La gran mentira


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DESPUÉS de haber sido durante siglo y medio la más abierta, moderna, dinámica e internacional de las tierras españolas, Cataluña se está convirtiendo a la carrera en la más cerrada, retrógrada, provinciana de todas ellas. Ebria de nacionalismo, ha sucumbido a los cantos de sirena de los «orígenes», las «esencias», los «hechos diferenciales» y demás llamadas de la tribu. Porque ni siquiera estamos ante el nacionalismo moderno, hijo de la Revolución Francesa, integrador y plural, sino ante el nacionalismo restringido, diferenciador y alicorto del viejo régimen. Un nacionalismo que no parte de la razón, los derechos civiles y la igualdad de los hombres, sino de las entrañas del individuo, que busca en los afines una dimensión grandiosa que de por sí no tiene. Un nacionalismo que necesita un enemigo, España en este caso, para mostrar su pretendida superioridad. Un nacionalismo fundado en el mito, la leyenda, la mentira para exaltar corazones y nublar mentes. Un nacionalismo de banderas, pancartas, estandartes, himnos, que no suele llevar a buen puerto, como muestran ejemplos pasados y recientes.

Lo peor de todo es la mentira. Cataluña es plural, puede que la más plural de las tierras de Hispania, al haber sido, según su mejor historiador, Vicens Vives, una «marca», un corredor, una franja de paso. De paso y de acogida, pues hacia ella se dirigieron en los últimos tiempos millones de otros españoles en busca de un mejor futuro para ellos y sus hijos, debido al mayor desarrollo y contribuyendo a su vez al mismo, lo que ha traído una simbiosis de difícil separación, a no ser por la fuerza, como intentan sus actuales elites. Como no pueden echar mano de la etnia como elemento aglutinador, esas elites usan la lengua, instrumento de comunicación, como instrumento diferenciador ya que existe también un «racismo cultural». Aunque tengan que volver al español en cuanto cruzan sus fronteras y aceptar que lo usen dentro de ellas los extranjeros que les interesan, sean futbolistas, científicos o literatos. Con lo que, más que engañar a los demás, se engañan a sí mismos.

Están fabricando una historia que nunca tuvo lugar y convirtiendo en historia propia los que fueron episodios de la accidentada Historia de España, como el alzamiento de 1640 (que se produjo también en Andalucía) y el de 1714 (producido dentro de la Guerra de Sucesión), cuyo origen y desenlace están muy lejos de la versión oficial que hoy intenta dárseles en Cataluña. Quien lo dude que consulte la «Sìntesi d’història de Catalunya» de Ferran Soldevilla, cuyo catalanismo nunca le puso anteojos. Algo que no podemos decir de buena parte de la intelectualidad catalana actual, que prefiere los gritos a los hechos, las manifestaciones a las reflexiones, las banderas a los argumentos, sin percatarse de que las banderas española y catalana tienen los mismos colores, y contraponen lo español a lo catalán sin querer tampoco ver que lo español es la suma de lo gallego, asturiano, leonés, vasco, catalán y así sucesivamente hasta llegar a lo andaluz y canario. Es decir prefieren ponerse al servicio de una casta y unos intereses políticos bien poco útiles a Cataluña a tenor de su gestión, que al servicio de su pueblo. Es decir, están traicionando a éste. No es la primera vez que los intelectuales traicionan su papel de conciencia crítica de una sociedad. Ocurrió a menudo en los siglos XIX y XX.

¡Pero en el XXI!