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Canarias / DESDE MI ESCAÑO

Despilfarro público

Día 07/01/2013 - 23.34h
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Al final, las únicas víctimas acaban siendo las que menos culpa tienen y las que más se han esforzado por conseguir un puesto

¿Por qué son siempre los empleados rasos de las empresas públicas los que pagan el pato de la crisis? El Gobierno de Canarias, a lo largo de 2012, ha puesto en la calle a cerca de 200 trabajadores, alegando la manida excusa de que no hay dinero para poder mantener su silla y su mesa de ordenador. Todo muy comprensible, todo muy asumible si no fuese, precisamente, porque al final siempre acaban bailando con la más fea (o con el más feo) aquellos que apenas alcanzan un salario de mileurista. Los altos cargos, independientemente de cómo vaya todo, siempre acaban agarrándose como lapas a su poltrona, y sobre todo a las generosas dádivas a final de mes. El Ejecutivo canario, durante los años de bonanza, se dedicó a despilfarrar con pólvora del rey en un montón de empresas públicas, sitios en los que siempre acababan teniendo cabida como altos directivos los de siempre, pero para sacar el trabajo diario, a contratar a un ejército ingente de curritos a los que al final, tal y como cantan las cifras, se les acaba tratando como gente de usar y tirar. Y ¡ojo!, que estamos hablando de personas que en ocasiones han tenido que pasar un durísimo proceso de selección, que igual para 14 plazas han concurrido más de 3.000 aspirantes. Y luego, todo ese esfuerzo, todos esos desvelos, se despeñan por el barranco porque al burócrata de turno no le da la gana de meter tijera por donde más debería, por los puestos altos, reduciendo sus altos sueldos o, directamente, prescindiendo de sus servicios, porque en muchas ocasiones tampoco contribuyen al mejor funcionamiento de la empresa.

Otra cosa es que empecemos a valorar la posibilidad, nada remota, de que lo que igual sobraba era la creación de tantas empresas, de tantos entes que al final, por querer desmenuzar las competencias y las áreas hasta proporciones microscópicas, nos podíamos encontrar con departamentos que prácticamente podían solaparse en sus funciones. Y claro, lo que sucede es que nadie sabe a ciencia cierta dónde empezaban o terminaban sus atribuciones, un auténtico caos administrativo, pero ante el que no pasaba nada porque, claro, había dinero para pagar este festín del despilfarro.

En fin, esperemos que esta situación sirva para que el Gobierno de Canarias tome nota de lo sucedido, que no se puede jugar con las ilusiones laborales de miles de familias que están a verlas venir. Porque ahora han sido casi 200 empleados, pero según pintan las cosas, es muy posible que la sangría de despidos siga adelante. Por eso hay que plantearse seriamente si conviene o no crear empresas públicas tan a la ligera. Al final, las únicas víctimas acaban siendo las que menos culpa tienen y las que más se han esforzado por conseguir un puesto.

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