EL BURLADERO

La hora de los cerrajeros

Demasiado para Sánchez. Le reconozco el arrojo, pero me asombra su inaudita capacidad de riesgo

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No resulta sencillo de entender. A buen seguro hay infiernos desconocidos en la estupefaciente portada de «El País», en las declaraciones del «establishment» socialista, en las ocultas maniobras de los herederos del «rubalcabismo», en todo este proceso confuso mediante el cual un núcleo dirigente destituye una dirección provincial al completo. Pero el asalto es inaudito, poco habitual. Las explicaciones oficiales no son, por de pronto, desechables: un candidato no garantiza una campaña electoral triunfal y es sustituido por otro que no muestre tanta adversidad teórica. Con todo, reconozcamos que eso se suele hacer antes y no a tres meses vista de los comicios; pero aceptemos ese pulpo: el candidato no es el ideal y quién sabe si en algún momento previo a las votaciones podría desencadenarse la adversidad en forma de acciones judiciales o de revelaciones incómodas. Aún en ese caso, sorprende el grado de violencia institucional que ha albergado el proceso mediante el cual se ha desalojado a Tomás Gómez de su despacho en Madrid.

Enviar un cerrajero a las dependencias de un cesado es como enviarle matones a un «okupa»: no digo yo que no sea la última alternativa, pero sí digo que es de una violencia indebida. A la sede de los socialistas madrileños, la cúpula de Ferraz ha enviado a dos operarios de cerraduras con la orden de abrir despachos y abrir las ventanas para que circule el aire, que es tanto como significar que los que hasta ayer a medio día eran los legítimos ocupantes de esa sede se habían transformado en unos apestados. Sánchez consideró que con Gómez no iban a ninguna parte y le reclamó grandeza para el abandono; Gómez le dijo lo mismo que a los otros secretarios generales del PSOE, que «por aquí se va a Madrid». Sánchez entonces cesó a Gómez, portada de periódico mediante, y Gómez anunció resistencia numantina. Y en eso llegó el cerrajero. Fin de la historia. ¿O no?

Las encuestas, efectivamente, no eran halagüeñas. El puñetero tranvía de Parla es un pozo inagotable de sorpresas. Y la estabilidad del líder de los socialistas españoles precisaba de algún gesto de autoridad, especialmente de cara al sur, siempre tan impredecible (o tan predecible). No obstante quisiera conocer los argumentos internos, los de verdad, que han llevado a los dirigentes socialistas a preferir este carajal antes que la continuidad de alguien de quien ya se conocían los inconvenientes meses atrás. ¿Quién ha convencido a Pedro Sánchez de que un reguero de sangre en medio de la calle era lo más conveniente para deshacerse de un rival poco simpático? ¿Quién le ha dicho aquello de «no te preocupes, eso dura dos días y entre una buena portada de periódico y un cerrajero la cosa está superada»? Quien lo haya hecho ha sido osado. O interesado. Y el propio Sánchez ha mostrado una capacidad de riesgo sin precedentes. Puede salirle bien: pasado mañana todos hemos olvidado al de Parla, el gasto del tranvía asciende a cien mil millones de euros, Susana Díaz se acogota, Gabilondo gana las elecciones, el PSOE vuelve a gobernar Madrid, él se pasea por las primarias... Pero también puede salirle mal: Tomás Gómez alcanza una visibilidad no conocida hasta ahora, se descarta cualquier imputación en el sobrecoste de las obras tranviarias, Susana Díaz se rebela, Gabilondo no remonta y queda colocado tercero teniendo que elegir si da la mayoría a populares o podemistas, la polémica descoloca al prometedor candidato a la alcaldía de Madrid, la señora Chacón entra en campaña en las primarias y hasta el periódico cómplice le da la espalda en el momento menos esperado...

Demasiado para Sánchez. Le reconozco el arrojo, el que no tuvieron los otros dos secretarios generales en momentos parecidos. Pero me asombra su inaudita capacidad de riesgo, no descubierta hasta ahora. Hasta la difícil hora de los cerrajeros.