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Muere el joven de EE.UU. condenado por Corea del Norte por robar un cartel de la propaganda

La semana pasada, Otto Warmbier había sido devuelto en coma a su familia, que no cree la versión oficial de que enfermó de botulismo y denuncia la brutalidad del régimen

Otto Warmbier durante el juicio al que fue sometido en Corea del Norte - REUTERS
PABLO M. D√ćEZ Corresponsal En Pek√≠n - Actualizado: Guardado en: Internacional

Al final no hubo suerte para Otto Warmbier, el joven de Estados Unidos condenado a 15 años de trabajos forzados en Corea del Norte por intentar robar un cartel de la propaganda en su hotel de Pyongyang durante un viaje a este país. Devuelto en coma a su familia la semana pasada, falleció este lunes a los 22 años, cuando aún le quedada por delante toda una vida llena de sueños, ilusiones y aventuras.

Su muerte marca el punto final de una absurda tragedia que se podía haber evitado fácilmente. Pero Otto Warmbier cayó atrapado en el régimen más brutal e inhumano del planeta, capaz de endosarle una pena severísima por una estúpida chiquillada cometida además en plena euforia de fin de año. Convertido en un peón en el duelo que el régimen estalinista de Pyongyang se trae desde hace décadas con la Casa Blanca, ha acabado sucumbiendo al cruel juego de la alta política internacional.

«Es nuestra triste obligación informar que nuestro hijo, Otto Warmbier, ha terminado su viaje de regreso a casa. Rodeado por su querida familia, Otto murió hoy a las 2:20 de la tarde», informaron este lunes sus padres en un comunicado. A su juicio, «el horrible y tortuoso maltrato que nuestro hijo sufrió a manos de los norcoreanos aseguró que no hubiera otro resultado posible más allá del triste desenlace que experimentamos hoy».

Acaba así, de la forma más trágica posible, la «aventura» que Otto Warmbier inició a finales de 2015. Natural de Cincinnati (Ohio), había empezado a estudiar Económicas en la Universidad de Virginia e iba a continuar su formación en China el curso pasado. Aprovechando la cercanía, se apuntó a un viaje turístico de una agencia china de bajo coste, Young Pioneer Tours, para pasar el año nuevo en Corea del Norte.

Alojado en el hotel Yanggakdo, enclavado en una islita en medio del río que atraviesa Pyongyang, Otto se coló durante la noche de fin de año en la zona del personal y, al parecer, se llevó un cartel de la propaganda. Detenido el 2 de enero del año pasado en el aeropuerto de Pyongyang, cuando iba a abandonar el país, fue forzado a confesar su «delito» poco después en televisión. Al borde del colapso nervioso por la tensión, Otto reconoció llorando como una magdalena que el póster era «un trofeo» que quería regalar a una iglesia americana. «El objetivo de mi misión era socavar la motivación y el trabajo del pueblo coreano», se vio obligado a decir mientras admitía que había cometido el «peor error» de su vida. A pesar de pedir perdón y rogar que le dejaran regresar con su familia, el tribunal se mostró implacable y le sentenció a 15 años de trabajos forzados por «actos hostiles» contra el régimen.

Derrumbado moralmente, dos soldados malencarados se lo llevaron de la sala y esa fue la última vez que, a través de la televisión, su familia pudo verlo. Hasta que, la semana pasada, Corea del Norte se lo devolvió hecho un vegetal. Según contaron sus padres al diario «The Washington Post», la explicación oficial que las autoridades norcoreanas dieron a las estadounidenses es que Otto había enfermado de botulismo, un mal provocado por alimentos envasados en malas condiciones, poco después del juicio, que fue en marzo del año pasado. Tras tomar una pastilla para dormir, había caído en coma y así llevaba desde entonces. Durante todo este tiempo, no habían podido verlo ni los diplomáticos suecos que se encargan de los asuntos consulares de EE.UU. ni los responsables de la agencia de viajes Young Pioneer, que ya ha anunciado que no llevará más turistas norteamericanos a Corea del Norte.

Con daños cerebrales y atrofia muscular en los brazos y las piernas, el régimen del joven dictador Kim Jong-un lo repatrió la semana pasada con su familia alegando «motivos humanitarios». Su evacuación en un avión medicalizado, gestionada por el Departamento de Estado, coincidió con una nueva visita a Pyongyang de la exestrella de la NBA Dennis Rodman, quien se ha convertido en un excéntrico bufón en la corte de Kim Jong-un. Mientras el «niño malo» del baloncesto era recibido como un ídolo entre los flashes de las cámaras, Otto volvía finalmente a casa el pasado día 13. Como prueba de que a la especie humana todavía nos queda algo de sentido común, el viaje de Rodman no ha conseguido eclipsar informativamente al drama de Otto Warmbier, sino al contrario.

Tal y como han contado emocionado su padre, Fred Warmbier, podía abrir los ojos y parpadear, pero no hablar, ni ver, ni reaccionar a órdenes verbales. Tras examinarlo, los médicos han descartado que sufriera botulismo y tampoco han encontrado secuelas de maltrato físico. En su opinión, lo más probable es que Otto sufriera un ataque respiratorio que le dejó sin oxígeno ni sangre en el cerebro.

Aunque su familia cree que intentó luchar por seguir vivo los primeros días, su resistencia se vino abajo enseguida. «Estaba en paz. Se hallaba en casa y creemos que podía sentirlo», asume la desgracia su padre intentando reconfortarse, al menos, con ese consuelo.

Además de consternación, su muerte ha llenado de indignación a EE.UU., desde sus amigos y vecinos hasta la Casa Blanca. «Condenamos la brutalidad del régimen de Corea del Norte mientras lloramos a su última víctima», criticó en un comunicado el presidente Trump. Conmovido, promete impedir «nuevas tragedias de gente inocente que cae en manos de regímenes que no respetan la ley ni la más básica decencia humana».

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