Historia de la Lotería de Navidad 2016: 200 años entre guerras y crisis

Israel Viana
Todo ha superado este sorteo desde que el ministro del Consejo y Cámara de Indias lo instaurara en 1812, para «aumentar los ingresos del erario público» y expulsar a los franceses de España
Todo ha superado este sorteo desde que el ministro del Consejo y Cámara de Indias lo instaurara en 1812, para «aumentar los ingresos del erario público» y expulsar a los franceses de España

Casi 200 años, varias guerras devastadoras, unas cuantas crisis económicas, cambios de moneda, repúblicas, monarquías, dictaduras, democracias... Todo ha superado la Lotería de Navidad desde que comenzara a celebrarse (bajo la denominación de «Lotería Moderna») en 1812, en plena Guerra de Independencia. Según su impulsor, el ministro del Consejo y Cámara de Indias, Ciriaco González Carvajal, el objetivo era «aumentar los ingresos del erario público sin quebranto de los contribuyentes».

España sufría entonces una de las peores crisis de su historia contemporánea: las hambrunas de 1808 y 1812, unido a los enfrentamientos con los franceses y las epidemias, produjeron a lo largo de la guerra unas pérdidas económicas gigantescas y un descenso demográfico de entre 560.000 y 885.000 habitantes, en una población que apenas superaba los 10 millones. Y lo peor de todo, el Gobierno aún necesitaría dinero para seguir asumiendo los elevados gastos militares hasta el final de la guerra, en 1814.

En esta coyuntura de crisis se celebró el primer sorteo navideño, el 18 de diciembre de 1812, en Cádiz, a través de papeletas con los números impresos. Y el primer «gordo», dotado de 8.000 reales, se lo llevó un españolito de a pie tras gastarse sólo 40 en el número 03604. Era la primera vez que la Lotería de Navidad «escogía» a su afortunado, tras cuatro años de penurias y combates, y poco después de la importante victoria en Arapiles y la salida definitiva de los franceses de Andalucía.

Esta progresiva retirada de las tropas napoleónicas hizo que la Lotería, circunscrita en principio a Cádiz y San Fernando, se implantara después en Ceuta y más tarde en toda la comunidad andaluza, instalándose finalmente en Madrid en 1814, ya con el sistema de bombos y bolas establecido un año antes.

Nunca han faltado desde entonces los españoles a su cita con la (mala) suerte en Navidad, comprando cada vez más décimos (en 1832 ya se emitían 12.000 números), hasta el punto de que los bombos metálicos -vigentes desde 1850- llevan cada año a la Administración, ante la imposibilidad de introducir más bolas en ellos, a ampliar las series correspondientes a cada número. «Y si no toca, ¿cómo se ha jugado este año más que en todos los anteriores?», se preguntaba ABC en 1930. Una pregunta repetida hasta la saciedad aún en las peores crisis de los últimos dos siglos.

Historias increíbles de la Lotería de Navidad

Tan solo habían pasado seis meses desde que se fundara «Blanco y Negro», en 1891, y ya encontramos la primera referencia a este sorteo: «Hay en Barcelona sujetos que habiendo obtenido premio en la lotería de Navidad del año pasado, aún no han cobrado. Me parece que con eso les hacen un beneficio. Porque la alegría de los premios dura hasta que se cobran. Y no pagándoles, les alargan la alegría». Cuando se publicó esta reseña, aún ni siquiera se llamaba oficialmente «Sorteo de Navidad», un título que recibiría el año siguiente y que no se imprimiría en el décimo hasta 1897, sustituyendo a la leyenda de «Prósperos de Premios».

Desde entonces, miles de historias preciosas, trágicas o increíbles alrededor del sorteo de Navidad han llenado, año tras año, las páginas de «Blanco y Negro» y «ABC» (fundado en 1903). Como la del Sr. Herce, quien había adquirido el «gordo», según se leía en 1918, después de que la señora Ayendia le escribiera en agosto recordándole que buscase el número 5.605. Una «idea que nació de una combinación hecha con plantas de habas sembradas por dicha señora, las cuales dieron por resultado una pepita en cuyo interior se leía el número 5.605 agraciado». O al pobre Don Matías Martínez, dueño de una lavandería en la calle Francisco Santos de Madrid, quien, en 1944, al comunicarle su familia que tenía varias participaciones del segundo premio, sufrió un colapso y falleció repentinamente. O aquel malagueño que en 1949 se presentó en la Asociación del Cuerpo de Correos de Madrid «solicitando con insistencia alguna participación del 55.666», pues días antes había tenido la corazonada de que ese número sería el premiado. Para desgracia de este visionario, el número, que finalmente salió, ya había sido vendido en otras localidades.

Una guerra, dos sorteos

Ni tan siquiera la Guerra Civil suspendió la celebración del sorteo de Navidad. Sufrió, eso sí, la misma «suerte» que el resto de los españoles, quedando dividida en una Lotería republicana y otra nacional, como anunciaban cada una de las dos ediciones de ABC en Madrid y Sevilla. Y es que las bombas no pudieron con la ilusión del «gordo», en unos años en los cuales la venta de décimos supuso un 1,1% del PIB, es decir, un 3% de los ingresos del Estado.

Nada detiene este importante negocio del Estado. Desde los 40 reales de 1812, el décimo de Navidad no ha parado de incrementar su precio: en 1944, 100 pesetas; en 1953, 200 pesetas; en 1957, 400 pesetas, y en 1970, 1.000. Hoy cuestan 20 euros (más de 3.300 pesetas), pero las ventas siguen creciendo. En 2015 aumentaron un 4,52% hasta los 2.583 millones de euros, pese a que desde 2013 y a partir de 2.500 euros, los décimos premiados tienen un impuesto del 20 por ciento que se van directamente a las arcas del Estado.

Así siguen los españoles, confiando en la magia de los números capicúas, las fechas históricas significativas o los triunfos deportivos de cada año: el 11.901, por el ataque de la Torres Gemelas de Nueva York en 2001; el 13.112, por el hundimiento del Prestige en 2002; el 11.710, por la victoria de España en el Mundial de Sudáfrica; el 13313, por la elección del Papa Francisco o el 19.614, por la coronación del Rey Felipe VI.

La Diosa Fortuna volverá a repartir suerte este año entre unos pocos, mientras la mayoría seguiremos gastando más y más, aunque las cosas vayan de mal en peor.

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