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Imagen de la exposición - f.heras
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La Biblia que soñaba Marc Chagall

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Cuando Chagall pinta, no se sabe si está durmiendo o soñando. Debe tener un ángel en su cabeza», dijo en una ocasión Pablo Picasso sobre el pintor de origen ruso. También así lo concebía el propio creador. Las Sagradas Escrituras fueron una de sus principales fuentes de inspiración, pero Marc Chagall (1887-1985) «no veía la Biblia, la soñaba». El resultado de esas ensoñaciones pueden descubrirse en la exposición «Chagall y la Biblia», que hasta el 18 de mayo exhibe la Sala Municipal de Exposiciones de la Iglesia de las Francesas, en Valladolid.

La muestra reúne un total de 105 obras grabadas al agua fuerte que ilustran episodios tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Los trabajos, que fueron encargados por el marchante de arte Ambroise Vollard, pertenecen a una de las series más importantes de este maestro del siglo XX. La mayoría son obras en blanco y negro, sólo en algunas se atisba algo de color, pero casi de manera anecdótica, saliéndose del trazo... sin embargo ese casi monocromía no le lleva a la monotonía, al contrario, sus trabajos están dotados de un gran dinamismo. Cada obra de Chagall narra un pasaje con tal fuerza que atrapa al espectador.

Moisés, David, Jotsué, Ezequiel, Jacob, Betsabé... protagonizan muchos de estos pasajes en los que el artista lleva escenas tan conocidas como la liberación de Jerusalén, el sueño de Salomón, la muerte de Moisés, la tumba de Raquel, la vocación de Ezequiel, Betsabé a los pies de David... Algunas las ejecutó con un tremendo detallismo -es el caso de El pasaje del mar Rojo o la Huida a Egipto-. Otras, en cambio, se vale de trazos menos definidos: «Sosteniendo una piedra litográfica o una placa de cobre, creía tocar un talismán. Me parece que podía poner en ellas todas mis tristezas, todas mis alegrías. Todo lo que a lo largo de los años había atravesado mi vida», explicaba sobre sus grabados el propio creador, quien se veía reflejado en alguno de estos episodios. Así, el horror del Holocausto, que le tocó vivir como a otros tantos judíos de la época, lo comparaba con la huida de Egipto.