HOTEL DEL UNIVERSO

Las llaves huérfanas

«Las llaves son el artilugio que nos otorga la posibilidad de penetrar en la materia»

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En mi llavero, tengo llaves que no abren ninguna puerta conocida. Están ahí, haciéndose las locas, codeándose con las llaves oficiales y útiles. Como si formaran parte de mi familia cerrajera, como si custodiaran el secreto hacia un lugar de enorme importancia. Son unas advenedizas cuyo origen no recuerdo. No sé si alguna vez abrieron mis puertas domésticas, mis puertas naturales, pero lo cierto es que las llevo encima, y añaden al misterio general del mundo una brizna de misterio privado.

Las llaves son objetos de hechicería. Aunque estemos acostumbrados a ellas, a su magia laboral, jamás podremos acostumbrarnos del todo a sus poderes, tan distintos a los poderes del cuerpo humano. Porque las llaves son el artilugio que nos otorga la posibilidad de penetrar en la materia, de pasar a través de los volúmenes sólidos, como si dijésemos. El espacio es una dimensión hostil que no se deja abarcar por completo. Más tarde o más temprano, alza ante nosotros un obstáculo, algo que lo limita y nos impide avanzar: el Muro, por utilizar un término de gran prestigio metafórico en la literatura.

Cuando los hombres se encuentran durante su experiencia terrenal con un muro, obran en consecuencia. Le hacen un agujero para atravesarlo, después colocan una puerta que tape dicho agujero (por razones de comodidad, por motivos estéticos, por apetito jurídico en la delimitación del territorio), y a continuación forjan una llave que abra la puerta. La llave constituye un puente para pasar al otro lado del espejo, una nave para cruzar a la otra orilla. Hasta aquí hemos llegado, dice el muro. Y la llave responde: No, hasta aquí has llegado tú, yo y mi dueño seguimos adelante en busca de nuevas aventuras. Y entonces la llave, solemne, hace lo que más le gusta hacer: abre la puerta, y el espacio vuelve a estar desnudo.

En los cajones de mi escritorio, dentro de una caja de metal que alguna vez contuvo galletas, tengo más llaves expósitas, más llaves sin padre ni madre conocidos, sin perro que les ladre. Conservo llaves muy viejas de hierro colado, esas llaves con filigranas en el ojo, o con sólo una redondez tajante que promete un orbe al empuñarla. En mi familia, me figuro que sin fundamento científico, las llaves antiguas poseían virtudes medicinales: si se pasaban con delicadeza sobre el párpado, desaparecían los orzuelos. Pero no las guardo por esa razón.

Las amparo por si acaso, por si aparece su puerta, por si alguno de mis muertos familiares regresa pidiendo la llave que necesita. Más vale prevenir en asuntos de ferretería metafísica. No pierdo la esperanza de encontrar el cofre del tesoro, el baúl con las cartas de amor de algún tatarabuelo, el buró con el compartimiento oculto, el camarín secreto detrás del viejo armario. Cuando ocurra, tendré la llave que corresponde. La clave que descifra el jeroglífico.

Mientras llega ese día, me conformo con mirar boquiabierto las llaves que guardo en el llavero, y me pregunto dónde perdí su puerta.