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Padre Ibrahim: «Al Assad no es un ángel, pero lo que sucedió en Irak y Libia no es una alternativa»

Tras más de dos años al frente de la parroquia latina de San Francisco, en la ciudad siria de Alepo, el fraile asegura que a pesar del alto el fuego sigue habiendo bombardeos

El padre Ibrahim, durante la presentación de su libro en Madrid
El padre Ibrahim, durante la presentación de su libro en Madrid - jOSÉ RAMÓN LADRA

«Después de varios intentos fallidos de dañar nuestra catedral latina de San Francisco, hoy por la tarde, durante una misa de las cinco, algunos grupos yihadistas han conseguido hacer blanco en la cúpula [...] La explosión no ha conseguido penetrar en el edificio. Se han producido algunos instantes de verdadero pánico en los que la tierra temblaba sin parar y a nuestro alrededor solo se veía polvo, vigas y cascotes que caían sobre nosotros». Era el 25 de octubre de 2015 cuando esto sucedía en la zona oeste de la ciudad de Alepo. Lo relata el padre Ibrahim Alsabagh (Damasco, 1971) en su libro «Un instante antes del alba. Crónicas de guerra y de esperanza desde Alepo» (Ed. Encuentro). En él recoge su día a día en la parroquía franciscana durante los dos últimos años y medio, vivencias que trasladó por carta a varios de sus amigos en Italia, y que relató en varias conferencias en ese país, recopiladas ahora en este volumen. Durante el tiempo que lleva instalando allí, el padre Ibrahim ha visto arreciar los ataques entre ambos bandos –la oposición y el Ejército del régimen de Al Assad–; y también ha vivido el alto el fuego establecido el 22 de diciembre de 2016, «aunque sigue habiendo bombardeos en los alrededores», matiza el fraile franciscano durante su visita -promovida por la ong Cesal, que colabora en labores humanitarias en Alepo- hace unos días a Madrid.

El religioso ha sido testigo de la huída de miles de personas fuera de la ciudad y del país, muchas de ellas pertenecientes a la comunidad cristiana, que antes de la guerra ascendía a 220.000 personas, pero que hoy ha quedado reducida a «35.000 fieles».

A pesar del drama de la guerra, los dos frailes que permanecen en la parroquía han compaginado los servicios religiosos con los servicios humanitarios. Además de predicador y confesor, el padre Ibrahim se ha convertido en bombero, electricista, repartidor de comida..., para una población que ha sufrido la pérdida de padres, hijos o hermanos, a lo que se suma la carencia de las necesidades más básicas: «no hay luz y el agua puede faltar hasta durante 70 días...».

La que fuera primera ciudad industrial del país –«era como la Milán de Siria», señala–, hoy apenas tiene actividad comercial. Esto ha provocado que gran parte de la población haya perdido su empleo (el paro es del 85%), lo que la impide pagar las hipotecas que los bancos no han cesado de reclamar, aunque muchos de ellos también hayan perdido sus casas...

Portada del libro
Portada del libro

Con un presupuesto exiguo –«no hay capital para recomenzar, ni tampoco mano de obra»–, la parroquia franciscana ha evitado decenas de deshaucios y ha colaborado en la reconstrucción de otras numerosas viviendas. En la actualidad ha puesto en marcha 33 proyectos de ayuda, que cuentan con el apoyo económico, entre otros, del Papa Francisco, «que ha aportado 100.000 euros». El propio Pontífice eligió el libro del padre Ibrahim como lectura durante las comidas en los últimos ejercicios espirituales, y según cuentan, no pudo tragar bocado.

¿Ha mejorado la situación de Alepo tras el alto el fuego de diciembre?

Por el día al menos no sentimos sobre nuestras cabezas el sonido de los misiles cayendo, aunque seguimos escuchando durante la noche los bombardeos continuos en las zonas de la periferia. Y vemos en los hospitales a muchísimas personas heridas. Por tanto la guerra continúa, aunque se ha alejado unos pasos del centro de la ciudad. Las condiciones de vida están bajo mínimos:_no hay electricidad, tampoco agua durante semanas, el paro está en máximos... El lado positivo es que si bien el año pasado contábamos solo con un ingeniero para reconstruir los edificios dañados, y se pudieron levantar 268 casas; ahora contamos con ocho ingenieros, y en tres meses se han podido reconstruir 140 casas.

¿Está volviendo la gente que huyó de la ciudad?

