José Antonio Oteo Revuelta
José Antonio Oteo Revuelta - abc
sanidad

«No hay motivos para una gran alerta por tularemia. Hace falta sentido común»

El doctor Oteo Revuelta, experto en enfermedades infecciosas, destaca una baja peligrosidad si se trata a tiempo al paciente

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Durante el invierno viven resguardadas, pero con los primeros rayos cálidos las garrapatas salen en busca de un cuerpo al que agarrarse. Desde un medio vegetal saltan a su objetivo, se pegan a su cuerpo, chupan su sangre y de paso les trasmiten enfermedades. Algunas no tienen por qué ser de un brote reciente. Su gran capacidad multiplicadora las permite mantener latentes infecciones pasadas que a través de ellas vuelven a salir a la luz. Ha sido el caso de la tularemia, que en este verano ha llegado a afectar a varias personas en Palencia, después de que estas pequeñas criaturas hayan revivido una patología que ya se sintió en 2007 en la Comunidad. ¿Cuál es el denominador común para que entonces y ahora los hospitales reciban este tipo de pacientes? El Doctor José Antonio Oteo Revuelta, especialista en enfermedades infecciosas, lo tiene claro: «Cuando aumentan los topillos, hay más casos». Y es que éstos son diana de los citados ácaros y les trasmiten la bacteria. Con los roedores contagiados, ya sea por «su manipulación o porque alguno muerto se caiga a un arroyo, se contamina el agua», a otras especies y a seres humanos.

De esta forma, las garrapatas «son capaces de mantener la bacteria y de transmitirla en sus huevos, perpetuando la infección en ese nicho ecológico». De ahí que el brote haya escogido el mismo emplazamiento que en 2007 para hacer acto de presencia: Palencia. «Es muy posible que el reservorio se quede ahí latente y por las condiciones climatológicas y más alimento haya aumento de animales» hospedadores como los topillos, también insistentes en Tierra de Campos. Es un «ciclo», explica Oteo, que requiere extremar precauciones a la hora de beber el liquido elemento si no está convenientemente tratado o de entrar en contacto con ejemplares que pudieran estar afectados.

De momento, esta enfermedad ha sido diagnosticada en, al menos, siete personas en Castilla y León y el riesgo a más contagios sigue existiendo, sobre todo en el mundo rural. Sin embargo, el doctor Oteo, jefe de departamento Enfermedades Infecciosas del Hospital San Pedro de La Rioja y experto en zoonosis, entiende que «no hay motivos para tener una gran alerta. Lo que hace falta es tener sentido común». La tularemia«no es contagiosa entre personas y siempre tiene que haber una actividad de riesgo o ingestión de alimentos o agua contaminada para desarrollar la enfermedad». En esta línea, apunta a una serie de medidas básicas con las que se evitaría el contagio y que responden a pautas de higiene no sólo aplicables para este caso.

«En el siglo XXI el que alguien tome agua de un arroyo sin clorar es una barbaridad, no sólo por contagiarse de tularemia, puede contraer otras muchas enfermedades». Por ello, aboga por «desarrollar una cultura de higiene. No se deben manipular animales muertos sin medidas adecuadas, sin ponerse unos guantes. Hay una serie de precauciones que nos pueden liberar no sólo de la tularemia, sino de otras muchas amenazas que podemos tener».

Respecto a «la peligrosidad, ésta depende de vía de contagio. Cuando es por contacto, suele ser bastante benigna y responde muy bien antibiótico. Si uno tiene la mala suerte de desarrollar la tularemia por inhalación de material contaminado o por ingestión de agua es diferente, con posible cuadro séptico o neumonía. Es más grave, pero lo importante es hacer un diagnostico rápido y poner el tratamiento adecuado. De esta forma, la mortalidad se reduce muchísimo y es prácticamente despreciable», garantiza Oteo, si bien matiza que «no es lo mismo que desarrolle una neumonía una persona joven que alguien con una patología crónica, en el que puede ser más peligroso».

Antecedentes

El primer gran brote de tularemia, a finales de los noventa, fue asociado a liebres. Entonces «se infectaron cazadores y sus familias», y el segundo, el de 2007, estuvo más vinculado «a esa gran explosión de topillos, que hizo que la clínica fuera diferente». Si en el primero de los casos se trasmitía por la manipulación, la puerta de entrada al contagio era una herida abierta en el paciente, con la plaga de roedores, «la vía de entrada fue oral y respiratoria».

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