«El judo lo llevaré siempre en mi corazón»
Ana Carrascosa, la judoka de la sonrisa eterna, cuyas lágrimas son felices por la satisfacción del trabajo bien hecho - MIKEL PONCE
DEPORTE FEMENINO

«El judo lo llevaré siempre en mi corazón»

Ana Carrascosa elevó su nombre a las máximas alturas del judo. Una deportista valenciana referencia, que dice adiós con un palmarés excepcional

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Cuando la profesora de ballet del colegio Maristas de Valencia se preguntaba «¿dónde está Ana?» no tuvo que pasar mucho tiempo para conseguir despejar esa incógnita. Esa chiquilla de cinco años, inquieta, de gesto gracioso y un toque travieso, encontraba el momento adecuado para «fugarse» de la sesión de danza y colarse en la cercana clase de judo. Acurrucada, ataviada con un vestidito rosa y unas puntas del mismo color, aunque ennegrecidas por sus continuas escapadas, vigilaba con especial brillo en los ojos los movimientos de su hermano Enric en su entrenamiento de judo. Superada la escasa vergüenza comenzó a imitarle. El maestro Jesús Lloret ya vio que aquella niña tenía algo. Una charla con su madre -Ana Zaragoza- dio para aceptar el cambio. Su padre -Enrique Carrascosa- también lo vio a bien. Y fue la decisión más acertada que pudieron tomar entonces.

Fue el inicio de la leyenda de Ana Carrascosa Zaragoza (Valencia, 6/5/1980), ejemplar deportista, valiente, inagotable y «guerrera» sobre el tatami, pero con un brillo especial y una sonrisa inquebrantable fuera de este. Cargó su inseparable mochila con muchos más éxitos que errores -hubo en su camino, pero los recogió para aprender, y eso curte al deportista-: número uno del ránking mundial en el ciclo olímpico 2008-2012; dos bronces mundiales; un oro en el campeonato de Europa de Lisboa en 2008, más dos platas y un bronce continental; veintiséis medallas en Grand Slam, Grand Prix y World Cups y cuatro campeonatos de España. «Un palmarés de vértigo», subraya su entrenadora y amiga, Azucena Verde.

Envidiable currículum, que tiene aún mayor sentido porque Carrascosa goza del respeto del mundo del judo y del deporte. Y eso pesa mucho más que incontables logros. La fórmula: pasión por el judo y trabajo incuestionable. Dicen en el circuito que la japonesa Nakamura no suele saludar a sus rivales. Pero en el caso de la valenciana siempre fue algo diferente: respeto.

Ejemplo reconocido

Años de enseñanza con Jesús Lloret, especial siempre para la pequeña, pues para él siempre será «una niña que apareció por allí para hacer judo y jugar. No pretendía hacer una campeona, sino una deportista y una amiga». Se unió más tarde a Miriam Blasco y le siguió luego una etapa en Francia con el Orleans. Regresó a casa. Lo hizo para ir a por todas. Una llamada telefónica. Un cambio esencial. Azucena Verde pasó a ser su entrenadora. El binomio perfecto. Siete años de éxitos y de trabajo durísimo y dedicación, que tuvo recompensa.

Ana, asomándose a su carrera deportiva, a sus logros, a su futuro, decidió poner punto final a esa parte eterna de su vida. Adiós al judo de Carrascosa. Un momento duro para cualquier deportista, pero que ella meditó bien. Era el momento. Un paso adelante por la puerta grande. Y en su homenaje, durante el que se mordía los labios continuamente para evitar dejar escapar las lágrimas, tuvo que hincar la rodilla cuando un auditorio repleto -en el Complejo Deportivo Cultural Petxina-, apoyada por autoridades institucionales y deportivas, familiares, amigos y deportistas, le brindó un cálido aplauso sin fin. La judoka no esperaba la fuerza de ese rival, que sí le consiguió doblegar.

«Sentí respeto, admiración, cariño, reconocimiento de todas las personas que estaban allí: familiares, amigos, autoridades, deportistas... Fue un momento súper especial ver a toda la gente levantada, con lágrimas en los ojos, guiños y sonrisas de emoción», cuenta Ana Carrascosa de aquel instante.

La situación, el momento, el hecho, el porqué de aquello revolvieron sus recuerdos. «Creo que tuve una especie de flash. Como cuando sacas el carrete de una cámara de fotos y ves los negativos para ver que las fotos están bien. En aquel momento fui capaz de retener en mi mente desde bien pequeña hasta la última competición que hice -los Juegos Olímpicos de Londres de 2012-, los momentos tan especiales que he vivido en todos estos años», explica la valenciana en una conversación con ABC.

