programa materias como estética, teoría del arte, escenografía y percepción visual. «Estamos enfocando la enseñanza del ilusionismo como algo que va más allá del mero espectáculo (que también nos parece muy importante). El ilusionismo es en esencia una serie de estrategias cognitivas alternativas, que se pueden aplicar no sólo a juegos de cartas u otros objetos, sino a la resolución de todo tipo de cuestiones empresariales, políticas y de la vida cotidiana», recalca Herrero Brasas, que desde que se empeñó en luchar contra el servicio militar obligatorio nunca ha abandonado un sueño.

Si el coruñés Joshua Guscín Bernal exhibió una gran capacidad para mezclar el humor y el talento al convencer a la meiga Leonor Rodríguez Castro (Leo, una embaucadora de niños) de que poniendo la mano en su pierna y bailando al compás podía averiguar «qué carta había apoyado contra uno de sus pechos»), Daniel Ponce mezcló con gran brillantez tenis y digitación: «Me encanta el tenis, y hoy se juega aquí el partido más importante de todos». Dueño de tanta destreza física como verbal, Ponce terminó sus rutinas con una declaración de intenciones: «La gran conclusión: que al margen de lo que hayamos podido aprender de la victoria o de la derrota, lo importante es que al llegar a casa no tengamos a alguien con quien compartirlo».

Unido físicamente por un paso elevado y por caminos subterráneos al monasterio de El Escorial, en cuya construcción se tuvo bien en cuenta a la magia y la numerología, el buen rey Felipe II a bien seguro que hubiera acudido a presenciar en el Real Centro Universitario María Cristina, fundado en 1892 por la reina regente María Cristina de Habsburgo, el despliegue de técnica y talento de magos que desean encantar y obtener el primer título universitario en Ilusionismo. Al final de su perfil sobre Asi Wind, el mago que les devolverá el poder de la mente, citaba Santiago Wills a Karl Germain, un popular mago estadounidense a comienzos del siglo XX: «La magia es la única profesión absolutamente honesta: el mago promete engañar y lo hace». ¿No deberían tomar nota otros embaucadores profesionales?

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