análisis

Tamara Rojo o el nuevo síndrome de los embajadores de la «marca España»

Actualizado:

A todos los premios les precede, por una razón u otra, una cierta sensación de incomodidad en el galardonado. En el caso de la bailarina Tamara Rojo, galardonada con gran acierto con el segundo premio a las relaciones hispano-británicas de la Fundación Banco Santander, el origen de su incomodidad durante la ceremonia de entrega esta semana en la Embajada española en Londres se debía a un nuevo síndrome de la España que lucha por salir de la crisis. ¿Pueden los españoles que triunfan en el extranjero, reconocidos a menudo como embajadores de la “marca España”, señalar libremente aquello que en España no funciona bien?

Algunos confunden proclamar el talento español con acallar los puntos de vista críticosEsa era la presión que sentía la bailarina española, sentada con varios periodistas este miércoles en un sofá de la residencia del embajador Federico Trillo. Y así entendían su misión –acallar esas críticas- algunos de los encargados del evento, que confunden todavía la proclamación celebratoria del talento español con el silenciamiento fatuo de los puntos de vista críticos de quienes lo encarnan.

Por la mañana, Rojo había desayunado con una entrevista en el diario “The Times” en la que dejaba claro que no se plantea la vuelta a su país en este momento debido, en parte, a la corrupción y “la cultura del enchufe” que detecta en el medio artístico. Un medio, el de la danza al menos, en el que la artista cree que se entregan los contratos a un grupo reducido de bailarines “en función, no de su talento, sino de sus amistades”. Por una vez, hasta los belicosos y exigentes lectores de ABC.es coincidían en sus comentarios a la noticia. “Tamara tiene más razón que un santo”, decía un usuario.

Las Artes como caladero de creatividad

Que la cultura española se enfrenta a la angustiosa necesidad de dar la vuelta a las asfixiantes y castrantes formas de gestión de sus instituciones es una afirmación apremiante compartida ampliamente en el sector, uno de los mayores caladeros de talento y creatividad de la España del siglo XXI. ¿Cómo no iba a decirlo alto y claro una persona que combina la excelencia artística con un rigor profesional ultracompetitivo en los exigentes estándares de la capital británica? Una gestora en cuerpo de bailarina a la que la propia Fundación Banco Santander ha querido reconocer por su “capacidad de trabajo” y “su personalidad”, y por su “infatigable búsqueda de nuevo talento e ideas para asegurar la viabilidad del English National Ballet”.

¿Y qué mejor contexto para abordar de forma responsable este debate necesario que el maridaje de Tamara Rojo y el rojo del Santander, una de las culturas corporativas más exigentes y admiradas de nuestro país? Pero, en España, la cultura de la transparencia está ausente, sobre todo, en lo que a nuestras propias miserias se refiere. Ese era el clima que presidía la conversación con la prensa, minutos antes de la ceremonia de entrega del premio, hasta que la pregunta de este diario puso de manifiesto por fin que había un elefante en la habitación.

Tamara Rojo matizó con soltura y elegancia los términos de la entrevista que le realizó el corresponsal de “The Times” en Madrid. “Han sacado las respuestas de contexto y se han quedado solo con lo negativo”. Con igual cintura, aclaró que la idea del regreso a España no forma parte de su futuro inmediato, “pero no me cierro ninguna puerta”. “Ahora tengo un proyecto y un compromiso con el English National Ballet y un contrato de cinco años, y espero que sean más... pero yo nunca he dicho que jamás volvería a España”, señaló.

«Hay corrupción en la Cultura porque sigue en manos de los políticos»Las críticas de la bailarina (nacida en Montreal, Canadá, en 1974) a las corruptelas que caracterizan la gestión cultural en España no son nuevas. En mayo, en otra entrevista con Julio Bravo, el gran especialista en danza de ABC, Rojo se refirió a lo obvio: “La forma en que se nombra a los dirigentes culturales en España no es democrática ni es justa, la corrupción está también en el mundo de la cultura porque esta sigue estando en manos de los políticos”. Aquel día no le daban ningún premio, y sus declaraciones se diluyeron en el debate en curso.

La dimisión en bloque de la dirección del Musac por la intromisión permanente –tan torpe como intolerable- de ciertos responsables políticos, la lamentable gestación de proyectos como el Centro Niemeyer de Avilés o el Museo Balenciaga en Guetaria y, en general, la larga sombra de la politización –y su reverso necesario de falta de profesionalidad y nepotismo- forman parte, nos guste o no, de la percepción internacional de la cultura contemporánea española.

Separación entre políticos y gestores en Reino Unido

“Algo así sería impensable en Reino Unido, cuando el ministro de Finanzas o la de Cultura vienen a la Academia, lo hacen en calidad de ciudadanos privados”, me decía recientemente Charles Saumarez, director general de la Royal Academy of Arts de Londres y anterior responsable de la National Gallery y la National Portrait Gallery. Estas dos últimas instituciones son colecciones de Estado financiadas en gran parte con dinero público. La Royal Academy, gestionada por artistas, financia sus 27 millones de presupuesto anual sin subvención alguna. Pero la independencia total del poder político y una gestión profesional y transparente son la norma en unas y otras.

“Lamentablemente nunca ha habido esta cultura en España, no hay una infraestructura clara para asignar los contratos, lo que implica un nivel de corrupción y que los contratos dependan de las amistades más que del mérito”, decía Rojo, residente en la capital británica desde hace 16 años, a “The Times”. En el momento en que, frente al intento espurio de acallar el debate, Rojo tuvo oportunidad este miércoles de levantar la bandera del talento español, la enarboló con una pasión y contundencia que no alcanzará nunca un señor con corbata y cargo público.

“En España el arte ha florecido siempre gracias al esfuerzo, la ambición, la capacidad de trabajo y la creatividad individual de sus artistas”, y citó ejemplos de alcance universal como Antonio Gades, Eva Yerbabuena o Sara Baras. “Allá donde voy encuentro una gran valoración de la profesionalidad de los bailarines españoles en todo el mundo”, insistió la alumna de Víctor Ullate, antes de elevar –una vez más- el alcance de sus palabras. “En Gran Bretaña lo que hay es un entorno y una organización que respalda a los artistas, y un consenso claro desde después de la Segunda Guerra Mundial de invertir en cultura”, dijo.

Además, se refirió a la filantropía como motor de las Artes “desde el Renacimiento”, defendió las ayudas fiscales a las aportaciones privadas en EE.UU., y criticó decisiones recientes como la de subir el IVA cultural. En España, las proclamaciones oficiales del talento patrio son redundantes. El arte, el cine, la danza, el teatro, la arquitectura o el diseño gráfico son un hervidero de creatividad y de generación de riqueza con españoles a la cabeza dentro y fuera de nuestro país. En España, el problema está en las estructuras. Y en una gestión cultural obsoleta cuyo rasgo principal es la confusión del ámbito de la política con el de una gestión profesional y libre de la cultura, siempre en detrimento de esto último.

En España sobra talento, lo que falta es una asignación eficiente y justa de unos recursos públicos y privados menguantes para cultivarlo y proyectarlo. Y sería una pena que la apuesta decidida por defender la “marca España” genere un “síndrome de Tamara Rojo” definido por el temor a señalar que el emperador está desnudo, en lugar de por la asunción libre y responsable del deber cívico de la crítica constructiva.