El ex sargento del ejército de EE. UU. Charles Robert Jenkins es acompañado por su esposa japonesa Hitomi Soga en una foto de archivo
El ex sargento del ejército de EE. UU. Charles Robert Jenkins es acompañado por su esposa japonesa Hitomi Soga en una foto de archivo - REUTERS

Muere Charles Jenkins, militar de EE.UU. que desertó a Corea del Norte en 1965

Tras cruzar el Paralelo 38, el sargento se pasó hasta 2004 en Pyongyang, que lo lució como trofeo de guerra y lo casó con una japonesa secuestrada por los servicios secretos

CORRESPONSAL EN PEKÍNActualizado:

Lo normal es huir de Corea del Norte. Pero el sargento Charles Jenkins y otros tres militares de Estados Unidos destinados en el Paralelo 38, la frontera blindada con el Sur, hicieron justo lo contrario en los años 60. Tras pasarse casi cuatro décadas en el país más hermético del mundo, donde se casó y tuvo dos hijas con una japonesa secuestrada por los servicios secretos norcoreanos, Jenkins pudo salir de Corea del Norte en 2004. Desde entonces, vivía con su familia en Japón, donde falleció el lunes a los 77 años dejando detrás uno de los dramas humanos más surrealistas de la Guerra Fría.

Nacido en 1940 en Carolina del Norte, Jenkins se unió con solo 15 años a la Guardia Nacional y luego al Ejército, que lo destinó a Alemania Occidental y a Corea del Sur. En 1965, mientras patrullaba la frontera con el Norte, «cruzó la línea» para evitar ser enviado a la guerra de Vietnam, envalentonado por las diez latas de cerveza que se había tomado esa noche. Pronto lamentó aquella desafortunada decisión. «Era tan ignorante que acabé viviendo una cadena perpetua en una gigantesca y demente prisión», reconoció en una entrevista con «The Washington Post» en 2008.

Usado por la propaganda norcoreana, que lo lució como trofeo de guerra para desprestigiar a EE.UU., Jenkins y los otros desertores norteamericanos se convirtieron en títeres del régimen estalinista de Pyongyang. De hecho, incluso aparecieron en películas de guerra, como «Los Héroes de Unsung», encarnando al «imperialista enemigo americano». Torturados en los interrogatorios por las dudas que generaban sus deserciones, sufrieron tantas penalidades que hasta intentaron pedir asilo en la Embajada de la Unión Soviética, que rechazó su solicitud. En su proceso de reeducación para adaptarse al «paraíso de los trabajadores», tuvieron que memorizar las enseñanzas de la filosofía «Juche» alumbrada por Kim Il-sung, el «padre de la patria» y abuelo del actual dictador.

Tras ganarse la confianza del régimen enseñando inglés en la Universidad de Estudios Extranjeros de Pyongyang, Jenkins fue recompensado en 1980 con una mujer. Se trataba de Hitomi Soga, una japonesa de 21 años que había sido raptada en 1978 junto a otros ciudadanos de ese país para enseñarle el idioma nipón a los espías norcoreanos. Con ella tuvo dos hijas, Mika y Brinda, con quienes pudo abandonar Corea del Norte en 2004.

Dos años antes, su esposa había podido salir del país después de una cumbre histórica con el primer ministro japonés, Junichiro Koizumi, donde el entonces caudillo norcoreano, Kim Jong-il, reconoció el secuestro de ciudadanos nipones en los 70 y 80. A Jenkins le esperaba un consejo de guerra por deserción, que lo condenó a solo treinta días de prisión para que pudiera rehacer su vida con su familia en Japón. Allí se instaló para trabajar como guía de un museo en la isla de Sado, en la costa occidental, y escribió sus memorias: «El comunista reacio».