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Cinco leyendas urbanas de Alicante

Historias relacionadas con la ciudad, sus personajes y monumentos transmitidas de generación en generación

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El Negre Lloma

La leyenda alrededor de un curioso hombre es, sin duda, una de las más narradas a nivel local. Cuenta la historia que a principios del siglo XX atracó en Alicante un navío bautizado como Tiflis. El barco inglés, que llegó a la ciudad el año 1914, transportaba una numerosa tripulación entre la que se encontraba un ayudante de cocina llamado John Moore. Tras la marcha de la embarcación, el que a la postre se convertiría en todo un personaje famoso se quedó a vivir en lo que en un principio iba a ser un puerto de paso.

En poco tiempo fue rebautizado como «Negre Lloma», por lo que pocos conocían su nombre real. Su atribulada vida y afición por el alcohol y el juego eran de sobra conocidas, así como su larguirucha y desgarbada silueta paseando, sobre todo, por la Explanada. Vivía de la caridad y vestía con ropa que le era donada, práctica vecinal convertida en habitual para fortuna del ya mendigo, cuyas ganas de trabajar brillaban por su ausencia.

En Alicante, todavía hoy, puede escucharse «eres más vago que el Negre Lloma», del que se rumoreaba que descartaba aquellos donativos en forma de moneda que le obligasen a agacharse. No son pocos los monumentos foguerers que le han sido dedicados, e incluso ha llegado a sostenerse, con más bien poco fundamento, que la silueta que aparece en el escudo del Hércules Club de Fútbol podría ser la suya.

Pese a su involuntaria fama, la leyenda que acerca de este personaje gira se originó a partir de su fallecimiento. Existen distintas versiones alrededor de la fecha y los motivos del suceso, pero la parábola más extendida afirma que el deceso se produjo en fechas muy cercanas al fusilamiento en Alicante de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange Española condenado por conspirar contra el gobierno republicano durante los primeros meses de la Guerra Civil.

Según el imaginario popular, estas celebridades tan distintas entre sí compartían fosa común en su descanso para la eternidad, coincidencia que propició el error de las tropas falangistas que, con la intención de trasladar los restos de su exlíder a Madrid, podrían haber exhumado el cuerpo del Negre Lloma en su lugar. ¿Hay un vagabundo negro y alcohólico enterrado en el Valle de los Caídos?

La Cara del Moro

Una de las imágenes más características de Alicante es la del Castillo de Santa Bárbara encaramado en lo alto del monte Benacantil. En su loma, desde una perspectiva determinada, la silueta de la montaña dibuja lo que en Alicante se conoce como «la cara del moro”». Quizá sea una peculiaridad más de los millones que los aleatorios designios de la naturaleza ha creado, o quizá una desconocida y casi mágica fuerza realmente hiciera aquello que se ha contado al respecto.

Posiblemente fuera por las ganas del propio pueblo de dotar de un halo fantástico a este símbolo de la ciudad, pero lo que sí es un hecho es que la rumorología sobre el tema es casi tan antigua como la propia montaña. Según se cuenta, la cara que Benacantil proyecta es la de un hombre atrapado en el macizo. Este hombre, supuestamente, no era sino un príncipe árabe, cacique de la fortaleza y orgulloso padre y protector de su joven hija.

Su pequeña, al parecer en contra de la voluntad del hombre que la vio nacer, se habría enamorado de un cristiano, renunciando así al matrimonio que su familia le había concertado. El dueño y señor del castillo ordenó la ejecución del joven cristiano, aunque dejando un resquicio para la esperanza. Si a la mañana siguiente los jardines del Castillo amanecían nevados, le perdonaría. La condición se cumplió, pero el gobernador moro no consumó su promesa y ordenó matar al chico.

Contra la voluntad del jefe, la muerte del inocente advenedizo se llevó también por delante a Zahara, como se llamaba la princesa, que en un amoroso arrebato se abrazó a su amado, cayendo los dos al vacío. El sentimiento de culpa se apoderó del hacendado, que se suicidó saltando desde lo alto de Benacantil. El eterno castigo convirtió su cara en montaña, dejando su efigie mirando a la ciudad para la posteridad.

El nazi de Llombai

Lejos de la mitología árabe, en una época más reconocible y documentada, se generó una historia que también ha dado que hablar. En la Vall de la Gallinera, cerca de Dénia, un pequeño municipio llamado Llombai fue el hogar de acogida de Stefan Gregor, un supuesto soldado nazi que, huyendo de las posibles consecuencias que le acarreasen los juicios de Núremberg, dejó atrás su militancia hitleriana para esconderse en la Alicante profunda.

Fuera o no Gregor quien se decía que era, no hay duda del paso de este vecino austriaco por la localidad de La Marina. Su llegada a lomos de un Mercedes fue, a ojos de los lugareños, poco menos que la invasión de un panzer alemán, conducción acorazada que al poco tiempo se le atribuiría en los pueblerinos mentideros.

