Internacional

Del «Estados Unidos primero», al intervencionismo en 48 horas

El ataque es un vuelco en la política exterior de Trump que enfurece a parte de sus bases

Donald Trump, durante su comparecencia en Florida
Donald Trump, durante su comparecencia en Florida - AFP

Su llegada a la presidencia no ha cambiado uno de los hábitos que más disfruta Trump: ver mucha televisión. A veces, la pequeña pantalla condiciona su conducta: en un discurso del mes pasado casi creó un conflicto internacional cuando se refirió a lo mal que estaba la situación en Suecia -violencia por la presencia de refugiados e inmigrantes- por un reportaje que había visto en Fox News. El martes, como el resto del mundo, vio por la pantalla las imágenes estremecedoras del ataque con gas sarín de Al Assad a población civil Siria en la víspera. «Ha tenido un gran impacto en mí», reconoció el miércoles. «Es muy posible que mi actitud respecto a Siria y Al Assad hayan cambiado mucho». La noche siguiente, EE.UU. bombardeaba el aeropuerto militar desde donde el ejército de Assad perpetró su ataque. Un giro de 180 grados a la política exterior de «EE.UU. primero» que tanto defendió Trump.

La irritación que desprendían las palabras de Trump el miércoles y la rapidez en la respuesta militar del jueves invitan a pensar que su decisión fue improvisada. Ayer, la Casa Blanca buscaba un acomodo legal y político al lanzamiento de misiles, pero es indiscutible que rompe la línea de actuación defendida hasta ahora por Trump, y que no buscaba un enfrentamiento con Siria.

Tan pronto como el pasado martes, con las noticias del ataque químico ya sobre la mesa, el portavoz de la Casa Blanca, Sean Spicer, aseguraba que sería «tonto» persistir en la idea de enfrentarse a Al Assad y provocar su salida. La semana pasada, la embajadora de EE.UU. ante la ONU, Nikki Haley, mantuvo que la prioridad de su país «ya no es tratar de echar a Al Assad», algo que también defendió el secretario de Estado, Rex Tillerson, cuando dijo que la continuidad del presidente sirio «será decidida por los sirios».

El propio Trump aseguraba en octubre, pocos días antes de ganar las elecciones, que EE.UU. se debía centrar en derrotar a Daesh y no en atacar a Al Assad. «Vamos a acabar con una Tercera Guerra Mundial si seguimos lo que dice Hillary Clinton», dijo entonces. «Ya no se trata de pelear contra Siria; es Siria, Rusia e Irán, ¿vale?».

Se puede objetar que la política de Trump cambia porque las circunstancias han cambiado -«soy muy flexible»-, recordó-: ahora hay un ataque químico que vulnera la ley internacional. En 2013, sin embargo, en condiciones similares no pensó lo mismo. «Presidente Obama, no ataque Siria», exigió en septiembre de 2013, justo después de otro ataque químico de Al Assad. «No hay que ir a Siria», defendió unos días antes.

«Responsabilidad moral»

Es la misma línea que siguió durante la campaña electoral: EE.UU. había perdido demasiadas vidas y millones de dólares en guerras que no son suyas y debía desprenderse de la «responsabilidad moral» para intervenir en violaciones de derechos humanos que Obama defendía. EE.UU. solo debería intervenir cuando sus intereses de seguridad o económicos estuvieran en juego. Aunque el jueves por la noche, en unas declaraciones tras el ataque, Trump aseguró que la represalia se basa en «el interés vital para la seguridad nacional de EE.UU. de prevenir y disuadir la diseminación y el uso de armas químicas mortales», la respuesta es más una señal a Al Assad y al mundo de que no permitirá ese tipo de ataques inhumanos.

La defensa de la seguridad y la economía de EE.UU. no están tan claros, lo que ha provocado una reacción contraria de sus aliados de la extrema derecha, que llevan décadas de lucha contra el intervencionismo de Bill Clinton, George W. Bush u Obama.

Varios blogueros y analistas de la llamada «alt-right» criticaron la decisión. Algunos aseguraban que el ataque químico fue «un engaño» para forzar a EE.UU. a entrar en otra guerra. Otros, como la comentarista ultraconservadora Laura Ingraham, constataba cómo Trump se había sometido a la misma línea de acción que defienden contrarios como los republicanos Marco Rubio, John McCain o su contrincante presidencial Hillary Clinton. «Un cambio total de la política en 48 horas», sentenciaba.

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