La canciller alemana Angela Merkel durante un acto electoral en Schwerin
La canciller alemana Angela Merkel durante un acto electoral en Schwerin - REUTERS

Merkel, la superadora de crisis

La primera mujer al frente del gobierno alemán ha conseguido este domingo su cuarta legislatura

Corresponsal en BerlínActualizado:

Angela Merkel aprendió de niña a nadar contra corriente. Hija de un pastor protestante enviado a evangelizar a la Alemania comunista, hizo el viaje a través del Muro en la dirección contraria, mientras todo el que podía escapaba hacia el oeste. La austeridad, el esfuerzo sereno y la discreción que imponía vivir bajo vigilancia fueron valores que se cultivaban en casa, tan básicos como la sopa de patatas que ella sigue cocinando los viernes. Fe y coherencia.

En la escuela le gustaba aprender lenguas extranjeras, ruso e inglés, pero después estudió Física, según explicaría más tarde «porque el gobierno de la RDA no podía inmiscuirse en las leyes de la naturaleza». De esos estudios, además del brillante expediente, le quedó un certero instinto para la lógica y un apego a los hechos que le ha sido muy útil en la era de la postverdad.

Fue en esos tiempos, también, cuando resolvió un primer y fallido matrimonio de cuatro años con Ulrich Merkel, físico como ella, del que solamente se llevó una gran decepción, el apellido y una lavadora que ella misma cargó en el maletero del coche. La crisis de la lavadora tuvo lugar en 1981 y no fue hasta 1993 cuando la vida privada de Merkel volvió a emerger, cuando nada menos que el cardenal católico Joachim Meisner se quejó nada menos en el diario Bild sobre cierta ministra democristiana que «convive fuera del matrimonio». Merkel era ministra de Mujer y Juventud, pero no dudó en tomar el primer tren a Colonia «para explicarle personalmente por qué es conveniente ser precavido cuando uno ya estuvo casado», escribe en su libro de memorias «Mi camino». Y siguió siendo precavida hasta 1998, año de la boda con Joachim Sauer, al parecer uno de los mayores expertos del mundo en química cuántica, con el que ha encontrado estabilidad y felicidad. Achim, como ella le llama, se mantiene sistemáticamente al margen y en silencio, aunque Merkel reconoce que es «muy observador» y «un buen asesor indirecto». Solo una vez, tras una conferencia en 2011, un periodista le preguntó si estaba orgulloso de su mujer y él dijo: «Hay razones para estarlo, por sus éxitos profesionales». La primera sorprendida fue Merkel, que se giró hacia el reportero para certificar: «!Vaya, sí que ha tenido usted suerte!».

Pero antes de ese final feliz habían pasado muchas cosas. Ningún biógrafo de Merkel ha entrado a investigar a fondo el origen de su repentina vocación política, en los meses posteriores a la caída del Muro de Berlín. Merkel no formó parte de la resistencia contra el comunismo y cuando se le pregunta por el asunto responde que se mantuvo «a una elocuente distancia». La noche del 9 de noviembre, mientras el resto de los berlineses del Este se hacían fotos al otro lado, ella se fue con su amiga a la sauna, una cita semanal que no se vio alterada por el acontecimiento histórico. Y después, ya avanzada la noche, cuenta que cruzó y estuvo brindando en casa de unos alemanes occidentales que hasta ahora no han sido identificados. El caso es que mientras las potencias occidentales encargaban informes sobre lo que estaba pasando en la RDA, Merkel tramitó una afiliación exprés al nuevo partido Demokratischer Aufbruch y de pronto, en solo semanas, la encontramos ocupando el cargo de portavoz de gobierno de Lothar de Maizière, el último primer ministro de la Alemania comunista. Y en los meses siguiente, al tiempo que la crisis de la URRS cambiaba el equilibrio global y los políticos de la RDA se reconvertían torpemente a la democracia en partidos de izquierda, Merkel iba ya del brazo de Helmut Kohl, que exhibía orgulloso a la «chica del este» y la colocó tras las primeras elecciones en su gabinete de ministros.

El partido no la consideraba más que una nota de color. Ella se hizo discretamente con la herencia política de Kohl, la tradición europeísta y la economía social de mercado de Konrad Adenauer, cuyo retrato cuelga hoy en su despacho, y cuando estalló el escándalo de la financiación ilegal de la CDU, en 1999, se lanzó sin piedad a la yugular política de su mentor, firmando un artículo en la Frankfurter Allgemeine Zeitung que propició la dimisión del Canciller de la Unidad, al que sustituyó en la presidencia del partido en un momento de bajón. La CDU, después de Kohl, cayó en una profunda crisis y carecía de un líder sólido, o al menos eso pensaban ellos. No esperaban ganar las elecciones de 2005 contra el depredador político que era Gerhard Schröder. Por eso lanzaron a Merkel como candidata. Alguien tenía que hacerlo. Y hasta hoy.