La del supuesto nazi ha sido una historia sobre la que ya se ha especulado bastante. Desde Interviú en los 80 hasta más recientemente el propio Íker Jiménez, algunos de los más entrados en años vecinos de las proximidades todavía recuerdan a este singular y ciclotímico residente, tan huraño en el trato como eufórico por momentos según dicen.

Fue, hipotéticamente, el mismo ayuntamiento el que le proveyó de la vivienda en la que vería los años pasar y moriría en soledad. La incompleta expiación de los pecados cometidos pudo acabar por volverle loco, y no era extraño escuchar alaridos en las cercanías del torreón abandonado que habitaba.

Por si la curiosidad que su mera presencia originaba no fuera suficiente, la muerte de Gregor hizo que su etapa en Llombai pasase de anécdota a leyenda, de su insondable pasado como jefe del crematorio de un campo de exterminio a su condición de perturbador profeta. Junto a su cuerpo, una serie de jeroglíficos manuscritos fueron encontrados, en los que unas figuras indescifrables aparecían y de las que se ha llegado a decir que podrían formar parte de una nueva filosofía o religión.

Los pasadizos de Benacantil

El Castillo de Santa Bárbara, que corona el monte Benacantil, es una cuna casi inagotable de historias que, reales o no, engrosan la relación de leyendas urbanas alicantinas. Una de ellas se refiere a la existencia, desde tiempos ancestrales, de unos pasadizos que atraviesan el macizo de lado a lado, que los moros pobladores supuestamente construyeron para asegurarse una huida segura por la clandestinidad de sus túneles.

Por supuesto, estos túneles no aparecen en ningún plano de la fortaleza, por antiguo que sea. No se sabe si esta falta de documentación se debe a la inexistencia de los mismos o a la poca conveniencia estratégica de plasmar sobre un papel secretos con un cariz militar, pero estos pasillos, de haber existido, seguro que habrían sido un baluarte para sus constructores.

Según cuentan los más viejos por la zona del Raval Roig, barrio situado a los pies del castillo y la montaña, estos pasos secretos, pensados para un hipotético escape llegada una situación de emergencia en lo alto del fuerte, tendrían varias salidas. Éstas, además, podrían haber prestado su último servicio en tiempos de la Guerra Civil.

La primera de ellas, en dirección noroeste, conectaría el de Santa Bárbara con algún punto indeterminado del monte Tossal, que actualmente ocupa el castillo de San Fernando. Otro de ellos, quizá el que más conversaciones ha generado, se dirigía directamente a la playa del Cocó, en el extremo este de El Postiguet, donde se dice que siempre había una barca esperando para formar parte de la fuga. La última, aseguran algunos testimonios, habría conectado una de las salas principales de la fortaleza con la iglesia de Santa María, que hasta la conquista era la Mezquita Mayor.

Realidad o ficción, estos túneles, si realmente estuvieron ahí, seguro que sirvieron de gran ayuda a quienes los conocían en profundidad. Hoy en día, si las historias son ciertas, tan solo unos centímetros de tapia de hormigón separan el lado de la fantasiosa idealización y el de la empírica demostración.

La Cueva de las Calaveras

Benidoleig, municipio situado en el norte de la provincia, cuenta con uno de los muchos atractivos turísticos de Alicante. Apenas un millar de habitantes tiene la localidad, a la que tan solo un kilómetro de distancia separa de la Cueva de las Calaveras. Cuidadosamente acondicionada al paso de los turistas, esta cavidad del monte Seguili se extiende a lo largo de 440 metros .

Cuenta la versión oficial que en el siglo XVII una expedición arqueológica halló los restos de doce personas en el interior de la gruta, hecho que dio nombre al lugar. Como no podía ser de otra forma, y dada la ya de por sí escalofriante sucesión de acontecimientos que dio pie al nombre de la cueva, las leyendas urbanas al respecto se suceden.

Una de las más extendidas cuenta que la Cueva de las Calaveras tiene esta oscura nomenclatura por la muerte en su interior de un número mucho más elevado de personas. Se dice que un rey moro huía junto a su séquito de mujeres de Rodrigo Díaz de Vivar, más conocido como el Cid Campeador.

El teléfono rojo que a veces supone la narración de estas historias ha situado la cifra de personas alrededor de 150, un nada desdeñable harén incluso para el más polígamo de los monarcas. El árabe, junto a toda su corte, se habría escondido en Benidoleig del Cid y sus tropas, llegando allí al final de sus días.

Dice la leyenda que las calaveras fueron halladas formando un amplio y siniestro círculo, en el centro del cual se encontraban dos de ellas: la del propio rey y la de su predilecta. Verdad o no, lo seguro es que muchas historias guardan las cavidades de Benidoleig.

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