Vladimir Putin, durante un acto en honor de militares rusos que lucharon en Siria, en el Kremlin
Vladimir Putin, durante un acto en honor de militares rusos que lucharon en Siria, en el Kremlin - Afp

Los servicios secretos rusos, con patente de corso para acabar con traidores

En el FSB «es tradición castigar a los desleales para mantener la disciplina en sus filas»

Corresponsal en MoscúActualizado:

Serguéi Skripal desenmascaró a todos los agentes rusos del GRU (la inteligencia militar rusa) que operaban en Europa, lo que acabó de un plumazo con sus carreras, además del daño asestado a la seguridad de Rusia. Algunos de los presentadores televisivos rusos más identificados con el Kremlin consideraban la semana pasada que es normal que un traidor como Skripal pague por ello, negando a renglón seguido que el presidente Vladímir Putin tenga que ver con ello.

Si es cierto además que el agente doble envenenado junto con su hija continuaba colaborando con el MI6, su nombre seguramente estaba en alguna lista de indeseables de la Lubianka, la sede del poderoso FSB, el Servicio Federal de Seguridad ruso que antaño se llamó KGB, el temible Comité de Seguridad del Estado. Putin ha reforzado este órgano prácticamente con los mismos poderes que tuvo en la época soviética, incluyendo patente de corso para actuar en el exterior.

El analista del bisemanario ruso Nóvaya Gazeta, Pável Felgenhauer, está convencido de que el ataque tóxico contra Skripal «tuvo que hacerse sin ninguna duda siguiendo órdenes de Moscú, ya que nadie más podría estar interesado. En el FSB es tradición castigar a los traidores para mantener la disciplina en sus filas». Y tiene lógica que Putin pudiese estar al corriente de lo que se tramaba contra semejante «enemigo del Estado».

El actual presidente ruso procede del KGB, en donde llegó a alcanzar el rango de coronel. Se valió de sus compañeros espías mientras tejía intrigas con las mafias en el San Petersburgo de los años 90 para obtener «negocios» con los que mantener a flote el Ayuntamiento de la ciudad, tarea que le encomendó el entonces alcalde Anatoli Sobchak.

Todo aquel círculo de agentes leales formaron más tarde el núcleo duro del poder de Putin cuando se convirtió en presidente. El exagente exiliado en el Reino Unido, Alexánder Litvinenko, precisamente denunció desde Londres los métodos del FSB y contó en un libro que fueron miembros destacados de su cúpula, empezando por Nikolái Pátrushev, quienes «dinamitaron Rusia» en el otoño de 1999.

Se refería a los sangrientos atentados llevados a cabo en varias ciudades rusas contra edificios de viviendas que fueron derribados con explosivos. De aquellas brutales acciones se culpó a los separatistas chechenos, pese a que nunca lo reivindicaron.

Litvinenko también informó al CNI sobre los posibles vínculos entre personas próximas a Putin y las mafias rusas en España.

¡Qué casualidad!, su encuentro en el Hotel Millennium de Londres con los agentes del FSB, Andréi Lugovói y Dmitri Kovtún, acabó en envenenamiento. Uno de los dos le echó polonio-210 en el té y Litvinenko murió días después, el 23 de noviembre de 2006. La Justicia británica concluyó que detrás del asesinato estaba probablemente Moscú y pidió a Lugovói viajar a Londres para prestar declaración, algo que nunca hizo. Hoy sigue siendo diputado de la Duma (Cámara Baja del Parlamento ruso).

«Laboratorio 12»

Gracias a las informaciones facilitadas por «traidores» como Litvinenko o el antiguo general del KGB Oleg Kaluguin, también en el exilio, se supo de la existencia del «Laboratorio-12», conocido también con el nombre de la «Cámara», creado por orden de Stalin durante los años 30 con el objetivo de sintetizar potentes venenos que mataran  con rapidez y, a ser posible, sin dejar huella en el organismo.

Con los compuestos elaborados en el «Laboratorio-12» fueron «ejecutados» personajes como el diplomático sueco Raoul Wallenberg, muerto en 1947; el dirigente nacionalista ucraniano Stepán Bander, en 1959, y el disidente búlgaro Gueorgui Márkov, en 1978, con el que se utilizó la punta de un paraguas para inocularle la ponzoña.

Amir Hatab, uno de los líderes de la guerrilla chechena, murió por una sustancia introducida en el sobre de un carta. El que fue presidente de Ucrania, Víctor Yúshenko, fue envenenado con una dioxina elaborada en Rusia que no le mató, pero le desfiguró el rostro.