La «fracasada Merkel» es investida hoy por cuarta legislatura consecutiva

Merkel llega debilitada sobre todo por la presencia en el Bundestag del partido antieuropeo y anti extranjeros Alternativa para Alemania (AfD), pero también por la fragilidad de su oponente y socio, el Partido Socialdemócrata

CORRESPONSAL EN BERLÍNActualizado:

Mucho ha llovido desde el lejano verano de 2007, en el que el entonces presidente español Rodríguez Zapatero se refirió públicamente al «proyecto político fracasado» de Angela Merkel. La «fracasada» canciller alemana es hoy investida por cuarta legislatura consecutiva por el pleno del parlamento y Europa entera permanece pendiente de su discurso, del que sigue dependiendo el rumbo del bloque. «Alemania y Europa esperan de esta gran coalición una mayor cercanía con el ciudadano, han de ocuparse de lo que realmente está en la calle», ha declarado, a modo de toque de atención, el presidente de Alemania, el socialdemócrata Frank-Walter Steinmeier, abriendo la puerta a la última etapa de la era Merkel, que se prolongará hasta al menos hasta 2021.

En otoño de 2005, cuando Merkel ganó sus primeras elecciones, el país llevaba tres años incumpliendo el Pacto de Estabilidad europeo, sobrepasando el límite de déficit del 3% del PIB y con un endeudamiento que escandalizaba a los contribuyentes. Hoy recibe reprimendas del FMI por su excesivo superávit y sin su fortaleza fiscal hubiera sido impensable superar la crisis de la deuda para la UE. Facebook no era en 2005 más que un catálogo de ligues que no traspasaba las puertas de Harvard y el Smartphone estaba por inventar. Mientras nadie se preguntaba qué ha sido de Rodríguez Zapatero, Merkel hacía ya campaña con youtubers y sus ministros legislaban a toda máquina para adaptar la ley a la realidad digital y poner trabas al populismo en el reino de la postverdad, las redes sociales.

En 2005, el teléfono ya existía, claro está, pero en Washington se seguían repitiendo esa pregunta falsamente atribuida a Henry Kissinger: «¿A quién tengo que llamar cuando quiero hablar con Europa?». Hoy no hay disputa, desacuerdo o conflicto internacional que no pase por el despacho de Angela Merkel y desde Bruselas, donde llevan meses poniendo velas a todos los santos por una rápida formación de gobierno en Berlín, se preguntan abrumados a quién hay que llamar para hablar con EE.UU.. La corta esperanza de vida de los cargos cercanos a Donald Trump hace muy difícil el establecimiento de relaciones y cuando el presidente estadounidense saca el pie del tiesto de la política arancelaria, los gobiernos de resto del mundo miran a Merkel e imploran un paso al frente.

Merkel ha ido superando crisis tras crisis: la financiera de 2008, colocándose del lado de los ahorradores y saliendo a garantizar «su dinero está seguro en el banco»; la del euro y los rescates, bajo el principio «no hay alternativa»; la de Fukushima, legislando el abandono exprés de la energía nuclear en Alemania; el Brexit, que «significa Brexit»; y la de los refugiados, repitiendo «podemos conseguirlo». Alemania ha dejado de ser aquel país dividido entre los quejosos Länder orientales y los provincianos occidentales para convertirse en una potencia indiscutible en cualquier escenario global. No solo Forbes ha institucionalizado a la canciller como la mujer más poderosa del mundo, sino que un nuevo sentir alemán ha despertado, posiblemente desde que volvieron a ondear banderas alemanas en Berlín, durante el Mundial de 2006, que permite ahora una profundización de la Europa de Seguridad y Defensa. Por eso no es de extrañar que el último programa electoral de la CDU se resumiese únicamente en dos palabras: Angela Merkel.

A su cuarta legislatura, eso sí, Merkel llega debilitada. Debilitada sobre todo por la presencia en el Bundestag del partido antieuropeo y anti extranjeros Alternativa para Alemania (AfD), pero también por la fragilidad de su oponente y socio, el Partido Socialdemócrata, que ha hecho tambalear un sistema político apoyado en el bipartidismo. En Europa se multiplican también los frentes abiertos. Hasta ahora solo tuvo que lidiar con los indisciplinados periféricos, alérgicos a la disciplina fiscal, pero ha surgido un bloque quizá más peligroso del núcleo de Visegrado que pone en duda esa Europa integradora y liberal que la canciller alemana ha sostenido en pie, síntomas todos ellos del «principio del fin de la era Merkel». La primera en pronunciar esa expresión fue la responsable de Die Linke (La Izquierda), Katja Kipping, advirtiendo que «debemos darnos cuenta de que hemos llegado a una situación en que los dos grandes partidos alemanes no pueden formar gobierno el uno sin el otro. La situación es un momento histórico para Alemania y para Europa». Pero si algo hemos aprendido durante esa «era Merkel» es que el mundo, que siempre fue cambiante, gira ahora a una mayor velocidad. Desde que Ulrich Beck teorizase sobre la sociedad del riesgo, hemos conocido a un vertiginoso ritmo conceptos como Google, Isis, ciberespionaje ruso o refugiados climáticos, que a menudo invalidan los paradigmas políticos en vigor. En medio de la gran incertidumbre que generan todos esos cambios, permanece impertérrita la figura de Angela Merkel, concediendo un espejismo de referente estable y continuidad.