LA OPINIÓN DE

LA TUMBA

Día 31/08/2014 - 18.16h
Una hipótesis un poco Dan Brown sugiere que Alejandro fue confundido con San Marcos, y que está en Venecia

EL descubrimiento en Anfípolis de una espléndida tumba macedonia de la época de Alejandro constituye un hecho apasionante para quienes fuimos amamantados por la National Geographic. Los arqueólogos aún no han alcanzado el interior, por lo que la identidad del ocupante ha desatado especulaciones demasiado atrevidas sobre la posible resolución de uno de los grandes misterios de la Antigüedad: el paradero de la tumba de Alejandro. Pero es imposible que lo sea. Y cabe descartar también que se trate de la de Roxana y el hijo y heredero de Alejandro, porque no se comprendería que, después de asesinarlos a ambos durante las guerras de sucesión, Casandro se molestara en dispensarles tales honores que no habrían hecho sino recordar que aniquiló la línea natural alejandrina.

Después de muerto, Alejandro tuvo una existencia igual de intensa que vivo. Son de sobra conocidas las circunstancias de su muerte en Babilonia, probablemente por malaria. La agonía larga. La impaciencia del ejército, que exigió verlo y pasó delante del enfermo como en un velatorio prematuro. La entrega del anillo a Pérdicas y, susurrada, una única consigna acerca de su sucesión que no contribuiría precisamente a fomentar la armonía entre los espíritus ambiciosos y temperamentales de sus Diádocos: «Al más fuerte de entre vosotros». Las peleas, de las que resultarían las guerras forjadoras de los reinos helenísticos, comenzaron casi de inmediato, en las mismas estancias del palacio. Mientras, el cuerpo de Alejandro se resistía a comenzar el proceso de descomposición, por lo que ahora se sospecha que durante esos primeros días no estaba muerto, sino en coma. Sería espantoso que hubieran comenzado a embalsamarlo estando él todavía vivo.

Los Diádocos, o sucesores, habían sido los Compañeros de Alejandro, sus generales. Antígono lo fue incluso de Filipo, con quien compartía ser tuerto. Los jóvenes también fueron, como diríamos ahora, «compañeros de pupitre» en las clases de Aristóteles donde a Alejandro le fue cultivada la devoción homérica por la que siempre trató de ser Aquiles. Los Diádocos hacían presidir las reuniones en las que se repartieron el imperio por la armadura de Alejandro. Todos se inventaban sueños en los que el propio Alejandro les comunicaba que él, y no otro, debía asumir la regencia. Ese afán de legitimidad pronto se convirtió en una obsesión: poseer físicamente el cadáver de Alejandro, sobre todo después de que un adivino, Aristandro, dijo que la nación que lo albergara jamás sería conquistada. Por eso el cuerpo de Alejandro jamás llegó a Macedonia, ni siquiera después de reclamarlo su madre Olimpia para enterrarlo en el mausoleo real de Filipo. El cadáver lo robó Ptolomeo, el sucesor que recibió Egipto y que, por estar casado con una hermana de Alejandro llamada Cleopatra, introdujo este nombre en el ámbito donde lo consagraría la historia siglos más tarde.

Después de establecerse un tiempo en Menfis, el cuerpo de Alejandro fue llevado a Alejandría y expuesto en el gigantesco mausoleo de Soma, que se convirtió en un lugar de peregrinación para el mundo antiguo. Con esa visita al Alejandro divinizado cumplieron Julio César y Augusto, quien, por cierto, fue a coronar la momia y le partió la nariz: me imagino al amo del mundo diciendo «¡Ups!». La tumba y el cadáver salen de la historia durante los disturbios cristianos del siglo IV, agravados por un terremoto. Una hipótesis un poco Dan Brown sugiere que Alejandro fue confundido con San Marcos, y que está en Venecia.

Compartir

  • Compartir

publicidad
Consulta toda la programación de TV programacion de TV La Guía TV

Comentarios:

Sigue ABC.es en...

Copyright © ABC Periódico Electrónico S.L.U.