Soldados norcoreanos vigilan la frontera con China en el río Yalu a su paso por Dandong
Soldados norcoreanos vigilan la frontera con China en el río Yalu a su paso por Dandong - Pablo M. Díez

Esperanza y miedo de los desertores norcoreanos ante la cumbre de Singapur entre Trump y Kim Jong-un

En Corea del Sur hay 30.000 exiliados, que ansían ver a sus familiares, pero temen ser usados en la negociación

Enviado especial a SeúlActualizado:

Miedo y esperanza. Esos son los sentimientos entre los que se debaten buena parte de los 30.000 desertores norcoreanos afincados en el Sur ante la cumbre del martes en Singapur entre el dictador Kim Jong-un y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Miedo a ser utilizados como moneda de cambio en la negociación, como la docena de camareras norcoreanas que escaparon de un restaurante estatal en China, reclamadas por el régimen comunista de Pyongyang. Miedo a que un acuerdo silencie sus voces críticas con Kim Jong-un, como le ha ocurrido a Thae Yong-ho, el diplomático de más alto rango en desertar de Corea del Norte durante la última década. Tras arriesgar su vida al huir con su familia de la Embajada norcoreana en Londres, asesoraba en Seúl al Instituto para la Estrategia de la Seguridad Nacional hasta el mes pasado, cuando tuvo que dimitir por sus críticas al régimen de Pyongyang. Entrevistado por ABC en febrero, ya advertía de que «Kim Jong-un quiere reducir las sanciones sin renunciar a su programa nuclear».

Y, al mismo tiempo, esperanza en que la distensión sirva para suavizar una de las dictaduras más atroces del mundo y puedan volver a ver a los familiares que dejaron en el Norte, con los que muchos no tienen ningún contacto desde que huyeron del país. Esperanza en volver a reunirse con sus seres queridos, pero también mucho escepticismo debido al siniestro historial del régimen norcoreano.

«Aunque estoy muy sorprendida por la cumbre, creo que Kim Jong-un solo persigue conservar el poder y no cambiará demasiado la vida de la gente», explica a ABC una desertora de 26 años que se oculta bajo el nombre ficticio de Kim Hana. Lo hace por seguridad, ya que huyó en 2016 y su familia sigue en Corea del Norte.

«Viagra» de Corea del Norte

Hija de un comisario político del régimen, la muchacha trabajaba en Pekín para una empresa estatal que vendía en China hierbas medicinales y otros remedios como la «Viagra» norcoreana. Gracias a su agraciado «songbun», el expediente familiar que clasifica a la sociedad norcoreana, había recibido una buena educación y pertenecía a la clase media que está proliferando en Pyongyang y otras ciudades. Pero, precisamente por haber tenido una vida menos dura que sus padres, forma parte de esa nueva generación que ha crecido viendo películas extranjeras y series surcoreanas de contrabando y cuya lealtad al régimen es más relajada.

«Nunca tuve una conversación abierta con mis padres sobre política, porque ni siquiera puedes confiar en tus familiares ni en los amigos, pero mi padre siempre me ordenaba que fuera más fiel al Partido de los Trabajadores», se sincera la joven, cuya sonrisa y desparpajo contrasta con la rígida imagen que tenemos de los norcoreanos. Gracias a los contactos de su padre, encontró trabajo en una empresa estatal que la llevó a Pekín, donde pudo disfrutar de más libertad que en su Pyongyang natal. De su sueldo, que ascendía a mil dólares (850 euros), el régimen se embolsaba el 80% y a ella le quedaban 200 dólares (170 euros). Como su empresa no podía enviar a Corea del Norte el dinero de las ventas por las sanciones internacionales que impiden transferencias bancarias, cinco correos lo llevaban en grandes bolsas cada semana en el tren que va de Pekín a Pyongyang.

«Aunque vivía con otra compañera en un piso y un agente de la Embajada nos vigilaba, en mi móvil tenía redes sociales chinas y en mi ordenador podía ver series surcoreanas», cuenta mostrando su iPhone de último modelo. Por casualidad, conoció a unos jóvenes surcoreanos con los que se intercambió su Wechat (versión china del censurado WhatsApp) y salió varias veces con ellos burlando al espía que la vigilaba. «Pero nos descubrió a mí y a mi compañera de piso y tuvimos que firmar una carta confesándolo todo», reconoce la joven, quien incluso fue acosada sexualmente por el agente para no desvelar su secreto.

Tras ser llamada a Pyongyang antes de que acabara su contrato, huyó al sospechar que iba a ser castigada por tener amigos surcoreanos. «Lo que me enseñaron en el colegio sobre ellos no tiene nada que ver con la realidad y con lo que he visto aquí en Seúl», compara indignada con la propaganda que lava el cerebro a los norcoreanos desde la infancia. «En Pyongyang llevaba una vida fácil y sin problemas económicos, pero me moriría si tuviera que volver allí», resume con el corazón roto por no saber nada de sus padres en dos años. Aunque puede llamarlos a través de las redes clandestinas que conectan el Norte y el Sur, no lo hace para no ponerlos en peligro. Para ella, una mejora de las relaciones entre las dos Coreas podría devolverle el contacto con su familia.

En busca de la paz definitiva

Para Kim Hyuk, experto de la Academia de Estudios Coreanos que también huyó del Norte al Sur, «la cumbre de Singapur servirá para firmar un tratado de paz que ponga a la guerra de hace seis décadas, avanzar hacia la desnuclearización y mejorar la economía por el levantamiento de las sanciones».

Optimista ante los efectos internacionales del histórico encuentro, cree que «la desnuclearización le servirá a Kim Jong-un para abrir la economía y captar inversiones extranjeras en las 14 zonas económicas especiales que había anunciado hace años, ya que no necesitará armas atómicas si EE.UU. le da garantías de seguridad y China y Rusia le protegen».

Todo dependerá de lo que acuerden Kim Jong-un y Trump este martes en Singapur.