Sensibilidad y malentendido
MONTECASSINO

Sensibilidad y malentendido

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Cuando tienes a 90.000 personas dispuestas a sacrificar un sábado en un campo de fútbol para escuchar a Dyango y Peret, pero ante todo a Ramoncín y Paco Ibáñez, estás cerca ya de la fase de reclutamiento de comandos suicidas para la conquista del harén particular de vírgenes en el Mas Allá. Comprarse ese CD equivale a afeitarse las piernas y el pecho y ponerse unos cuantos pares de calzoncillos. En Pakistán pasa con frecuencia. Pero en Barcelona eso tiene doble mérito por las muchas tentaciones que nos distraen en el Primer Mundo. Cierto que ya se hizo antes.

Ya pasó, aunque a algunos moleste que se recuerde. Alemania era una sociedad muy desarrollada en el primer tercio del Siglo XX. Se volvió loca, en determinado momento, por su obsesión por sí misma. Y empezó a hacer cosas raras como la del Camp Nou. Cada vez eran más y más felices compartiendo un solo sentimiento y una sola idea. Los resultados son conocidos. Hemos hablado mucho de la sensibilidad herida de los nacionalistas catalanes. Es más, a veces da la impresión de que, en los pasados treinta años, no hemos hecho otra cosa que hablar de la sensibilidad herida de ciertos españoles. De unos nacionalistas vascos que asesinaban y querían ser premiados por dejar de hacerlo. Y unos nacionalistas catalanes que querían ser doblemente premiados por no matarnos a los demás.

El resto de los españoles ha sido siempre terriblemente sensible hacia su sensibilidad. Sin reciprocidad. Debido a perversiones diversas en nuestra historia reciente —mentiras franquistas y antifranquistas, ley electoral, otras y Título VIII—, el cauce unidireccional centrífugo de la comprensión, tolerancia y concesiones no ha sido cuestionado hasta ahora. Con lo que la inmensa dejación, de la que es culpable la España constitucional, ha sido utilizada para formar generaciones en la desafección y el odio desde la más absoluta y obscena de las manipulaciones políticas de la historia y la realidad. Y la sensibilidad del resto de los españoles ha sido despreciada por sistema.

El momento es difícil y es dramático. Pero ofrece una inmensa ventaja sobre todas las crisis habidas desde 1978. Ya no hay cesión ni aplazamiento posible. Por mucho que el carácter de Rajoy y su Gobierno lo busquen. En ese inútil intento del cambalache postrero aun mantienen a Josep Lluis Duran de metáfora viviente de esa ambigüedad ya imposible. Voz del parlamento de España en el exterior y enemigo de la unidad y soberanía en el interior. Símbolo del malentendido artificial que engorda al nacionalismo mientras éste, incansable, subvierte leyes y formas. La independencia es imposible, pero ellos viven de no darse por enterados.

Por eso, antes de que, escuchado mil veces el CD de Ramoncín, Dyango y Paco Ibáñez, los fanatizados «yihadistes» de Junqueras acaben convencidos de que estamos en Paquistán, hay que acabar con un malentendido de 35 años. El Gobierno de España, con el principal partido de la oposición o sin él, por medio del Jefe del Estado o no, tiene que proclamar muy claramente los límites infranqueables de nuestras leyes. Con la solemnidad necesaria. Y comenzar de inmediato la reconstrucción de la presencia de España en sus regiones. Donde España, su idea, su bandera y su presencia han estado en retirada, lo están también las libertades y los derechos de los españoles. La agresividad contra todo discrepante por parte del ultranacionalismo deja adivinar la inevitable deriva totalitaria de una Cataluña independiente. Como también su agresividad expansionista hacia territorios que reclama. No habría paz ni libertad, ni cerca ni dentro de esa Cataluña que parece emanada de un sueño gran serbio. España debe aclarar a todos, hasta al más equivocado, que eso no pasará jamás.