Una leyenda terrenal
Natalia Morskova - MIKEL PONCE
DEPORTE FEMENINO

Una leyenda terrenal

Natalia Morskova, una de las mejores jugadoras de balonmano de todos los tiempos, y unos apuntes de una vida rotundamente competitiva

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Su gesto, su verbo y su intensa mirada perduran puramente competitivos, enérgicos, inalterables a la lucha vital del deportista años después de que las lesiones le obligasen a retirarse del balonmano en 2004. Entonces tenía 38 años, pero hubiese querido más. «Se me arrancó algo que amaba tanto; que fue como un amor a primera vista». Natalia Morskova (Rostov, Rusia, 17/1/1966) es una de las leyendas del deporte, considerada como una de las mejores -si no la mejor- jugadoras de balonmano de todos los tiempos. Su hoja de servicios es inapelable y está al alcance de pocos. Dos bronces Olímpicos -lamenta que «se me quedó una espina clavada por no conseguir el oro en unos Juegos»-. Tres oros mundiales -uno de ellos junior en Seúl y dos absolutos; todos con la selección de la antigua Unión Soviética-. Una Copa de Europa con el inolvidable Osito-L’Eliana (1996-97). Dos Recopas continentales con el Rostov y el equipo de Cristina Mayo. Trece ligas españolas y once copas de la Reina. La Prensa la comparó entonces con Maradona y Michael Jordan. Y fue una de las trece elegidas como mejores jugadoras del siglo XX.

Cuántos deportistas que creen ser divos ni siquiera alcanzan la mitad de la mitad del palmarés de Morskova. Detrás de una fachada fuerte, todavía voraz de competición, de ese mismo cuadro de honores que recuerda desde la humildad, se asoma una mujer cercana, dulce, entusiasta con el día a día. Y la hispanorusa -la rusa valenciana-, afincada en L’Eliana, con 22 años por estas tierras, con un clarísimo castellano, recuerda con ABC algunos capítulos de una historia del todo imposible de reducir en unas líneas.

Dedicó 28 años de su vida al balonmano que «es como una parte de mi cuerpo. Es como un brazo, un ojo... Es algo que ha ido conmigo y que se ha quedado dentro», explica, al tiempo que concreta que «cuando con doce años conocí el balonmano, me enamoré». Natalia estaba en la escuela cuando el seleccionador nacional buscaba chicas altas. Del balonmano le habló su profesora Viktoria Popov.

Decidió acudir a la llamada. Fue pisar la pista, coger un balón y ver el entrenamiento y ya no hubo marcha atrás. Su padre fue boxeador. Un gran competidor. El deporte era una obligación. Cortó con la natación, el ballet, la esgrima, el basket, el atletismo o la gimnasia rítmica. Tuvo un paréntesis. Su madre no estaba por el deporte. Pero regresó. ¿El culpable? Su padre. «Fue él quien me animó e insistió en ir al club. No quiero quitar su mérito. He de reconocer que él fue el mayor culpable de mi carrera por su apoyo, además de mi seguidor número uno».

La filosofía de Natalia, como la de las jugadoras de entonces, y no sólo en el Rostov o el Osito o las selecciones soviética o española, era clara: «Era ganar, era sacrificio, era entrega, era disciplina, era superarse día adía, no tirar la toalla, salir a la pista a currar y pelear». Una ganadora total.

Pasión por el balonmano

Y su narrar deportivo obviamente le dejó partidos inolvidables. Muchos. Recuerda su primer oro. Fue en el Mundial junior de 1985 con la Unión Soviética. En una final frente a Corea con muchas trabas locales en Seúl. «Perdíamos de siete a falta de 13 minutos, remontamos y ganamos de dos o tres contra 20.000 espectadores», recuerda. Con 20 años, y embarazada de un mes, aunque no lo sabía, de su hija Natasha, de la que por cierto tiene un nieto llamado Bogdan, sumó otro oro mundial; esta vez absoluto. Fue la máxima anotadora (62 dianas). No es tan grata la memoria respecto a sendos bronces olímpicos en Seúl’88 y Barcelona’92. Favoritas por el oro, entiende que hubo situaciones contrarias arbitrales en semifinales contra Noruega en los dos casos.

Imborrable es la Copa de Europa de 1997 lograda con el Osito a las órdenes de Cristina Mayo. Ya fue una carrera de obstáculos por los problemas económicos alcanzar la final contra las danesas del Viborg. Para aquel equipo mítico dice que «cada partido era todo, mucha emoción, mucha entrega, vivíamos mucho este deporte, y se notaba en el campo».

Morskova ya llegó al equipo valenciano como una de las grandes, pero nunca se proyectó como una estrella, sino como una más. «Llegué para ayudar, para estar y participar en todo, para hacer equipo, que es importantísimo», cuenta. De hecho, para ella, la palabra equipo cobra especial importancia: «Para mí es apoyo, es compañerismo, es amistad, es refuerzo, es energía, es cuando te quedas sin nada y siempre hay alguien que te puede echar una mano. Y esto no es sólo para el deporte, sino para la vida»

Reconoce que algún que otro chispazo tuvo con Mayo, entrenadora de carácter. Pero el caso que estas dos grandes convergieron, aunque en los principios la preparadora quería dejar meridianamente claro que era la que mandaba. Morskova lo recuerda con una sonrisa. «Te generaba adrenalina. Quería sacar el máximo rendimiento de cada jugadora», recuerda. Hoy mantienen el contacto y se preguntan por qué tal les va la vida. Poco hablan de balonmano. Natalia encuentra hoy su punto competitivo, necesario para ella, con sus clases en el centro deportivo Mandor de L’Eliana. Además, se dedica al negocio inmobiliario. Su gran problema ya siempre serán sus maltrechas rodillas con once operaciones.

Natalia Morskova no duda en ofrecer un consejo a las deportistas que se inician como las que llevan una carrera. La suscriptora del mismo es de peso. «Que cuiden su cuerpo y sus lesiones. Que no descuiden su futuro. Que cuando dejen su carrera deportiva tengan algo para seguir, algún oficio y que no tengan que partir de cero», significa.