El 22 de noviembre de 2005 se convirtió en la primera mujer al frente del Gobierno alemán. En su discurso de Nochevieja de ese año, prometió que en diez años conseguiría que Alemania fuese nuevamente líder de Europa. Se quedó corta. Una década más tarde Forbes ya la había destacado como la mujer más poderosa del mundo, con más influencia incluso que el entonces presidente de EE.UU., Barak Obama, con quien hizo muy buenas migas.

Cuando Merkel llegó a la Cancillería de Berlín, el paro en Alemania rozaba el 15%, su nivel más alto desde la II Guerra Mundial. El PIB estaba estancado y Alemania llevaba tres años incumpliendo el Pacto de Estabilidad, con un déficit por encima del 3%. Si bien es cierto que fue gracias en parte a las reformas de la Agenda 2010 que puso en marcha su antecesor socialdemócrata, lo primero que hizo Merkel fue poner la economía a funcionar y las cuentas en orden. Y exigir esa misma disciplina fiscal al resto de los socios europeos. El resto de su política económica está orientado a 2030, marcada por la crisis demográfica que supone que uno de cada cinco alemanes es ya hoy mayor de 65 años, y por la transición digital. En 2005, en el inicio de la era Merkel, Facebook era solo un catálogo de ligues que no había traspasado los límites de Harvard y el Smartphone no se había inventado. Cuando Merkel termine en la Cancillería, previsiblemente en 2021, no es seguro que ningún actor económico pueda dar un solo paso sin ellos. El resto de las crisis, para Merkel, son coyunturales.

Sin duda la más difícil de superar fue la crisis del euro, en la que Merkel mantuvo firmes las riendas de la estabilidad en Europa a pesar de que los movimientos indignados amenazaban con resquebrajarla. Y más ruido aún causó la crisis de los refugiados, en la que la canciller alemana adoptó la medida humanitaria de abrir las fronteras alemanas a los refugiados sirios y fue muy contestada políticamente desde dentro de su propio partido y desde el partido hermano bávaro, la CDU. Ella confiesa, sin embargo, que la crisis más difícil con la que ha tenido que lidiar ha sido la de Ucrania, todavía no cerrada y uno de los principales motivos por los que vuelve a presentarse en las elecciones. En comparación con esta, que sitúa una guerra en el continente europeo, las crisis generadas por el Brexit o por la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, resultan menores.

Respondió a la crisis de Fukushima legislando el abandono de la energía nuclear en Alemania en unos plazos que ni siquiera Los Verdes se atrevieron a mencionar cuando formaron parte de la coalición de gobierno. Atendió a la demanda social del matrimonio homosexual, crítica con sus propias convicciones, otorgando a sus diputados el voto en conciencia y evitando el desgaste del debate parlamentario. Y su estrategia ente la crisis democrática e institucional que supone que un partido de extrema derecha amenace con convertirse en la tercera fuerza política de Alemania ha sido la de plantarles cara y presentarse a pecho descubierto allí donde Alternativa para Alemania AfD la espera con silbatos y caceroladas. Es la superadora de crisis, pero podría ser también la Canciller sin miedo.

Sus políticas han resultado ser como las chaquetas tres cuartos que caracterizan su guardarropa: hechuras rectas, prendas básicas, lo suficientemente discretas como para que se vea a Merkel, y no a su modelito, y de diversos colores para ir utilizando según la agenda de la jornada. En el día a día de la política alemana, juega en el puesto de pivot que, desde el centro, gira a derecha e izquierda según la necesidad del juego. En la política exterior, ha entablado una red de relaciones personales con los jefes de gobierno de los más diversos signos políticos que ha eclipsado completamente al Ministerio de Exterior y que a nadie cabía esperar de aquella mosquita muerta. En el partido, se ha deshecho sistemáticamente de posibles rivales, con patadas hacia arriba o sentándose a esperar que cometan sus propios errores, hasta el punto que en la CDU hay críticas a sus decisiones, pero no hay luchas por el poder. Su liderazgo es absolutamente indiscutible. Hasta la revista británica Nature, que solo publica los más estrictos análisis probados, ha pedido en su artículo editorial el voto para Merkel, elevándola a la categoría de hecho científico.