La imagen de Pekín

Uno de los fragmentos que mejor pueden definir qué clase de deportista es Ana Carrascosa se dio en los Juegos de Pekín en 2008. A Asia llegó como número uno del ránking mundial y todo hacía pensar que lograría medalla. Pero un instante, un mal gesto, lo truncó. Disputaba el combate por meterse en la lucha por las medallas. Su rival, coreana, le sacó el hombro del sitio. Pero la valenciana no optó por el camino fácil de la retirada. Aún con la lesión, con lágrimas de dolor, aguantó tres minutos más sobre el tatami defendiendo la ventaja que tenía.

«Recuerdo que pensé: ‘me he roto’. Miré a mi entrenadora y ella entendió mi mirada, no hizo falta decir nada. Pero esto fue una fracción de segundo porque enseguida pensé: ‘esto es lo que hay, vas ganando y tienes que intentar aguantar el combate como sea’. Era consciente de que si lograba hacerlo no podría salir a disputar el bronce, pero de alguna manera estaba más cerca de la medalla», describe la judoka, que finalmente no tuvo más remedio que palmear el tatami, pero arrancó al público de sus asientos, al tiempo que estos le brindaron una ovación.

Aquello tuvo un significado, una enseñanza: «No importa cómo vayan sucediendo las cosas en la vida, una debe seguir luchando».

Apoyo incondicional

La carrera deportiva de Ana Carrascosa se ha extendido durante quince años en el alto rendimiento. Su adiós llega a los 33. Y su caminar por los tatamis se tiñó preferentemente de logros, sobre todo en la etapa entre 2007 y 2012. ¿Quiénes siempre estuvieron cerca? «Siempre ha estado mi familia. Ellos son el motor de mi vida. Mis compañeros y amigos del club Judokan. Mi ‘hermana’ África, una pieza clave en mi vida. Mi entrenadora -Azucena Verde-. Todos esos chavales que me han ayudado a entrenar. Mucha gente que sé que me ha seguido y arropado todos estos años. Me considero una afortunada», explica la valenciana.

Pero siempre existe alguien que ofrece los mejores consejos y se erige clave en los momentos en los que las decisiones son de mayor rango. «Mi madre siempre me ha dicho: ‘Ana, no dejes de luchar por tus sueños, de sonreír, y de ser como eres hija, porque eres una persona muy especial. Desprendes luz allá donde vas e iluminas a los que estamos a tu alrededor. Hazlo hasta el último día», cuenta con especial brillo en los ojos la judoka.

Amor por el judo

Pero en el terreno puramente deportivo existen dos nombres que son fundamentales en la carrera de Carrascosa. Probablemente sin ellos, nada hubiese sido como lo fue. Son Azucena Verde y Jesús Lloret. La primera fue guía en la madurez. El segundo fue aquel maestro que le hizo cambiar el ballet y aquellas prendas rosas por el judogi.

«Azu es la clave de mis éxitos deportivos, mi entrenadora, mi amiga. Es la persona que ha hecho que trabaje muy duro para alcanzar mis sueños, quien ha sabido sacar lo máximo y mejor de mí, quien me ha enseñado a no ponerme límites y quien me ha ayudado a crecer dentro y fuera del tatami», significa sobre su entrenadora.

«Jesús es mi profe de bien pequeña. El responsable de que amara este deporte y disfrutara con él», dice sobre aquel maestro que le enseñó a dar sus primeros movimientos en el judo y que llegó desde Teruel para estar en el día que colgaba su judogi. Lloret, con sus palabras, hizo que Ana acabase liberando sus emociones en forma de lágrima, que fueron de satisfacción porque «me retiro sabiendo que he hecho un buen trabajo, que he disfrutado de este deporte, que he logrado éxitos que ni imaginaba, que lo hecho ha sido con la mayor pasión y honestidad. Por todo ello, creo que es el mejor momento para colgar el judogi».

Transmisión de valores

¿Y ahora qué? Carrascosa estudia Magisterio. La docencia es su futuro. La transmisión de enseñanzas que ya descubre a los más pequeños en los colegios. Sin duda, una figura ejemplar para explicar a los jóvenes qué es deporte o qué es judo: «Para mí las dos palabras son claves. Es mi estilo de vida. Lo que me hace feliz. La manera en la que me he formado como persona. Lo que ha aportado a mi vida los momentos más dulces y amargos. Lo que me ha hecho crecer, mejorar, superarme, sacrificarme, saber que cuando uno tiene un sueño y trabaja muy duro puede llegar un día a alcanzarlo, pero que si no lo intenta siempre se quedará con la duda de si podía haberlo hecho. Lo es todo. No concibo la vida sin deporte. Y el judo lo llevaré siempre en mi corazón».