«Algunas familias sí que han vuelto, incluso del extranjero: de Alemania, de Venezuela, de Armenia...»
Algunas familias sí que han vuelto, incluso del extranjero: de Alemania, de Venezuela, de Armenia... Y muchas ya nos han dejado el mensaje de que regresarán cuando acabe la escuela. Y estos son signos verdaderos de esperanza. Por otra parte, hay signos negativos:_personas desesperadas que no son capaces de ver y pensar en el futuro, ni dejar a un lado el terror que todavía llevan dentro de sí. Y_por ello, están pensando en emigrar. Se da el caso de las personas que se marcharon y que ahora quieren realizar la reagrupación familiar en el extranjero. Todo nuestro trabajo consiste en hacer comprender y animar a las personas que han huído a que vuelvan. Cuando hablamos con gobiernos a nivel internacional y con otras instituciones, les hacemos entender que es mucho menos costoso ayudar a vivir con dignidad en Siria, que ayudarles y sostenerles fuera.

¿El Gobierno de Al Assad está ayudando de alguna manera a reconstruir y a recuperar Alepo?

Las instituciones gubernamentales tienen muchas necesidades y no pueden ayudar. La guerra continúa en Siria. Es un milagro ver que todavía son capaces de pagar el salario a los funcionarios del gobierno. Hay grandes problemas que en este momento no pueden resolver. Tienen sus límites. Respecto a la electricidad, al abastecimiento de agua, a la reconstrucción de las casas o ayudas a las familias, nosotros como Iglesia, aunque no somos una institución gubernamental, intentamos llenar el vacío al que no llega el gobierno. Y así se hace más ligero el sufrimiento de la gente.

¿De dónde proceden sus fondos?

De las personas de buena voluntad... Y recientemente, el Vaticano y el Santo Padre han querido hacer un gran gesto con 100.000 euros, que no es muchísimo dinero para 33 proyectos, pero es un gran gesto de compasión que ha resucitado el interés por las personas que sufren en Siria, y en especial en Alepo.

En las últimas semanas se está volviendo a discutir, por parte de Occidente, un presidente que ha apoyado a minorías como la comunidad cristiana... ¿Le preocupa su salida del gobierno?

La Iglesia ha sido desde el principio muy clara: Al Assad no es un ángel, el gobierno ha cometido errores. La cuestión era la de elegir entre distintas alternativas, pero para nosotros como responsables religiosos no hay tantas alternativas, y desde luego no lo es un régimen fundamentalista que nos niega el derecho a existir. También hemos dicho desde el primer momento, que la única elección posible para mantener un cierto equilibro, sin caer en el caos, es Bashar al Assad. La Iglesia ha sido muy clara, y ha dicho abiertamente que las reformas tenían que hacerse, pero no con las armas sino con el diálogo que es un camino muy costoso y muy largo. Incluso con las armas, al final uno tiene que ponerse a dialogar con el otro. Nosotros tenemos siempre muy claro este punto, de una crítica positiva que construya, no una crítica que se convierte en una guerra y que destruye. Hoy continuamos diciendo lo mismo. Cuando pensamos en el futuro, miramos lo que sucedió en Irak, en Libia, y miramos el modelo de lo que sucedió en el Líbano... Y vemos que no son buenas alternativas.

«Un gobierno fundamentalista no es una alternativa pues no negaría el derecho a existir»
Ante tanta devastación, el fraile franciscano, que abandonó la carrera de medicina a los 19 años para seguir a Dios, reclama la necesidad de «centrarse en el sufrimiento de las personas», que no solo están padeciendo enfermedades físicas, por falta de alimentos e higiene, sino también psicológicas «por el miedo. El hombre está destruido, muerto, herido, y no solo en Alepo. También en el resto del mundo, incluyendo los países desarrollados. Cada vez que se elige la gloria, el dinero, los recursos naturales... no se tiene en cuenta el precio que hay que pagar».

En 2014, el padre Ibrahim se encontraba en Roma, dispuesto a realizar una tesis doctoral, cuando el Custodio de Tierra Santa le pidió que se incorporara casi de manera urgente a la parroquía franciscana en Alepo. Cuando le preguntamos si tiene pensado abandonar en una fecha cercana la ciudad siria para regresar a sus estudios, su primer gesto es mirar al cielo: «No soy responsable de esta elección, me pidieron si podía ir y yo contesté a Dios como un hermano sencillo, pobre, que quiere estar con la gente y dar la vida por el pueblo. Solo tengo una prioridad: la de servir y socorrer al hombre a nivel humanitario y espiritual. Permaneceré hasta que llegue algún signo contrario.

¿Es usted un hombre muy diferente hoy al que viajó a Alepo hace dos años y medio?

Seguramente. Esta bellísima experiencia me ha hecho crecer mucho. He descubierto una fuerza de la caridad que no podía imaginar siquiera de que la tenía. Quizá sea la fuerza de una paternidad o de una maternidad lo que he sentido en mi interior: el dar la vida como lo hace un padre o una madre me ha hecho crecer humana y espiritualmente. El sacrificio es lo que te ayuda a crecer.

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