Anatomía de Japón
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Anatomía de Japón

Julio Baquero Cruz recrea maravillosamente la psicología y sociología del país nipón, demostrando un conocimiento profundo de su cultura

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Yo no conocía la obra literaria de Julio Baquero Cruz, hasta que hace unos años cayó en mis manos su libro El viaje de un nihilista (Menoscuarto, 2009), que empecé leyendo por simple curiosidad y que en seguida me fascinó. Se trata de una novela de viajes muy particular. El persuasivo narrador (está contada en primera persona) es un joven que, por puro hastío, decide emplear tres semanas que tiene libres en recorrer Europa. El nihilismo al que alude el título no es político (el protagonista carece de los sentimientos revolucionarios de los personajes de Dostoievski o Turguénev), sino, podríamos decir, afectivo o existencial (esto último al modo postmoderno, sin las espinas unamunianas o sartrianas). Su melancolía, gracias a la alquimia de la literatura, se transforma en un relato vibrante, lleno de observaciones y reflexiones brillantísimas, pues el personaje es un hombre culto y sensible que, por ejemplo, es capaz de describir en pocas palabras el espíritu de un lugar («Viena: una ciudad que se le ha quedado grande a Austria. / Austria: un país que se le ha quedado pequeño a Viena») o de hacernos notar los juegos de palabras que encierran algunas canciones de Dowland.

Los lectores hemos tenido que esperar cuatro años para que Baquero Cruz haya publicado una nueva novela, Murasaki, también en la editorial Menoscuarto. El cambio respecto a El viaje de un nihilista no puede ser más radical. Baquero Cruz deja el mundo urbano europeo y la contemporaneidad y se pasa con armas y bagajes al Japón clásico, con resultados igualmente excelentes. Que nadie piense que Murasaki es una fantasía orientalizante, una «japonaiserie» decorativa: el autor no sólo recrea maravillosamente el país nipón en el tiempo de los samuráis, sino que (por lo que yo puedo juzgar) consigue el milagro de que los personajes sientan, piensen y se comporten como verdaderos japoneses. La narración discurre siempre con la lógica propia de la narrativa oriental, que es muy distinta de la nuestra, con capítulos a modo de estampas independientes, contadas con una fría objetividad y con unas elipsis que un autor occidental difícilmente se permitiría. También la psicología -y la sociología- son las propias de Japón: el sentido del deber, de la abnegación, su espiritualidad, las convenciones sociales, la forma de entender la sexualidad… Baquero Cruz demuestra un conocimiento profundo de lo japonés, casi una comunión con su cultura. El lector no tendrá la sensación de estar en una función de Madama Butterfly en la Arena de Verona, con sus «torii» de cartón fallero y las geishas con pelucones y kimonos de guardarropía, sino que descubrirá un relato del que emana tal sensación de verdad que parece escrito hace siglos y en el otro extremo del mundo. Su obra alcanza la misma excelencia literaria de Andrés Ibáñez en sus cuentos chinos de El perfume del cardamomo (Impedimenta, 2008), por citar una obra española reciente que también recrea una tradición literaria ajena. En ambos casos, si en la portada hubiera figurado el nombre de un escritor oriental, yo no habría dudado de su autoría.

El título (Murasaki) alude a uno de los nombres que recibe la protagonista, cuya biografía se narra en el libro. Nada tiene que ver, por cierto, esta Murasaki con la famosa escritora homónima del siglo XI, la autora de La historia de Genji. La protagonista del relato de Baquero Cruz tiene una vida muy azarosa y, en alguno de sus tramos, aventurera: pasa su niñez en la Corte, luego la llevan a una casa de prostitución, será dama de compañía de una aristócrata, después eremita, padecerá cautiverio bajo el poder de una tribu bárbara...

Como un libro de cuentos

La novela tiene la virtud de admitir una lectura azarosa, abriéndola por cualquier página, como si fuera un libro de cuentos. De hecho, a cualquier lector, en cuanto la termine, seguramente le apetecerá releerla abriéndola a capricho. Casi al modo de Rayuela de Cortázar, los capítulos de Murasaki pueden recorrerse en cualquier sentido. Esta posibilidad de doble lectura (la ordenada, siguiendo el argumento, y la libre y juguetona) es un atractivo más de una novela original y valiente, escrita con una prosa elegante, nada enfática, incluso cuando la historia se enciende y el libro parece inflamarse: el autor no pierde la sangre fría y cuenta con pulso de cirujano episodios de gran violencia o carnalidad. Esto último llama la atención: es un libro donde el sexo está muy presente y en el que se celebra la superioridad del placer sobre cualquier filosofía o razonamiento.

Por si a algún lector curioso le interesa releer a saltos la novela siguiendo los pasos de mis episodios favoritos, aquí les dejo mi selección particular: Grullas (en el que la protagonista, de niña, aprende a dibujar estas aves), El aguador (un cuento de aire tradicional y fantástico, maravilloso, que habría hecho las delicias de Borges), La noche y el viento (un onírico relato, muy ambiguo, sobre una felación que el príncipe Hitori obliga a Murasaki a hacerle), El joven de Oshima (sobre las reencarnaciones de un personaje) y El dios del bosque (emocionantísimo relato en el que se describe la caza del dios del bosque).

Ahora sólo espero que no pasen cuatro años hasta que Julio Baquero Cruz publique su próximo libro, cuyo argumento y estilo, en vista del amor del autor por las sorpresas, resulta inimaginable.