POSTALES

La dialéctica de los puños

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La alevosa, infame, cobarde agresión a Inmaculada Sequí no puede quedar en las condolencias y condenas formales. No se trata sólo del ataque a una adolescente por la espalda a cargo de tres adultos, dos hombre y una mujer, golpeándola en el suelo hasta dejarla inconsciente. Se trata también de un ataque a la democracia, ya que Inmaculada es la presidenta del Partido Vox en Cuenca. Y para que no quedase duda sobre los motivos, los agresores lo anunciaron con fanfarronería matonil: «A ver qué dices ahora, fascista de los cojones». O sea, que lo que les molestó era lo que Inma decía y pensaba. Certificado del más profundo totalitarismo.

Esto no puede tolerarse en una democracia que se precie de sí misma. La Policía de Cuenca no tiene que ahorrar cuantos esfuerzos sean necesarios hasta dar con esos tres delincuentes y la justicia tiene que descargar sobre ellos todo el peso de la ley por el delito de agresión con ánimo de causar daños físicos, al que se añade el atentado contra los derechos ciudadanos, y esperemos que no nos salga un juez progre que lo considere una muestra de la libertad de expresión.

Al resto de los españoles de todos los colores políticos nos debe preocupar la deriva violenta que está tomando el debate ideológico. Los argumentos han dejado paso a los insultos, y los insultos adoptan el aire de agresiones verbales. Proferir una ofensa al rival ya se ha quedado anticuado. Ahora lo que se lleva es montar en la red una foto suya con un agujero de bala en la frente. Y se quedan tan tranquilos. Orgullosos incluso. Sin que les ocurra lo más mínimo.

Al fondo de todo está la tan famosa «superioridad moral de la izquierda», proclamada y defendida por una intelectualidad que ignoró los crímenes de Stalin, gozó de los privilegios de la «nueva clase» creada por el comunismo y aún hoy vive de las rentas de una ideología que ha fracasado tanto en el terreno político como económico. A estas alturas sabemos perfectamente que no existe tal superioridad, que la izquierda puede ser tan corrupta, tan criminal, tan hipócrita como la derecha. Con la agravante de que, al privar de las libertades, impide la regeneración del sistema una vez asentada en él.

Volviendo a la atmósfera bronca que ha tomado la escena política española, conviene no olvidar la justificación de la violencia callejera que se viene apreciando desde los movimientos antisistema. Es verdad que Podemos ha condenado lo ocurrido en Cuenca. Pero no es menos cierto que, en un curso de verano en medio de Castilla, Pablo Iglesias comentó a los asistentes que sería mejor que, en vez de hablar de teatro, como estaba programado, podían ir a «romper la cara» a los fascistas que había en la ciudad. A Inmaculada Sequí ya se la han roto. Y lo que no podemos consentir de ninguna de las maneras es que en España se imponga de nuevo la «dialéctica de los puños y las pistolas».