Galicia

El guía que pescó en Fisterra

Manuel fue pescador y Alexandre es poeta, pero son la misma persona. En el museo del Castillo de San Carlos confluyen para ensanchar con apasionadas explicaciones su pequeña muestra

abraham coco - Actualizado: Guardado en: Galicia

Este reportaje comienza con una confesión: «Hay 40.000 museos mejores que el nuestro». Claro que quien lo reconoce tiene las espaldas cubiertas. El Museo de la Pesca de Fisterra es pequeño y ocupa pocos metros cuadrados en el Castillo de San Carlos de esta localidad de la Costa da Morte, junto a la playa da Ribera donde antes atracaban barcos y en una mañana de junio se bañan niños. Quien confiesa que su museo dista mucho de ser el mejor —un lugareño que organiza esta y otras visitas— lo asegura, así de sopetón cuando caminamos hacia allí, porque se guarda un as en la manga: Manuel López Martín, el guía.

Manuel es Alexandre Nerium. Él es el pescador que escribe este pseudónimo cada vez que firma sus versos. Nació en Fisterra hace cincuenta y tres años; cursó la EGB con una beca en Cheste y pasó por la universidad en Gijón para estudiar Empresa. «Pero lo dejé por el mar». Lo cuenta junto a la barca familiar en la que pescó y que ahora utiliza de telón para el teatro de sus explicaciones museísticas.

Manuel tenía una capacidad pulmonar superior a la media que le sirvió para vivir catorce años capturando longueirón. De ahí la sinusitis, la otitis o la columna desgastada por los plomos que dictaminaron los análisis médicos. Alexandre tiene dos libros y varios premios, según su currículum. Pero él solo cita el Johán Carballeira de Bueu. Esto lo relata sin el entusiasmo que emplea para desgranar los secretos de la pesca ante los visitantes.

Para hablar de los entresijos de las nasas, de la red de xeito o de las poteiras —para «transmitir lo que he vivido», resumirá él—, Manuel se remanga el jersey y la camisa y abre mucho esos ojos con enormes rayos de sol que alguien llamaría patas de gallo.

Y empiezan las adivinanzas:

—¿Por qué no se va el pulpo de la nasa cuando es capturado?

—Porque está bien a gusto después de haberse comido el cangrejo vivo que sirve de cebo. Es como una cueva.

Lo pregunta y lo responde Manuel, que sabe más que quienes le escuchan. Sabe por ejemplo que el escandallo «es el artilugio más importante de la pesca». Es una piedra con sebo «que se metía en el agua hasta el fondo y depende de lo que se le pegara —arena, algas, restos de coral o fango— se sabía qué tipo de suelo era. Y de ahí el tipo de pez que vive en él. Como un sónar», bromea.

—¿Arena y fango?

—Peces planos como el rodaballo.

—¿Piedra?

—Lubinas, doradas, fanecas....

«Con una piedra con sebo se hicieron todas las cartas náuticas del mundo», indica. Pese a su aspecto, «en los ochenta todavía se usaba».

Sabe también Manuel que la red de xeito es la mejor para pescar sardinas y que si no se rompía, pese a ser de algodón, es porque se reforzaba con resina. Que a las poteiras hay que cambiarles el color para atrapar calamares y que la luz atrae a los peces «porque para ellos es oscuridad por la fosforencia. Pierden su luz natural».

Nadie se ha desenganchado a estas alturas de las explicaciones —quizá sí de este reportaje— porque Manuel le echa ganas en un museo que sin él no entretendría más de diez minutos. Pero con él, la visita ya se acerca a la media hora. «La caracola era lo más importante que se llevaba a bordo. Se tocaba en días de niebla y las mujeres, al oírlo, orientaban a sus maridos desde la orilla para que atracaran. Se usaban en toda la costa atlántica norte. ¡Cuántas vidas salvaron las caracolas!».

—Las cosas pequeñas también se pueden hacer grandes.

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