Sebastian Kurz, a su llegada a un debate televisivo en Viena el pasado 10 de octubre
Sebastian Kurz, a su llegada a un debate televisivo en Viena el pasado 10 de octubre - Efe

Sebastian Kurz, el niño prodigio de los conservadores austriacos

El joven candidato del Partido Popular Austriaco (ÖPV), de solo 31 años, favorito en las elecciones de este domingo

Corresponsal en BerlínActualizado:

Las encuestas avanzan que se convertirá el próximo 15 de octubre en el nuevo canciller de Austria, con solo 31 años de edad y habiendo conseguido aplacar a la ascendente extrema derecha en beneficio de su partido, el Partido Popular Austriaco (ÖVP). Su atractivo personal, su capacidad de hablar alto y claro sobre los asuntos más espinosos y una estrategia a medio y largo plazo de los conservadores vieneses han situado a Sebastian Kurz a la cabeza de una nueva generación de centro-derecha europea que viene a demostrar que hay relevo y actualidad de mensaje. Su victoria será estudiada seguramente en las guías sobre cómo luchar contra los nuevos extremismos indignados, surgidos de la frustración en esta era de la postverdad.

Creció en el barrio berlinés de Meidling, en el que sigue viviendo con su novia, y perteneció a las juventudes del partido. Allí fue donde comenzó a apuntar maneras. Con ideas como celebrar las reuniones del partido en discotecas y manejando la comunicación a través de las redes sociales, consiguió que pertenecer al ÖVP se convirtiese en algo «cool» y la ejecutiva popular apostó por esa carta. «Ahora no tengo tiempo», respondió en 2014, ya nombrado ministro de Exteriores a la edad de 27 años y tras haber pasado dos como subsecretario de Estado, cuando le preguntaban si acabaría los estudios de Derecho.

Tras su ascenso meteórico estuvo desde el principio la familia política de Michael Spindelegger, que ha ocupado las carteras de Exteriores y Economía y que entendió que hacía falta un líder de diseño y aires renovados para hacer frente al renacer del FPÖ, partido antieuropeo y de extrema derecha heredero del ya fallecido Jörg Haider, que le valió a Austria sanciones políticas y económicas por parte de Bruselas a finales de los 90 y al que los rescates europeos y más recientemente la crisis de los refugiados ha devuelto al primer plano. Estuvieron a punto de ganar las presidenciales la pasada primavera y las últimas encuestas anuncian que dentro de diez días habrá superado incluso en número de votos a los socialdemócratas del SPÖ con un 27%. Kurz, al frente del ÖVP, espera obtener el 34%. La clave de su éxito electoral ha sido no dejarse adelantar por la derecha.

Como ministro de Exteriores ha llegado a enfrentarse directamente con la canciller Merkel. Kurz abogó por el cierre de la ruta balcánica y, junto al primer ministro húngaro, Viktor Orban, y sin consultar siquiera con Berlín, organizó el cierre de dicha ruta, creando un caos humanitario en Grecia pero tranquilizando al electorado austríaco. Ahora propone también el cierre de la ruta del Mediterráneo y exige que los refugiados interceptados en el mar por las ONGs sean devueltos a Egipto sin haber pisado suelo europeo.

Kurz promete bajadas de impuestos y habla en primera persona del miedo a la pérdida de identidad en Europa. Ha promovido la prohibición del burka en los espacios públicos que ya ha entrado en vigor y está dispuesto a tomar el control de los kindergarten musulmanes, alegando que imparten valores contrarios a los de la sociedad austriaca. Y esa misma vara de medir utiliza para definir las relaciones bilaterales con Turquía, país al que acusa de «haberse alejado de los valores europeos, sin cultura democrática y que no tiene cabida en la UE».

Con este discurso ha logrado imponerse al imparable Strache, haciendo innecesarios los argumentos de la extrema derecha y copando los titulares y las cámaras de televisión, que adoran a Kurz. Para los jóvenes austriacos es posiblemente una suerte de icono pop y en su partido destacan de él es que muy «sachlich», que quiere decir que siempre tiene la palabra o el gesto oportuno preparado.

Plena confianza de su partido

El ÖVP ha apoyado su ascenso con una campaña de entrevistas en medios internacionales en las que ha respondido a las preguntas más críticas mostrando un perfil bajo y humilde, completamente el opuesto del que suele mostrar en las noches de fiesta de Viena y con el que logra el buscado perfil de hombre de Estado.

La prueba de que el partido tiene puesta en él toda su confianza es que el pasado mes de julio fue elegido oficialmente con el 98,7% de los votos como nuevo presidente del ÖVP, que aprobaba además una una reforma estatuaria que le otorgaba el control total sobre la formación. Él mismo exigió, como condición para asumir el cargo, plenos poderes para decidir estrategias y nombramientos en el partido y en el Gobierno. El ÖVP, de hecho, concurre a las elecciones anticipadas como «Lista Kurz».

Apenas ha hecho mella en su candidatura la «campaña sucia» en internet que le atribuía ideas xenófobas y antisemitas, sobre la que la Fiscalía General ha abierto incluso una investigación y que ha costado la dimisión de altos cargos socialdemócratas. Todo lo contrario. Ha salido reforzado como si el atacado ferozmente hubiera sido un niño, el niño prodigio de los conservadores austriacos.